<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-1970873953680837637</id><updated>2011-04-21T16:10:25.016-07:00</updated><title type='text'>Y yo, una vez más, no voy a ser la excepción.</title><subtitle type='html'></subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1970873953680837637/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><author><name>Qué te importa.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13966481193676647640</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>67</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1970873953680837637.post-8445911906432658031</id><published>2009-05-05T10:09:00.001-07:00</published><updated>2009-05-05T10:10:53.081-07:00</updated><title type='text'>Barañao SA Responsabilidad Limitada.</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://3.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SgBy8SO31rI/AAAAAAAAALs/fDESpjh015E/s1600-h/dia2.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0pt 10px 10px 0pt; float: left; cursor: pointer; width: 320px; height: 240px;" src="http://3.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SgBy8SO31rI/AAAAAAAAALs/fDESpjh015E/s320/dia2.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5332388338818602674" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;meta equiv="Content-Type" content="text/html; charset=utf-8"&gt;&lt;meta name="ProgId" content="Word.Document"&gt;&lt;meta name="Generator" content="Microsoft Word 11"&gt;&lt;meta name="Originator" content="Microsoft Word 11"&gt;&lt;link rel="File-List" href="file:///C:%5CDOCUME%7E1%5CADMINI%7E1%5CCONFIG%7E1%5CTemp%5Cmsohtml1%5C01%5Cclip_filelist.xml"&gt;&lt;!--[if gte mso 9]&gt;&lt;xml&gt;  &lt;w:worddocument&gt;   &lt;w:view&gt;Normal&lt;/w:View&gt;   &lt;w:zoom&gt;0&lt;/w:Zoom&gt;   &lt;w:hyphenationzone&gt;21&lt;/w:HyphenationZone&gt;   &lt;w:punctuationkerning/&gt;   &lt;w:validateagainstschemas/&gt;   &lt;w:saveifxmlinvalid&gt;false&lt;/w:SaveIfXMLInvalid&gt;   &lt;w:ignoremixedcontent&gt;false&lt;/w:IgnoreMixedContent&gt;   &lt;w:alwaysshowplaceholdertext&gt;false&lt;/w:AlwaysShowPlaceholderText&gt;   &lt;w:compatibility&gt;    &lt;w:breakwrappedtables/&gt;    &lt;w:snaptogridincell/&gt;    &lt;w:wraptextwithpunct/&gt;    &lt;w:useasianbreakrules/&gt;    &lt;w:dontgrowautofit/&gt;   &lt;/w:Compatibility&gt;   &lt;w:browserlevel&gt;MicrosoftInternetExplorer4&lt;/w:BrowserLevel&gt;  &lt;/w:WordDocument&gt; &lt;/xml&gt;&lt;![endif]--&gt;&lt;!--[if gte mso 9]&gt;&lt;xml&gt;  &lt;w:latentstyles deflockedstate="false" latentstylecount="156"&gt;  &lt;/w:LatentStyles&gt; &lt;/xml&gt;&lt;![endif]--&gt;&lt;style&gt; &lt;!--  /* Style Definitions */  p.MsoNormal, li.MsoNormal, div.MsoNormal 	{mso-style-parent:""; 	margin:0cm; 	margin-bottom:.0001pt; 	mso-pagination:widow-orphan; 	font-size:12.0pt; 	font-family:"Times New Roman"; 	mso-fareast-font-family:"Times New Roman";} @page Section1 	{size:595.3pt 841.9pt; 	margin:70.85pt 3.0cm 70.85pt 3.0cm; 	mso-header-margin:35.4pt; 	mso-footer-margin:35.4pt; 	mso-paper-source:0;} div.Section1 	{page:Section1;} --&gt; &lt;/style&gt;&lt;!--[if gte mso 10]&gt; &lt;style&gt;  /* Style Definitions */  table.MsoNormalTable 	{mso-style-name:"Tabla normal"; 	mso-tstyle-rowband-size:0; 	mso-tstyle-colband-size:0; 	mso-style-noshow:yes; 	mso-style-parent:""; 	mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; 	mso-para-margin:0cm; 	mso-para-margin-bottom:.0001pt; 	mso-pagination:widow-orphan; 	font-size:10.0pt; 	font-family:"Times New Roman"; 	mso-ansi-language:#0400; 	mso-fareast-language:#0400; 	mso-bidi-language:#0400;} &lt;/style&gt; &lt;![endif]--&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;Barañao estaba notoriamente molesto. Se lo veía indignado, ofuscado, furioso. Sobre el científico y técnico escritorio de su tecnológico e innovador ministerio poseía las hojas con los resultados y análisis de las inscripciones universitarias del último año. Los argentinos –y argentinas, le acotó corrigiéndolo la presidenta, la misma que gozaba de un orgasmo cada vez que deletreaba &lt;i style=""&gt;tejido social&lt;/i&gt;- jóvenes y jóvenas, después de cuatro años de segundo gobierno y primer ministerio, seguían sin aprender a qué facultades inscribirse. Miles en ciencias sociales y humanas -teología o autismo-, y sólo cientos en ciencias duras -el futuro del país, el reaseguro del tren progreso del que alguna vez nos bajamos sin haber pedido un deseo a su paso-. Piqueteros blandos -oficialistas y deglutidotes de quesos duros con vinos y orquestas de jazz y música clásica que los seguían en su curso por la ciudad- se encontraban igual de indignados: estaban planificando una manifestación para el día siguiente en Plaza de Mayo, en donde denunciarían el cipayismo europizante de la juventud clasemediera argentina. Las señoras de Barrio Norte, Recoleta y Belgrano habían sido expresamente invitadas y formarían parte del acto: vanos habían sido sus intentos de convencer a sus hijos o nietos de estudiar Matemática o Biología y no Sociología o Comunicación. El país se iba al tacho, y, en estas circunstancias, de poco servían las lecturas de Durkheim o Weber, o las capacidades de análisis del discurso de la semiótica o la semiología.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Barañao miró la parva de hojas y carpetas sobre su escritorio de trabajo, pensó en Klimovsky, no se arrepintió un ápice de las polémicas declaraciones que tres años atrás habían generado un intenso pero masturbatorio debate en un periódico nacional tan oficialista y deglutidor de quesos duros, vinos y orquestas de jazz y música clásica como los piqueteros blandos, y tomó la decisión. Se arremangó la blanca camisa, se desajustó la corbata formal, buscó la agenda que siempre guardaba en el segundo cajón de su escritorio, levantó el teléfono y marcó los números necesarios para salir al exterior. Los llamó, lo atendieron, les contó, estuvieron de acuerdo, y, a la hora, ya se encontraban en su oficina, gorditos y rebosantes, ansiosos de que se les contara detalles sobre lo que se les había adelantado por teléfono. Pidieron tres cafeses sin agua pero con medialunas de grasa y un vasito de jugo de naranja, esperaron la llegada de los otros dos invitados a la cita, y, una vez que estos llegaron, se dispusieron a escuchar con la panza llena y el corazón contento las explicaciones sobre el motivo de la reunión. Las justificaciones de porqué Barañao los había llamado a sus casas o bares de asiduamiento para introducirlos en su idea. Para preguntarles qué les parecía. Para, en el caso de que estuvieran de acuerdo, convocarlos a su despacho para conversarlo personalmente. &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Les dijo que lo había consultado con la presidenta –&lt;i style=""&gt;tejido social&lt;/i&gt;, ahhh- y estaba de acuerdo. Que las cámaras bajas y altas, como los labios o las culturas, obrarían en consecuencia y defenderían con un cuchillo entre los dientes -a vencer o morir por la patria antes que por la muerte- lo que estaba a punto de explicarles. Que todo estaba listo para hacerlo y que este era el momento ideal. Que sólo faltaba su acuerdo y, claro, sus opiniones, sugerencias, consejos. Que, en contra de lo que sugerían aparateados chismes de pasillo, y reproducían corporativamente los medios de comunicación, no se trataba de recortes presupuestarios, ni de privatización de la educación pública y gratuita –uno de los cuatro, en un rapto de lucidez, pensó que la misma no era ni una cosa ni la otra, sino, en todo caso, estatal y muy costosa-, y, mucho menos, del cierre de algunas facultades y reapertura o extensión de otras. No, nada que ver, aclaró Barañao, eso es consecuencia de los contras internos que padece este gobierno y de los intentos de golpe de estado mediático perpetrados por los medios. A los cuales, déjenme decirles –agregó-, ni uno sólo de los periodistas que se hacen pasar por los comunicólogos que, como chorizo, produce la universidad pública salió a decirles nada. Es más –concluyó, a centésimas de cagar la fruta-, no sólo que no les dijeron nada sino que hacen todo lo contrario: trabajan con ellos, para ellos, desde ellos. Son unos vendepatria, unos cipayos, re-mató, mientras tres de los cuatro movían la cabeza asintiendo y el otro bebía un sorbo de café y se acercaba un medialuna, motivo por el cual se veía imposibilitado de estar cabezonamente de acuerdo. Sino también lo hubiera estado.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Entonces –continuó, ya un poco más calmo, acomodándose la camisa y la corbata salidas de sus cabales por su vehemencia anterior-, lo hablamos con la presidenta y estuvimos de acuerdo. Quiero decir, yo se lo propuse, ella lo pensó -como media hora, acotó-, lo consultó otra media hora, y, a la hora, ya estaba dándome la respuesta afirmativa. Que contara con su apoyo. Y, por lo tanto, con la defensa de género y pseudointelectual de las dos cámaras. La de fotos y la de video. Por lo cual, muchachos –les dijo Barañao, en un tono entre campechano y populista, a ellos cuatro, los cuatro que no habían pronunciado palabra en los veinte minutos de reunión-, como les dije por teléfono y al comienzo del encuentro, todo está listo, las condiciones subjetivas y -mucho más importante- objetivas están dadas para hacerlo. Sólo se trata de poner primera, el pie en el acelerador, y, al estilo de los viejos Ford T que alguna vez fueran el orgullo del mundo desarrollado, darle para adelante. ¿Ustedes qué opinan?&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;La pregunta cayó como un baldazo de agua fría -o como un patriótico fuentonazo de aceite caliente- sobre las cabezas de los cuatro invitados. Dos de los cuales, por incierto, ya habían terminado sus cafeses con medialunas de grasa y un vasito de jugo naranja, mientras los otros dos, los últimos en llegar –motivo por el cual habían padecido chascarrillos de parte de los otros dos-, estaban todavía finalizando sus respectivos cafeses con leche y medialunas de manteca. Un silencio de radio, que llegó a tapar tanto las emisiones de Radio Nacional que se escuchaban en el despacho, como las orquestas de jazz y música clásica que acompañaban a los piqueteros blandos por toda la ciudad a la caza de bombos que atentaran contra la sonoridad de Monk o Chopin, inundó la oficina. Tanto que la rebalsó. El silencio de hielo heló primero los pasillos del Ministerio y, después, el resto de las oficinas de las restantes dependencias del ejecutivo. Cuando los cinco quisieron acordar, ya habiendo terminado los últimos dos los cafeses con leche con medialunas de manteca, el silencio había empetrolado a músicos y manifestantes: los manifestantes que con su manifestación hacían la mejor música que los oídos pueden escuchar, y los músicos que se manifestaban acompañando aquellas melodías con improvisaciones o interludios. El silencio, como una niebla, como pastizales de libros quemados, como provincianos pueblos enteros soplando para que no se viera nada, ya se había extendido por toda la ciudad. Barañao, silenciado más que afónico, sin salida más que sin voz, no le pudo contar a los cuatro la idea que ya había sido aprobada por la orgásmica presidenta: clonar matemáticos y biólogos para compensar las indeseables cantidades industriales de comunicólogos, sociólogos y filósofos que atestaban la sociedad. El país dejaría de ser subdesarrollado. Pero, también, dejaría de ser católico-apostólico-romano -porque las prístinas jerarquías eclesiales internacionales se oponían a la clonación- y se declararía post-humanista-sloterdijkiano, para pesar mucho de los humanistas, que serían levantados en peso, perseguidos y confinados a campos de concentración de reeeducación posthumanista, en donde se verían obligados a estudiar todas las carreras duras. José Pablo Feinmann y Horacio Gonzalez, dos de los invitados -los que llegaron tarde-, cuando se enteraron telepáticamente del plan, asintieron filosófica y sociológicamente. Leonardo Moledo y Adrian Paenza, matemáticos, también estuvieron de acuerdo. Los dos habían sido invitados para iniciar con ellos la clonación. Pero nada pudo realizarse. Es lástima. &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: right;" align="right"&gt;Julio/2008, B. A. &lt;span style=""&gt;      &lt;/span&gt;&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;&lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1970873953680837637-8445911906432658031?l=ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com/feeds/8445911906432658031/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1970873953680837637&amp;postID=8445911906432658031&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1970873953680837637/posts/default/8445911906432658031'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1970873953680837637/posts/default/8445911906432658031'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com/2009/05/baranao-sa-responsabilidad-limitada.html' title='Barañao SA Responsabilidad Limitada.'/><author><name>Qué te importa.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13966481193676647640</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SgBy8SO31rI/AAAAAAAAALs/fDESpjh015E/s72-c/dia2.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1970873953680837637.post-4771404025861438866</id><published>2009-04-05T08:06:00.000-07:00</published><updated>2009-04-05T08:10:26.209-07:00</updated><title type='text'>Confesiones de comunicólogo.</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://1.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SdjJkQLR_FI/AAAAAAAAALk/6HiesHHiTAM/s1600-h/dia1.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0pt 10px 10px 0pt; float: left; cursor: pointer; width: 320px; height: 240px;" src="http://1.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SdjJkQLR_FI/AAAAAAAAALk/6HiesHHiTAM/s320/dia1.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5321224584392997970" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;Letra&lt;br /&gt;y música:&lt;br /&gt;Qué te importa/&lt;br /&gt;Charly Garcia.&lt;br /&gt;&lt;pre&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me echó de su cuarto gritándome: Estudiás Comunicación&lt;/pre&gt;&lt;pre&gt;tuve que enfrentarme a mi condición: para vos no hay trabajo&lt;/pre&gt;&lt;pre&gt;y aunque digan que no es tan difícil, yo no creo poder laburar&lt;/pre&gt;&lt;pre&gt;hace lustros que estudio y estudio, y no salgo de putas changa.&lt;/pre&gt;&lt;pre&gt;Quién me dará algo para comer, o texto que analizar&lt;/pre&gt;&lt;pre&gt;sé que entre los medios debés estar, pero no me contratás&lt;/pre&gt;&lt;pre&gt;y Clarín que nos confunde a todos, sin Anibal la pasaré mal&lt;/pre&gt;&lt;pre&gt;si termino haciéndome trosko, después no se vengan a quejar.&lt;/pre&gt;&lt;pre&gt;Kaufman es el dueño de este mundo: juega a los dados bien&lt;/pre&gt;&lt;pre&gt;quien me dará una beca, mi dios, sólo sé &lt;i style=""&gt;comprender&lt;/i&gt;&lt;/pre&gt;&lt;pre&gt;y tal vez estudié demasiado, debería haber trabajado también&lt;/pre&gt;&lt;pre&gt;cerrarán las puertas de MT, y yo seguiré sin un gospel&lt;/pre&gt;&lt;pre&gt;Conseguí seis pesos y me emborraché, en-La-Bar-ba-ri-é&lt;/pre&gt;&lt;pre&gt;miré el cuadro de Chavez y me emocioné, aunque no sé porqué&lt;/pre&gt;&lt;pre&gt;y si bien yo nunca fui chavista, bolivariano comencé a ser&lt;/pre&gt;&lt;pre&gt;pediré un puesto en Telesur, y todo estará fetén fetén.&lt;/pre&gt;&lt;pre&gt;Hace ocho años que estoy aquí, ya tengo treinta y tres&lt;/pre&gt;&lt;pre&gt;ya no leo más a Merleau-Ponty, pero puedo comer&lt;/pre&gt;&lt;pre&gt;y aunque a veces me acuerdo de ella, pegué su póster en la pared&lt;/pre&gt;&lt;pre&gt;solamente pienso los domingos, cuando leo ... a Melanie Klein.&lt;/pre&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1970873953680837637-4771404025861438866?l=ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com/feeds/4771404025861438866/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1970873953680837637&amp;postID=4771404025861438866&amp;isPopup=true' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1970873953680837637/posts/default/4771404025861438866'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1970873953680837637/posts/default/4771404025861438866'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com/2009/04/confesiones-de-comunicologo.html' title='Confesiones de comunicólogo.'/><author><name>Qué te importa.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13966481193676647640</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SdjJkQLR_FI/AAAAAAAAALk/6HiesHHiTAM/s72-c/dia1.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1970873953680837637.post-4363883964135521929</id><published>2009-04-02T14:54:00.000-07:00</published><updated>2009-04-02T14:57:27.617-07:00</updated><title type='text'>A Maia.</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://4.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SdU0t7gNEmI/AAAAAAAAALc/cEP8Cf8u4hI/s1600-h/mexico.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0pt 10px 10px 0pt; float: left; cursor: pointer; width: 320px; height: 240px;" src="http://4.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SdU0t7gNEmI/AAAAAAAAALc/cEP8Cf8u4hI/s320/mexico.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5320216498479632994" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;quiero que tu boca sea&lt;br /&gt;la custodia de mi sexo y&lt;br /&gt;que el tuyo se mezcle con&lt;br /&gt;la guerrilla de mi piel&lt;br /&gt;quiero que tus pechos sean&lt;br /&gt;dos contratos contratados tuyo&lt;br /&gt;mío y los dos contra-atados a&lt;br /&gt;la dictadura del placer&lt;br /&gt;quiero que tus manos se declaren&lt;br /&gt;eruditas en la materia de no&lt;br /&gt;dejar recóndito rincón de mi&lt;br /&gt;cuerpo por conocer&lt;br /&gt;quiero que mis ropas caigan&lt;br /&gt;al compás de la huida de tu&lt;br /&gt;histeria y que los insight de los faroles dejen&lt;br /&gt;de alumbrar para podernos ver&lt;br /&gt;haciendo todo lo que los dueños de&lt;br /&gt;las veredas no dejan hacer todo lo que el&lt;br /&gt;oficial reprime con el largo brazo de&lt;br /&gt;su cachiporra lo que un señor señor no&lt;br /&gt;haría porque eso no hacen los hombres de&lt;br /&gt;bien lo que las buenas costumbres no&lt;br /&gt;contarían de un mujer al&lt;br /&gt;hablar de su historia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Junio, Bs. As., 2005.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1970873953680837637-4363883964135521929?l=ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com/feeds/4363883964135521929/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1970873953680837637&amp;postID=4363883964135521929&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1970873953680837637/posts/default/4363883964135521929'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1970873953680837637/posts/default/4363883964135521929'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com/2009/04/maia.html' title='A Maia.'/><author><name>Qué te importa.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13966481193676647640</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SdU0t7gNEmI/AAAAAAAAALc/cEP8Cf8u4hI/s72-c/mexico.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1970873953680837637.post-5689894125181612922</id><published>2009-03-22T09:41:00.000-07:00</published><updated>2009-03-22T09:59:52.018-07:00</updated><title type='text'>Y.</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://3.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/ScZt33gLCxI/AAAAAAAAAK0/ZurSl_XMdXA/s1600-h/jennifer-aniston-1.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0pt 10px 10px 0pt; float: left; cursor: pointer; width: 320px; height: 138px;" src="http://3.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/ScZt33gLCxI/AAAAAAAAAK0/ZurSl_XMdXA/s320/jennifer-aniston-1.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5316057216716573458" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y antes de que pudiéramos verlo&lt;br /&gt;ya éramos un sombra&lt;br /&gt;un cadáver&lt;br /&gt;algo que difícilmente se recuerda.&lt;br /&gt;Y vos preguntaste qué será de nosotros&lt;br /&gt;cuando ya no seamos nada&lt;br /&gt;cuando seamos padres y profesionales y adultos y profesores&lt;br /&gt;no seremos nada te dije yo&lt;br /&gt;no seremos nada de todo lo que hoy somos&lt;br /&gt;nada de lo mucho o poco que hoy intentamos ser.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1970873953680837637-5689894125181612922?l=ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com/feeds/5689894125181612922/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1970873953680837637&amp;postID=5689894125181612922&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1970873953680837637/posts/default/5689894125181612922'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1970873953680837637/posts/default/5689894125181612922'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com/2009/03/y.html' title='Y.'/><author><name>Qué te importa.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13966481193676647640</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/ScZt33gLCxI/AAAAAAAAAK0/ZurSl_XMdXA/s72-c/jennifer-aniston-1.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1970873953680837637.post-2254470805428177935</id><published>2009-02-27T17:40:00.000-08:00</published><updated>2009-02-27T17:57:45.867-08:00</updated><title type='text'>Si vos fueras yo, si yo fuera vos.</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://1.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SaiWtT_ZdYI/AAAAAAAAAKk/FZxRhQ81yo4/s1600-h/dia5.jpg"&gt;&lt;img style="float:left; margin:0 10px 10px 0;cursor:pointer; cursor:hand;width: 320px; height: 240px;" src="http://1.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SaiWtT_ZdYI/AAAAAAAAAKk/FZxRhQ81yo4/s320/dia5.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5307657866060592514" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;(A la memoria de P., no de Pe, es decir de Penélope Cruz, sino de P.).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esta canción, compuesta por los por entonces Los Sugus, luego The good bye winners, fue compuesta en la cama de mi hermana de la habitación que por entonces compartíamos, mientras el otro integrante del grupo, igualmente bipolar que el primero, que en realidad es el segundo, miraba estupefacto cómo su compañero de derroche de tiempo enchastraba una hoja entera escribiendo una canción que, en caso de tocarse y cantarse entera, dura diez minutos, no tiene estribillo y quita el aliento. No por mala, aunque también, sino por larga. A diferencia de la vida, que es corta pero ancha. Por razones de Sanidad, y de despiste, porque la segunda parte de la canción fue perdida cuando dejó de ser ensayada, es decir, perpetrada, la misma se redujo sólo a esto, una carilla de renglones hasta el límite, cinco minutos de atropellamiento letrístico-pseudomusical y los mismos cuatro acordes de siempre que, a veces, permiten hacer algo más virtual que relativamente zafable.&lt;br /&gt;Gracias a Celeste, por haber confiado en ella, es decir, por haberse equivocado, incluso antes de que nosotros mismos lo hubieramos hecho, o sea, de que no nos hubiéramos equivocado y tuviéramos bien en claro que la canción era bazofia y nuestra instrumentación y canto aún peor, si es que tal cosa es posible. Gracias.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No es que te quiera besar porque no tengo nada por hacer&lt;br /&gt;te quiero besar, te quise besar, porque estaba aburrido de leer&lt;br /&gt;de escribirte cartas que nunca iba a salivar&lt;br /&gt;de comprarte flores que marchitaban antes de florear.&lt;br /&gt;No es que no sepa cantar sobre otro tema que sobre vos&lt;br /&gt;es que no sé cantar y vos te sumás a este mal sabor&lt;br /&gt;de escucharme y leerme cada vez, cada mes&lt;br /&gt;de bancarme y soportarme haciendo que canto como Andrés,&lt;br /&gt;o como el líder de Yes, o como Tom Waits, o como Calle 13.&lt;br /&gt;Sé que soy insoportable, que no digo nada una vez&lt;br /&gt;que tardo un lustro para decir: Hola, ¿qué tal señora, cómo le va a usted?&lt;br /&gt;te prometo no cambiar y ser igual de insoportable&lt;br /&gt;pero intentaré rescatar el uno por ciento de lo bancable.&lt;br /&gt;Porque no quiero cambiar pero tampoco quiero que cambies&lt;br /&gt;porque no te quiero cambiar pero tampoco quiero que me cambies.&lt;br /&gt;Imaginate la ecuación: vos serías tartamuda y yo un show&lt;br /&gt;yo resultaría un galán y vos una miope que no sabe ni hablar&lt;br /&gt;yo no quiero eso para vos: yo para vos quiero lo mejor&lt;br /&gt;por eso te aconsejo: mi amor, mantenete lejos de este bajón,&lt;br /&gt;o de este garrón, o de este chabón, o de este chambón.&lt;br /&gt;Si yo fuera vos y vos fueras yo &lt;br /&gt;eso sería un horror –para vos-, pero yo sería un ganador&lt;br /&gt;Sería músico y poeta, actor, trabajador, toda una estrella&lt;br /&gt;el hombre de tu vida, un magíster, mujer alguna conmigo tendría chanches.&lt;br /&gt;Sería un meta-hiper-metro sexual, pero también sabría cómo ir jugar&lt;br /&gt;sabría coser, sabría cocinar, y en la cama resultaría un semental.&lt;br /&gt;No habría orgía que se me resista, tendría un harén sólo de chicas lindas&lt;br /&gt;estaría sólo, no tendría amigos, porque todos se propasarían conmigo.&lt;br /&gt;No podría salir ni a la calle, que me tropezaría con los pasacalles&lt;br /&gt;que admiradores me cuelgan del cielo, que pa mí no es más que una sucursal del suelo.&lt;br /&gt;Tendría, también, una florería, por las flores regaladas por amigas&lt;br /&gt;abriría, después, una casa de dulces, donde yo sería la frutilla y el duque.&lt;br /&gt;Aunque, a decir verdad, tengo un poco de miedo, estoy amedentrado de hacerme caramelo&lt;br /&gt;si no me revuelven yo me coagulo, si yo fuera vos tendría flor de cupo.&lt;br /&gt;Para dejar entrar o salir del círculo, al agasajado con mí vínculo&lt;br /&gt;quizá debería tomar examen de ingreso, para ver a quién le regalo mi beso.&lt;br /&gt;Cobraría entrada a mi morada, no vaya a ser cosa que entre la gilada&lt;br /&gt;establecería un saludo oficial, para castigarlos por su fealdad.&lt;br /&gt;Sería un Dios, si yo fuera vos, pero como soy yo soy sólo un perdedor&lt;br /&gt;me gusta el chananeo, si me apuntan al cielo yo me quedo mirando todo el tiempo el dedo.&lt;br /&gt;Por eso, te digo, no te conviene que sea tu amigo&lt;br /&gt;por eso, te alarmo, yo, en tu lugar, me largo&lt;br /&gt;por eso, te aviso, tengo destino a Berisso&lt;br /&gt;por eso, te aconsejo, mejor buscate un mejor partido.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1970873953680837637-2254470805428177935?l=ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com/feeds/2254470805428177935/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1970873953680837637&amp;postID=2254470805428177935&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1970873953680837637/posts/default/2254470805428177935'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1970873953680837637/posts/default/2254470805428177935'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com/2009/02/si-vos-fueras-yo-si-yo-fuera-vos.html' title='Si vos fueras yo, si yo fuera vos.'/><author><name>Qué te importa.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13966481193676647640</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SaiWtT_ZdYI/AAAAAAAAAKk/FZxRhQ81yo4/s72-c/dia5.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1970873953680837637.post-3290122832072995243</id><published>2009-01-17T12:25:00.000-08:00</published><updated>2009-01-17T12:33:56.391-08:00</updated><title type='text'>De médicos y doctores.</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://3.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SXI-9iZQOwI/AAAAAAAAAKQ/cocOO1W3Zuo/s1600-h/page.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0pt 10px 10px 0pt; float: left; cursor: pointer; width: 320px; height: 237px;" src="http://3.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SXI-9iZQOwI/AAAAAAAAAKQ/cocOO1W3Zuo/s320/page.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5292361739039423234" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;meta equiv="Content-Type" content="text/html; charset=utf-8"&gt;&lt;meta name="ProgId" content="Word.Document"&gt;&lt;meta name="Generator" content="Microsoft Word 11"&gt;&lt;meta name="Originator" content="Microsoft Word 11"&gt;&lt;link rel="File-List" href="file:///C:%5CDOCUME%7E1%5CADMINI%7E1%5CCONFIG%7E1%5CTemp%5Cmsohtml1%5C01%5Cclip_filelist.xml"&gt;&lt;o:smarttagtype namespaceuri="urn:schemas-microsoft-com:office:smarttags" 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facultades medicinales del país, ya sean públicas o privadas, con cinco años de cursada más doce meses de residencia, aquel prestigioso carné –m’hijo, el dotor-, con el par de años de espera que demanda la impresión de títulos de grado en la universidades públicas, es suyo. Así, mientras que –pongamoslé- un cominicólogo egresado de &lt;st1:personname productid="la UBA" st="on"&gt;la UBA&lt;/st1:personname&gt; –por fuera de todo gesto corporativo, la carrera más larga de la universidad: en caso de desconfiar o directamente descreer de lo recién leído, remitirse a las sociológicas estadísticas de la propia institución-, en caso de querer perpetrar la fugada carrera académica que requiere de saltos sin jabalinas de maestrías y doctorados, recién podría hacerse del prestigiado título de &lt;i style=""&gt;doctor&lt;/i&gt; –en el mejor de los casos- entrados sus jóvenes treinta años, luego de haber escrito sus tres decimonónicas tesinas –institución universitaria del siglo XIX que la mayoría de las carreras, tal como se entendía por entonces, ya no poseen, para bien y para mal-, cualquier estudiante de las carreras médicas, ya sea de universidades públicas o privadas, que haya comenzado –digamos- a los dieciocho años –ni siquiera diecisiete- y que haya llevado con simple –ni siquiera necesaria de ser luterana- puntualidad&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;el devenir de la carrera, a sus –digamos- jóvenes veinticinco años ya se haría acreedor del socioculturalmente muy reconocido epítote de doctor, ese que algunos egresados de estas facultades anteponen en cualquier lugar en donde esté escrito su nombre. No sólo una tarjeta de presentación profesional, o placa de entrada al consultorio en la casa o el estudio, sino, también, en los mensajes telefónicos que se graban para que la persona &lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;que llama identifique que lo hizo al número que deseaba hacerlo y deje su mensaje calma y tranquila, o, incluso, a la hora de llamar a algún lugar –pongámosle, un restaurant para reservar una mesa para la cena- anteponiendo la palabra dotada de mágicos poderes por delante del nombre y apellido -o del apellido a secas- del portador de la magia.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style=""&gt;              &lt;/span&gt;Por supuesto, lo anterior no fue más que una larga introductio, que no se trata de una cuestión de medievales encantamientos sino de muy modernos y burgueses prestigios. Pero, hete aquí la aparente o efectiva paradoja, así como no suelen ser los &lt;i style=""&gt;científicos&lt;/i&gt; enaltecedores de los avances tecnológicos los más aptos a la hora de evaluar los negativos o directamente catastróficos efectos de algunos avances &lt;i style=""&gt;técnicos&lt;/i&gt; –no sólo el obvio ejemplo de la bomba atómica, sino los mismos nazis o argentinos campos de concentración como súmmum de la científica y muy racional modernidad-, tampoco suelen ser los portadores del prestigioso –por decirlo estructuralistamente- significante &lt;i style=""&gt;doctor&lt;/i&gt; –ya sea del cuerpo entero como exclusivamente de la boca, ya sean médicos clínicos o nada simples y menos rasos odontólogos- los más sensibles a detectar o al menos reconocer que el prestigio en relación con su profesión en el que son educados a lo largo de la carrera, y que luego el orden sociocultural confirma más que refracta, no es más que una de las variadas consecuencias no sólo del positivismo cientificista que piensa que un ingeniero es poco menos que un genio mientras que un filósofo es apenas más que un charlatán, sino, y sobre todo, de determinada configuración histórico-político que, por lo pronto, llevó a la creación y consolidación de la institución sin la cual los prestigiosos y prestigiados no sólo no podrían sobrevivir sino que ni siquiera existir: la clínica. Mientras que un doctor -cualquier de ellos, sea un psiquiatra o un cirujano- es incompetente a la hora de evaluar lo que –con el filósofo que no se reconocía como tal sino como historiador- podríamos llamar las funciones de la clínica, el más bien reciente nacimiento de la misma y sus consecuencias y utilizaciones por el poder político desde las revoluciones burguesas hasta la actualidad, un comunicólogo o sociólogo sería un inútil en caso de pretender efectuar un tratamiento de caries o extraer una muela, evaluar –objetivistamente, tal como se educa a observar el cuerpo humano en las facultades medicinales de nuestro país- el cuerpo de un paciente –que un potencial enfermo sea llamado paciente, como ninguna nominación, no es inocente: el virtual padeciente es el paciente que pacientemente debe esperar el arribo del saber correspondiente que le salvará la vida, es decir, la bata y el título habilitante del médico-, o, en su defecto, pretender medicar a un paciente con un remedio que este debe comprar en la farmacia. Ningún farmacia responsable -es decir, ningún comercio atendido por un profesional relacionado con la medicina con grandes letras, sólo que relacionado con esta en un vínculo de subordinación y desprestigio- debería jamás venderle a nadie algo no sólo recetado sino incluso recomendado por comunicólogos o sociólogos. Hay pocas cosas –no merecen siquiera el epítote de personas, mucho menos de carrera, esos terciarios con apetencia de estudios universitarios en donde lo que menos se aprende y enseña es ciencia, la ciencia tal como la entendían los jóvenes del renacimiento- que un comunicólogo o sociólogo. Siempre buscándoles el pero, el sin embargo, el no obstante lo cual, el de todas maneras, a todo. Siempre, como decimos los hombres simples pero científicamente formados, porque no hace falta hablar raro para demostrar sabiduría, buscándole la quinta pata al gato o el pelo al huevo. Es como si tuvieran envidia o rencor o resentimiento o directamente odio de que nosotros, los científicos, los ingenieros o médicos, realmente estudiamos, y por eso seamos reconocidos, mientras que ellos, que eligieron hacer esas carreras cortas y para colmo poco serias, carreras en donde supuestamente se lee mucho pero siempre mal&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;y en vano, esas carreras en donde, como dijo nuestro ministro, la metodología brilla por su ausencia y lo que escriben parecen tratados de teología del medioevo antiguo, no pueden decir lo mismo, ellos realmente no estudiaron tanto, ellos no se esforzaron tanto como nosotros, y, como la estructura de clases de nuestra sociedad lo demuestra, el orden social es justo y luego retribuye a cada uno lo que se merece, a los doctores o ingenieros el prestigio que sus años de estudio les demandó -aunque hayan pasado veinte años desde que egresaron y, coherentemente, se acuerden muy poco de lo leído hace veinte años- y a los egresados de sociales o humanas la indiferencia o subestimación que las toneladas de apuntes le otorgan a todo aquel que haya hecho con ellas maniquíes de papel –aunque, como tanto les gusta repetir a los neoliberales organismos de crédito, su formación sí sea realmente permanente, como un trotskismo insurreccionalita y espontaneísta&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;aplicado al ámbito educativo-.&lt;/p&gt;  &lt;span style="font-size: 12pt; font-family: &amp;quot;Times New Roman&amp;quot;;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;El miércoles pasado, en el marco del tratamiento ortodoncista que retomé luego de mi adolescente desplante antihumanista en donde me oponía al mantenimiento estético de las disciplinas medicinales subalternas y a la misma muy médica prolongación de la vida, volví a sentir la sensación -que ya la había sentido cuando regresé a los guantes y máquinas de mi odontóloga de adolescencia- que los ortodoncistas -que son médicos de los dientes tanto como los pediatras se hacen llamar médicos de niños- no son más que mecánicos -como el que puede leerse en La máquina de hacer el bien de Walsh- sólo que con batas y guantes y máquinas y, sobre todo, consultorios y secretarias que, cuando tienen que llamarlos, estás obligadas a interpelarlos como doctor y doctora. El lunes, cuando vaya a cortarme el pelo al peluquero de mi barrio, le voy a decir doctor, doctor capilar.&lt;/span&gt;&lt;span style=";font-family:&amp;quot;;font-size:12;"  &gt;&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1970873953680837637-3290122832072995243?l=ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com/feeds/3290122832072995243/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1970873953680837637&amp;postID=3290122832072995243&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1970873953680837637/posts/default/3290122832072995243'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1970873953680837637/posts/default/3290122832072995243'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com/2009/01/de-mdicos-y-doctores.html' title='De médicos y doctores.'/><author><name>Qué te importa.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13966481193676647640</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SXI-9iZQOwI/AAAAAAAAAKQ/cocOO1W3Zuo/s72-c/page.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1970873953680837637.post-1604797900998783115</id><published>2008-12-23T06:25:00.000-08:00</published><updated>2008-12-23T06:30:25.874-08:00</updated><title type='text'>Mafalda montonera.</title><content type='html'>&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SVD18PSI1DI/AAAAAAAAAKI/SpUGhqtvBgk/s1600-h/felipe.gif"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5282992778149155890" style="FLOAT: left; MARGIN: 0px 10px 10px 0px; WIDTH: 117px; CURSOR: hand; HEIGHT: 147px" alt="" src="http://3.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SVD18PSI1DI/AAAAAAAAAKI/SpUGhqtvBgk/s320/felipe.gif" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Si Evita viviera sería montonera, le dijo un imberbe a un octogenario, mientras lo frotaba con sales intentando reanimar las mieles de su impotencia. Si Isabelita viviera sería cabaretera, insistió el primero, sin obtener respuesta del segundo, a punto de llegar al clímax. Si Perón viviera estaríamos muertos, dijo el octogenario, y el imberbe lo miró fijamente, mientras limpiaba con su mano izquierda su mano derecha sucia de líquido.&lt;br /&gt;Mafalda, integrante de la UES, había pasado a formar parte de los comandos populares anunciados por Rodolfo, casi un lustro antes de abrir la manta abierta a la munda celestial. Con el salmo del párroco del barrio, un día después quedaría flaco de mate y galletitas de agua, cuando Mafalda ya estuviera concentrada en un campo de reeducación católica. No saldría en siete años de tormentas y, cuando estuviera por hacerlo, sería dada de muerte con un tiro de gracia por el que no dio las gracias.&lt;br /&gt;Miguelito, en plena primavera, dejó Filosofía y se fue detrás de los humos del paco. Lo hizo después de ir a un recital en donde leían poetas y no entendían filtros que fumaban cigarrillos sin filtro. A los dos años, amenazado por un tartamudo que no podía pronunciar la segunda letra del abecedario, aceptó el ofrecimiento de su padre y, de paso cañazo, a sus veintiún años, consumó su viaje iniciativo por el ya iniciado mundo.&lt;br /&gt;Libertad, cursante del primer año de un preuniversitario colegio en el que sus traductores padres habían depositado todos los bonos de sus futuras ganancias culturales, era una de las militontas más jóvenes de troskos que no eran tales pero que eran lo más parecido a ellos con armas en la mano y rifles en el hombro. A los tres años, como la organización, estaría más perdida que desaparecida en acción, aunque, a sus jóvenes dieciséis años, había estado de acuerdo con Roby en que era imprescindible un antiguevarista reflujo. A vencer o no morir, muertos no se puede combatir, había sido el slogan que había inventado para la lucha política interna, defendiendo la libertad de tendencia, antes de que las listas comenzaran a alistarla para los contratendencistas.&lt;br /&gt;Felipe había estado a punto de sumarse a una orga políticomilitar con nombre de escopeta pero, de un tiro, se fue a Uruguay, se radicó en Colonia y se dedicó a las mismas tareas administrativas que realizaba en Buenos Aires, tras haber conseguido el trabajo por un conocido de la primaria. Por las vecinas del barrio, que esa tarde habían vendido un chisme a las purgas ecologistas por un corte de pelo en la peluquería de la esquina, se había enterado que sus amigas de la infancia, Mafalda y Libertad, se habían ido de feria, y su pánico pudo más. Al día siguiente, tomó el barco que salía del puerto de Buenos Aires hacia la oriental de sus provincias -barco que en repetidas ocasiones tambaleó en el agua al chocarse con inmensas costras marítimas-, y a la semana siguiente ya estaba trabajando en el trabajo en el que lo había encajado su conocido.&lt;br /&gt;Guille realizó la primaria sin mayores dificultades ni alteraciones, educado por sus padres en la moderna exclusión de sexo, violencia y muerte. Más teniendo en cuenta que hay décadas en que los tres asuntos se aúnan en un solo haz de sombra. A la luz de la protección del árbol de enfrente de su casa, preguntó sólo una mañana por qué Mafalda no regresó la noche anterior. A la siguiente mañana, habituado, sabiendo que la mujer es un animal de costumbre, no preguntó nada y deglutió en silencio el café con leche con tres medialunas. Aunque, se lo había dicho antes a su madre, sólo quería una. Pero en esa casa, como en la mayoría de las casas del mundo, la decisión no era propiedad de los infantes, sino de los adultos, y la propiedad era un asunto en discusión, y la discusión se dirimía en un beso a tu madre, y tu madre podía terminar salvándote las papas, aunque ellas estuvieran calientes y nadie quisiera darles el primer beso.&lt;br /&gt;Manolito, cinco años después de que un grupo de jóvenes arrojara una célula de miguelitos delante del coche de un fusilador para secuestrarlo, juzgarlo y ajusticiarlo, había padecido la muerte de su padre, quien sufrió un ataque al corazón al enterarse del fallecimiento del generalísimo y de la transición que se avecinaba en su país. Las vecinas, ni lentas ni perezosas, esparcieron por el barrio que el ataque al corazón había sido con alto poder de fuego y que el mismo no había opuesto resistencia. La rendición había sido incondicional. Populistas, a pesar del gorilismo que las especificaba, omitieron cuchichear sobre los altos precios del almacén, más que nada porque el dueño del mismo estaba en un cajón y su hijo al lado. Manolito, en los siguientes siete años, dejaría la secundaria –la que de todas maneras no lo extrañaría-, haría dinero, se compraría una bicicleta todoterreno, viajaría al norte –según se mire el hemisferio, se considere el espacio, y se escuche a Don Arturo-, repetiría por algo será y algo habrán hecho, no cantaría la marchita en el monumental pero gritaría los goles de Kempes, se levantaría aún más temprano para observar el levantamiento de paredes entre los arquitectos Diego y Ramón, iría a la plaza a vivar la nacionalización de una compañía de whiskies, manifestación en la que se cruzaría con Miguelito, quien, tras siete años, había regresado de Francia, tras estudiar Historia en La Sorbona y realizar un posgrado de Filosofía en misma universidad, para bajar con los verdes al sur y subir con los fusiles a la Casa Rosada, la que había quedado de ese color después de las griegas orgías que los militares de la década del ’30 perpetraran con los terratenientes que tenían campos en la pampa húmeda y departamentos en el París lluvioso. No se dijeron palabra, se acompañaron en el sentimiento, solos en una plaza repleta del pueblo que hacía seis años luchaba por el fin de lo que vivaba, que resistía heroicamente los embates del gobierno del que repetía consignas, que rechazaba los responsables de sus primeros viajes al exterior o recambios de electrodomésticos, el pueblo, en fin, que al año se volvería gente, ciudadanos grises que ya no lloraban los lunes sino que los esperaban ansiosos, aburridos los domingos en sus casas, viendo el fútbol como artilugio para patear para algún lado, desbandados. Miguelito y Manolito no se dijeron palabra, no hacía falta, se miraron fijamente a los ojos y entendieron todo, comprendieron que, con Guille, eran los únicos que permanecían en el país, que eso tenía un costo, un valor que iban a pagar. Si no era que ya lo estaban pagando sin siquiera darse cuenta. Miguelito pensó en acercarse y, al menos, dejarle la nueva dirección en la que estaba parando. Ya no vivía en la casa de sus padres, en la casa del barrio. Desestimó la idea al verlo tan serio y distante, tan mudo y militar, con el pelo tan corto y la mirada tan recia. Manolito casi no pensó en otra cosa que en volver a reabrir su almacén de modo de no seducir a las vecinas con que vayan a comprar a la otra despensa, la que tenía mejores precios pero quedaba a cuatro cuadras, y las vecinas, aunque miserables, ya estaban viejas y preferían ahorrar tiempo de viaje y espacio de caminata en lugar de unos centavos que, a fin de mes, terminaban siendo no tan pocos. Si Mafalda viviera sería kirchnerista, le dijo el joven al anciano, y este volvió a no decir palabra. Si Mafalda viviera, Miguelito le diría que no instrumentalice el jazz para nombrar una de las estructurales crisis del sistema capitalista. Si Libertad lo hiciera le diría snob, y tendría razón, espetó el imberbe por tercera vez, simultáneamente con la implosión de uno de los pernoctantes campus que asolaban su rostro. Si Felipe volviera se sorprendería de lo petrificada que está la memoria, dijo el joven, y el viejo ya estaba dormido. Si Guille entendiera algo, todo esto sería menos engorroso, dijo el imberbe, y, en esta oportunidad, no apuntó al viejo, que ya estaba durmiendo, sino a su madre, Susanita, quien, desde hacía media hora, lo miraba con orgullo de madre pero sin entender palabra. Es que, como repiten educadores oficialistas desvelados por métodos shockoldtatianos publicitados por filósofos premodernos, algunas cosas nunca cambian.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1970873953680837637-1604797900998783115?l=ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com/feeds/1604797900998783115/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1970873953680837637&amp;postID=1604797900998783115&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1970873953680837637/posts/default/1604797900998783115'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1970873953680837637/posts/default/1604797900998783115'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com/2008/12/mafalda-montonera.html' title='Mafalda montonera.'/><author><name>Qué te importa.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13966481193676647640</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SVD18PSI1DI/AAAAAAAAAKI/SpUGhqtvBgk/s72-c/felipe.gif' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1970873953680837637.post-4556550979270826416</id><published>2008-12-07T18:40:00.000-08:00</published><updated>2008-12-07T19:03:53.576-08:00</updated><title type='text'>Más turbaciones.</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://4.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/STyJzTloubI/AAAAAAAAAKA/Sn8Dz92Qab4/s1600-h/na08fo01.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0pt 10px 10px 0pt; float: left; cursor: pointer; width: 214px; height: 320px;" src="http://4.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/STyJzTloubI/AAAAAAAAAKA/Sn8Dz92Qab4/s320/na08fo01.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5277244377895844274" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Sospechaba que masturbarse le daba mala suerte. Invertidamente, conjeturaba que no hacerlo le aseguraba buena fortuna. Al menos ese día, ese partido de fútbol, ese parcial universitario. Así habían sido las cosas desde el americanizado mundial del ’94, el primero y último que miró con toma de conciencia. Cuatro años después, poco antes de su fiesta de quince, las consecuencias de las drogas adolescentes habían surtido efecto. Pero ahora, junio del ’94, su mente estaba sana y su cuerpo mejor. Por cábala, sumada a la de no tocarse durante el mundial, miraba los partidos en la casa de sus abuelos paternos. Fue allí donde recibió el primer revés a su irrefutable teoría de que no masturbarse le depararía buena suerte. Argentina, a pesar de los esfuerzos sobre la hora, fue eliminada por un país que había dejado de ser comunista cinco años antes de que la vanguardia campesina, con relativo apoyo de la siempre alienada pequeñoburguesía universitaria, se levantara armadamente contra un gobierno elegido democráticamente. Es decir, por las urnas y no por las dudas, con las bolas y no por las botas. Demolido, se dirigió a una de las tres habitaciones del departamento de sus abuelos paternos e intentó llorar como automuestra de lo mucho que la eliminación le había afectado. No lo logró. Las lágrimas no saltaron. Se acostó boca arriba, debajo del cuadro de Cristo rregado de un rosario y una corona de espinas, y pensó en lo más triste que podía imaginarse. Que sus padres se divorciaran, que las inferiores de Independiente donde jugaba de diez perdieran contra Racing, que el kioskero de la esquina subiera el precio de la gaseosa y el sándwich de jamón y queso que anotaba todas las tardes en la libreta de carnicero de su padre. Su padre, obrero fabril de una fábrica que había cerrado tres años atrás, le tenía terminantemente prohibido anotar. Incluso le había ordenado al kioskero que jamás le fiara. Él, con la complicidad del kioskero, que le anotaba de todas maneras, y de sus abuelos, que a fin de mes le acercaban el equivalente de lo gastado en los treinta días para que su padre no notara nada, anotaba igual. Esa tarde, después de salir de su clase de séptimo grado, había pasado por el kiosco a anotar lo de todos los días antes de dirigirse a lo de sus abuelos. Los padres de su padre vivían a seiscientos metros de la casa de su madre y padre. Después de observar la derrota del seleccionado, y de padecer no haber podido llorar a pesar de haber hecho fuerza, para hacerlo se quedó boca arriba pensando en cosas tristes: la muerte, la fatalidad de un destino trágico, las cartas suicidas que se escriben debajo de las camas de hermanas.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Con sus compañeros de grado jugaban carreras de masturbación en el baño. En las mismas, evaluadas por un compañero de curso que hacía de juez,y que por ese motivo no podía tocarse, se evaluaba tanto la rapidez como el alcance. Nadie quería hacer de árbitro. Se esperaban los recreos y se apropiaban de la zona del baño de los mingitorios. Además del juez, los otros dos compañeros de grado que no podían masturbarse eran los que se quedaban en la puerta haciendo de patovicas, evitando la entrada de toda persona extraña a la competición: compañeras de curso o escuela, preceptores o maestros, compañeros de los otros cursos del mismo grado. Con ellos habían llegado a un acuerdo. En cuatro horas y media de clase había tres recreos. Cada uno de los cursos se quedaría con uno de ellos de modo de poder desarrollar sus torneos. Pero había un problema. Había más cursos que recreos. Sin embargo, las actividades de la tarde solucionarían el inconveniente. Todas las tardes, durante hora y media, los alumnos de la institución tenían que ir a la escuela para asistir a computación e inglés. Esos ochenta minutos de clase eran interrumpidos a los treinta y cinco minutos, de modo de darles diez minutos para que pudieran comprar algo para beber y comer, antes de continuar con los restantes treinta y cinco minutos de la clase. Esos diez minutos, los menos codiciados de los cuatro recreos, eran utilizados por los cuatro cursos. Los viernes, las tres horas buenas se sortearían y el curso que no saliera favorecido tendría que quedarse con el recreo de la siesta.&lt;br /&gt;Paradójicamente, teniendo en cuenta el futuro sexual de los participantes, en las competenciasa se evaluaba positivamente la velocidad y el alcance. Cuanto más precoces fueran, mejor. Pero, contradictoriamente, también se valoraba la capacidad de despegue. De espaldas a la entrada del baño, de costado a las dos filas de mingitorios, los seis concursantes, sin tocarse ni mirarse, se masturbaban intentando ser los más rápidos y los que más lejos tiraran el blanco y espeso líquido que salía de sus pequeñas partes. El dilema con el que contaba el torneo es que siempre el que más rápido terminaba era el que menos lejos llegaba, mientras que el que más se demoraba era el que menos cerca arrojaba su resto de humanidad. Cuando se masturbaban en clase, en alguna hora libre por motivo de la ausencia de algún profesor, en algún momento en que hubieran quedado excepcionalmente solos, los desempeños eran más regulares: mirando lascivamente a sus compañeras de curso que los observaban escandalizadas, simulando no mirar aunque en realidad lo hacían, terminaban rápido y dejando caer sus tristes cuerpos muy cerca del banco donde estaban sentados, manchándose pantalones y guardapolvos. Lo hacían sólo para molestar a sus compañeras. Y lo lograban. Tiempo después, alguna de ellas se llenaría la boca con una de esas pequeñas partes de donde salían expulsados esos grupúsculos espesos y blancos, parecidos a la nata de un café con leche. Y no estaba merendando.&lt;br /&gt;Él no participaba de lo challengers. Maleducado por su madre, quien le había dicho que un blanco líquido en breve comenzaría a salir de su breve parte íntima, él esperaba tal momento como esperaba todo en la vida: pasivamente. Esperaba que la vida lo fuera a buscar más que salir a buscar la vida. Era un paranoico alegre y bienhumorado. Cuando sus compañeros competían, en uno de los cuatro recreos diarios que les correspondían, él iba al baño pero jamás se masturbaba. Tampoco hacía de árbitro ni de patovica. Mientras su confección le impedía lo segundo, su falta de ecuanimidad lo alejaba de lo primero. Iba sólo a mirar, coherentemente con su práctica pasiva y paranoica de la vida. Sólo una vez, siguiendo excepcionalmente la corriente a sus rebeldes compañeros, arrinconó a la compañera más linda del curso contra las dos puertas de la hemeroteca, junto con otros dos compañeros. En la primaria, a diferencia de en la universidad, la belleza se juzga sólo facialmente, no integralmente. Su cara parecía esculpida por los mismos dedos del ideal moderno de belleza. Mientras lo hacía, inconsciente pero juguetón, simulaba meterle mano a una de las dos compañeras de las que se había enamorado Cuando, ya adolescente, lo recordara, no podría dormir de la culpa. Ni hablar cuando, después de perder Argentina, compungido por la derrota y por no haber podido llorar en la cristiana cama de sus abuelos, en un arrebato de culpógena confesionalidad, le contara a su madre lo que había hecho con otros dos compañeros. Su madre, consternada por tener un hijo violador de once años, le juró que, cuando terminara el año, lo iba a internar en un campo de reeducación lacaniana. Ante tal amenaza, sabiendo que iba a cumplirse, lejos estuvo de recular. Como con todo en su vida, aceptó y tragó. Le dijo a sus amigos de curso que el año que viene no se reencontrarían en el colegio. Que su madre lo enviaría a un internado psicoanalítico. Terminó la clase de Matemática, dejaron de no escuchar a la profesora que hablaba para nadie, y salieron al patio. Con dos compañeros en la puerta del baño, dos a su derecha y tres a su izquierda, comenzó a hacer subir y bajar su mano por su cosa hasta que, a los cincuenta segundos, la competencia tenía un ganador. Con las blancas zapatillas de lona manchadas por el líquido que había salido de su parte, levantó sus manos en señal de victoria convencido que la cábala que había respetado hasta ese momento era absurda. Y convencido, también, que los futuros seis años de internación lacaniana iban a ser muy arduos. Tan duros como esa parte de su cuerpo que ahora, poco a poco, lentamente, comenzaba a relajarse.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1970873953680837637-4556550979270826416?l=ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com/feeds/4556550979270826416/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1970873953680837637&amp;postID=4556550979270826416&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1970873953680837637/posts/default/4556550979270826416'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1970873953680837637/posts/default/4556550979270826416'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com/2008/12/ms-turbaciones.html' title='Más turbaciones.'/><author><name>Qué te importa.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13966481193676647640</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/STyJzTloubI/AAAAAAAAAKA/Sn8Dz92Qab4/s72-c/na08fo01.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1970873953680837637.post-5644501380199642192</id><published>2008-11-27T08:32:00.000-08:00</published><updated>2008-11-27T08:37:02.789-08:00</updated><title type='text'>¿Hay algo que no hable de vos?</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://1.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SS7MpYMX_sI/AAAAAAAAAJ4/JDdrvtKJHzg/s1600-h/your_image.png"&gt;&lt;img style="margin: 0pt 10px 10px 0pt; float: left; cursor: pointer; width: 320px; height: 320px;" src="http://1.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SS7MpYMX_sI/AAAAAAAAAJ4/JDdrvtKJHzg/s320/your_image.png" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5273377224938487490" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;El miércoles pasado al anterior, te lo dije, fue a la presentación de una travesti divina que se auto-re-interpeló con tu mismo diminutivo de paternal-maternal interpelación. Como no podía ser de otra manera, me hizo pensar en vos. El martes pasado, hace dos días, fui a la presentación de otro libro –esta vez de poesía, no de narrativa: sí, ya sé, no me digas nada, estoy snobistamente frecuentador de ambientes pseudointelectualoides- con una amiga, una amiga en el más estricto sentido del término, y me crucé con una chica que, tranquilamente, podría ser la hermana menor de Scarlett Johansson. Ya sabés mejor que yo lo que hemos hablado de la belleza de Scarlett. Eso, no podía ser de otro modo, también me hizo pensar en vos. Ayer, mientras miraba una capítulo de la serie española Aquí no hay quien viva -sí, la que fue pésimamente adaptada aquí en la Argentina, a pesar de la actuación de Hendler, claro-, la serie que siempre pongo en la computadora cuando no quiero pensar, y escuché y vi a una personaje, masculino, diciéndole a otro personaje, también masculino, que otro personaje, femenino, era la mujer de su vida, la madre de sus hijos, que él era el abuelo de sus nietos, el bisabuelo de sus bisnietos, el tatarabuelo de sus tataranietos. Esto, una vez más, me hizo pensar en vos. Me hizo pensar en que querría ser yo el que te embarace, en que me gustaría que nos embarazásemos juntos, en que quisiera ser yo quien escuche tu confirmación de que estás embarazada, quien te abrace y sienta pánico al mismo tiempo, quien comparta las lágrimas y las risas en el abrazo, quien te acompañe (por una de las pocas veces que vas a ir) al ginecólogo, quien te toque la panza y le hable al bebe y le lea cuentos, quien te asista en el parto, quien se parta al medio al ver ser eso que sale de vos, quien se convenza que (ahora sí) no va a estar nunca más solo, no sólo porque siempre va a estar ella o él, sino, también, porque siempre vas a estar vos, ya sea por presencia o por ausencia. ¿Hay algo en el mundo que no hable de vos? Gracias a Barthes, con permiso de Freud, por recordar que todo objeto porta sentido, sexual o no. Repito, ¿hay algo en el mundo que no hable de vos?     &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1970873953680837637-5644501380199642192?l=ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com/feeds/5644501380199642192/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1970873953680837637&amp;postID=5644501380199642192&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1970873953680837637/posts/default/5644501380199642192'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1970873953680837637/posts/default/5644501380199642192'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com/2008/11/hay-algo-que-no-hable-de-vos.html' title='¿Hay algo que no hable de vos?'/><author><name>Qué te importa.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13966481193676647640</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SS7MpYMX_sI/AAAAAAAAAJ4/JDdrvtKJHzg/s72-c/your_image.png' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1970873953680837637.post-3078188824776643905</id><published>2008-11-12T08:27:00.000-08:00</published><updated>2008-11-12T08:31:29.686-08:00</updated><title type='text'>Ayer mi madre saludó a una cubana.</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://3.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SRsERc5ovzI/AAAAAAAAAJw/uaCq34wmhq0/s1600-h/bebe.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0pt 10px 10px 0pt; 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 &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;Mi madre, en el día de ayer, saludó a una de sus amigas cubanas por motivo de su cumpleaños. Ella, agradecida, le contestó: Aquí estamos, chica, leyendo &lt;i style=""&gt;La revolución traicionada&lt;/i&gt; de León. Mi madre, que mientras hablaba con ella tenía entre sus manos &lt;i style=""&gt;El maestro ignorante&lt;/i&gt; de Ranciere –comunicación internacional, más economica después de las veintidós, veintitrés en la unitaria capital del país-, le dijo: En dos meses, Solidaridad, estaré por allí, en &lt;st1:personname productid="La Habana" st="on"&gt;La Habana&lt;/st1:personname&gt; vieja y en la nueva. Ella, la cubana trotkista, le respondió: Aquí te esperaremos, chica, tomando mojito y comiendo frijoles, te esperaremos leyendo &lt;i style=""&gt;Qué hacer&lt;/i&gt; del compañero Vladimir. Mi madre, naif, tenía pensado llevarles –además de jabones- sus libros de Freire. No queremos más fraile, chica -le aclaró su amiga leninista-, todo lo que queremos es un poco de burbujas.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Cuando yo era joven, todavía un subveinte, recién eyectado de los subquince, fui cuadro armado de una organización militar con la que practicábamos tiro intentando darle a los bolivianos y peruanos y paraguayos que salían de los talleres clandestinos de las marcas que se venden en Avenida Santa Fe y que la porteña clase media consume. Nunca tuve buena puntería. Tanto que, una tarde, fallé tanto el ángulo de tiro que, en lugar de bajar un bolita o paragua o peruca, le di al dueño del taller clandestino, un wap de camisa y zapatos náuticos que estaba por subirse a su auto modelo dos mil siete para ir a buscar una canasta a su country de Pilar para, con todo listo, partir con toda su familia –mujer y cuatro hijos, nunca usaron pro-filácticos, las cuatro veces que tuvieron relaciones sexuales nació un hijo, la amante este fin de semana se quedaría en su departamento de dos ambientes de Gallo y Las Heras- hacia su quinta del Tigre.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Cuando militaba –militarmente- en esa organización politicomilitar me enamoré de una compañera marxista. Ella no era tan linda como Solidaridad –de un negro resplandeciente y un cuerpo que explicaba porqué eran siempre los morochos los que ganaban las competencias atléticas cuando todavía se hacían las olimpiadas, antes del ultimo atentado-, pero era hermosa. Cuando la quise cortejar, habiendo cotejado ya que era la compañera más modernamente encuadrable dentro de los racionales y burgueses cánones de belleza, le dije que su hermosura me hacia acordar a la pelada de Mao. Al escucharme, la compañera -no sin antes decirme compañero- me llamó la atención sobre mi machismo que presuponía que era yo el que debía avanzar –militarmente- sobre ella y no, en todo caso, ella la que, en el caso de yo interesarle, invitarme a ver la opera prima &lt;i style=""&gt;Los paranoicos&lt;/i&gt;, a escuchar &lt;st1:personname productid="la Orquesta Sinf￳nica" st="on"&gt;la Orquesta Sinfónica&lt;/st1:personname&gt; de Berlin en el Coliseo, a ir a tocar las obras de artes experimentales que se exponían en no recuerdo bien qué renombrada galería. Atónito, más tonto de lo habitual, esbocé decirle: Compañera, usted tiene razón, no volverá a suceder. Todo lo que quería comunicarle, compañera, es que estoy enamorado de sus ojos y de su pensamiento leninista. Compañero -me interrumpió antes de que pudiera finalizar mi línea de levante-, dejé de plagiar objetos simbólicos de la cultura masiva, ¿qué tal si menos tele y mucho más lee?&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Yo me enamoré de ella en una asamblea de nuestra organización que tuvo lugar en mi dormitorio de la casa de mi madre. Yo, recién entrado a la misma –a la organización, no a la casa de mi madre-, con una veintidós en la cintura, me repartía entre abrirles la puerta a los que iban llegado y atender –la casa de mi madre tiene dos pisos- a los compañeros y compañeras que se encontraban en mi habitación. Compañero –me corrigió el líder vertical de nuestra organización, un pelado de no más de treinta años que hablaba mal y pensaba peor-, decir cuarto, dormitorio o habitación es contrarrevolucionario, se dice pieza, como dicen los sujetos populares –decir negros también es contrarrevolucionario- a los que está destinada nuestra acción y de los que contamos con su absoluto apoyo. Bien, respondí, sartreanamente breve. &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;En esa asamblea, en donde todos estábamos agolpados en la pieza mía y de mi hermana –compañero, volvió a corregirme nuestro líder, ponerse por delante de otra persona es contrarrevolucionario, uno siempre debe ir atrás o al lado, como nosotros con los sujetos populares-, me enamoré de ella porque, en un momento, tomo la palabra para decir que los pósters de Calamaro que yo tenía pegados en mi parte de la pieza -dibujados por mi mismo: en realidad, nobleza obliga, calcados (compañero, me llamó la atención por tercera vez nuestro líder, hablar de nobleza es contrarrevolucionario, nosotros somos plebe, usted debería leer Nietzsche)- era contrarrevolucionario porque Calamaro representaba el ideal musical del desarrollismo frondizista, formaba parte de la reacción, motivo por el cual, soberanamente, habia que darle muerte, pero, por el momento, podíamos comenzar con ordenar que ninguno de los integrantes de la organización pudiera colgar pósters con su figura en su pieza o casa, así como también, por supuesto, quedaba prohibido que cualquiera vistiera una remera con su rostro y cabellera. La moción, al final de la asamblea, fue votada por unanimidad, incluso por mi mismo, que idolatraba a Calamaro, pero me daba corte mantener mi mano baja mientras la de mis compañeros de organización estaban alzadas, o, incluso, abstenerme.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;Me enamoré de su oratoria, de su humanista confianza en si misma, de su neobarroca combinación de colores, de sus resplandecientes carteras de cuero colorado que connotaban buen gusto –compañero, me corrigió por cuarta vez nuestro líder, decir colorado y no rojo es contrarrevolucionario, hablar de buen gusto es contrarrevolucionario, usted debería leer Bourdieu, quien, sin prescindencia de lo anterior, también es contrarrevolucionario: usted entenderá que escribir que cultura popular es un oxímoron es algo que nosotros, los revolucionarios, no podemos tolerar-, de su forma de mirar los labios al momento de hablar. Va de suyo que son obvios los motivos por los que me encandilé por su candelabro. Cuando terminó de hablar, agaché la cabeza sin bajarla físicamente, miré los dibujos calcados de Calamaro prontos a ser quitados y rogué por que en ese momento no entrara mi madre a la pieza de mi hermana y mía ofreciendo café a los presentes porque, intuí, el café también era contrarrevolucionario, lo que debíamos tomar y cebar era mate, no café.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;En esa asamblea semanal, como las que se realizaban todos los jueves o viernes de todas las semanas, lo que dividió posiciones tampoco fue el campo, menos la composición poética de los cánticos que las hinchadas –no hinchas- coreaban los fines de semana en los estadios de balompié, mucho menos el eructo con el que se formalizó el edicto que prohibía a los integrantes de la organización colgar o vestir nada relacionado con la contrarrevolucionaria imago de Calamaro, sino, por primera vez en la historia de las organizaciones políticomilitares latinoamericanas, ya no sólo los consumos simbólicos de sus integrantes sino también de sus familiares. &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;Sucedió que, mientras mi madre saludaba telefónicamente a su amiga cubana por el día de su cumpleaños, y esta le decía que aquí estamos, chica, leyendo &lt;i style=""&gt;Das Kapital&lt;/i&gt; de Carlitos, como le decía el Che, mi madre, además de abrigar un libro de Freire en su regazo, tenia puesto, en la primera compactera del menemista equipo de música, &lt;i style=""&gt;Quelqu’un m’dit&lt;/i&gt;, el disco que escuchaba mientras chamullaba telefónicamente, y, en la segunda, Oxford. Es sabido que ni Bruni, por su situación conyugal, ni Haydn, por su premodernidad, sin hits entre los consumos musicales de las orgas politicomilitares. Es revolucionario -dijo en un momento de la asamblea el líder de la organización que habia pedido la palabra recién por cuarta vez- escuchar Rodríguez, que es cubano y comunista, o Los Redondos, que fue la banda nacional –y popular- que resistió las políticas neoliberales que asolaron a los sujetos populares de nuestro país y que no los tuvo más que de victimas, hasta se puede escuchar Serrano o Sabina, porque uno le hace canciones a las madres y otro se cartea con Marcos, pero no podemos escuchar Bruni o Haydn, eso es ser cómplice de Sarkozy o de los filósofos políticos&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;contemporáneos que, en su afán de criticar algunos pocos discutibles conceptos forjados por la modernidad, terminan siendo medievales. Yo, una vez más, escuché sin decir palabra y rogué porque me tragara la tierra, porque mi casa se derrumbara por un pro-yectil ingles, porque la madre naturaleza hiciera de mi el humus que combatiera el agrario lifosato para que en ella pudieran crecer fuerte y fértiles nuevas generaciones de plantas y plantos. Como una madre que da a luz al primero de sus hijos, pensé.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;En ese momento de la asamblea, que se encontraba claramente a mi disfavor, jamás hubiera podido confesar que, basado en la tapa de &lt;i style=""&gt;Quelqu’un m’a dit&lt;/i&gt;, cuando escuchaba atentamente lo que ella decía, tras lo cual me enamoré perdida y encontradamente, habia pensado en proponerle que se acostara en el suelo, con su pelo lacio, su remera de entrecasa y una guitarra criolla, para hacerle una fotos, para pedirle que se acostara mirándome a mi, al lugar en donde yo estaba agachado con la cámara de fotos, y que pusiera la guitarra con su cola boca abajo delante de ella, y que pasara su mano izquierda por debajo del traste boca abajo de la guitarra, y que sólo dejara su ojo izquierdo por encima del traste de la guitarra, y que se quedara así, por sólo cinco segundos, así la podía fotografiar. Jamás hubiera podido contar eso. Eso, más que un cuento, era una confesión, un bochorno, algo que nada tiene que hacer en una asamblea. Entonces, conforme a los pactos locales y convenciones convencionales, no dije nada, volví a agachar la cabeza sin apoyarla en el piso y, cuando me fue cedida la palabra –después de levantar la mano y haber sido anotado en el acta de reunión en donde también moraba la lista de oradores y oradoras y oradoros- dije que me parecía bien, que, ya nomás, si todos y todas estaban de acuerdo –el anarquista asambleismo y el posmoderno género era muy importante-, bajaba a planta baja de la casa de mi madre para decirle que retirara esos dos compactos del noventista equipo y que la próxima vez no dejara sus cajas en uno de los muebles del livingcomedor a la vista de todos y, mucho menos, a la de los ojos de mis compañeros de organización. &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;Un silencio hospital asoló la ronda que habíamos formado entre la cama de mi hermana y la mía, entre la biblioteca y el televisor. Todos comenzaron a mirarse entre si, siendo yo el único que no era mirado y que, por ese motivo, no tenia más opción que mirar a todos, ir pasando, como en ronda, por las caras de todos los integrantes de la orga, intentando adivinar sus rostros. Yo, evidentemente, había dicho algo que no debía decir, habia dicho algo fuera de lugar, aunque la pieza fuera mía y la casa de mi madre. Nuestro líder, por quinta vez en las cuatro horas de asamblea, tomó la palabra y, después de un corto pero significativo suspiro que preanunció que lo que estaba a punto de decir era muy importante, me dijo: Compañero, no es así como todos nosotros solucionamos este tipo de inconvenientes. La compañera –señalando a la compañera de la que compañerilmente me habia enamorado- lo dejó bien en claro cuando, soberanamente, habló de darle muerte a Calamaro, por musicalmente frondizista. Yo, tonto más que atónito, no terminaba de entender. Lo que todos nosotros, la compañera y yo, estamos tratando de explicarte, compañero, es que estas diferencias musicales no se resuelven más que de una manera: con la punta de la pistola, la verdadera política.&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;. &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;Estupefacto más que tonto, miré a todos los integrantes de la organización -ella y él- y atisbé un no puede ser. ¿Qué no puede ser?, me repregunto nuestro líder, acelerado e intempestuoso. Que me estén diciendo que tengo que matar a mi madre porque escucha Bruni y Haydn. Compañero, primero que nada, decir madre es contrarrevolucionario, nosotros, los revolucionarios, decimos vieja. Segundo, sí que puede ser porque no se trata de una madre o de la otra, nosotros estamos por encima de esas miserabilidades familieras: la familia es fascismo, el hogar, el contrarevolucionariamente llamado hogar, es reaccionario. ¿O usted, compañero, me va a decir que, como revolucionario, va del trabajo a casa y no de casa al trabajo? Porque, no sé si me sigue pero, no sé si se da cuenta pero, no es lo mismo. Yo, cada vez que él me preguntaba retóricamente si lo seguía, si lo entendia, si me daba cuenta, me insuflaba por dentro de la paradoja de que alguien que hablaba mal y pensaba peor me preguntara si iba a su mismo ritmo, si no me perdía, si no dejaba de observar detalles. Evidentemente era de esos que piensan –es una forma de decir- que si su interlocutor no repite sí cada cinco segundos, o no menea la cabeza al ritmo de sus palabras, no sigue, no entiende, no se da cuenta. No es lo mismo -me repitió-, porque una cosa es ir de casa al trabajo y otra muy distinta es ir del trabajo a casa: nosotros, los revolucionarios, hacemos lo primero, no lo segundo. Yo, estupefacto por su intimidación y la del resto de la organización -la compañera de la que me habia enamorado- de que de muerte a mi madre porque estaba escuchando a la esposa de Sarkozy y a un premoderno, comencé a distraerme como esos compañeros que no pueden estar concentrados dos horas y se pierden a poco de haber comenzado la reunión -más si hubo opiniones antagónicas a las propias- y pensé en silencio, sin exteriorizarlo, que era contradictorio decir que nosotros, los revolucionarios, hacíamos lo primero pero no lo segundo, teniendo en cuenta que, haciendo lo primero, se podía hacer lo segundo. Entonces –prosiguió-, porque no es lo mismo, porque la familia es fascista, es que usted, compañero, si quiere seguir formando parte de esta organización revolucionaria, tiene que hacer lo que, con la compañera –y señaló con la vista a la mujer de la que me habia enamorado en mi habitación-, le dijimos que tiene que hacer, lo que venimos haciendo. Además, no sé si usted me sigue pero, no sé tampoco si usted leyó Freud y Deleuze pero, en el caso de haberlo hecho, sabrá que el edipismo, un hijo que se niega a matar a su madre aunque esta escuche música contrarrevolucionaria, es reaccionario, es decir, es contrarrevolucionario. No sabía –me atreví a decir- que usted, compañero, era antifreudiano y prodeleziano. No sabe, compañero, es verdad, porque yo no soy ni una cosa ni la otra, yo todo lo que soy es revolucionario, pero, además, también soy el líder de esta organización y, como jefe, lo conmino a que cumpla con el deber que el resto de la organización –&lt;st1:personname productid="la Bruni" st="on"&gt;la Bruni&lt;/st1:personname&gt; de la que me habia enamorado en mi dormitorio- le asigno. &lt;meta equiv="Content-Type" content="text/html; charset=utf-8"&gt;&lt;meta name="ProgId" content="Word.Document"&gt;&lt;meta name="Generator" content="Microsoft Word 11"&gt;&lt;meta name="Originator" content="Microsoft Word 11"&gt;&lt;link rel="File-List" href="file:///C:%5CDOCUME%7E1%5CADMINI%7E1%5CCONFIG%7E1%5CTemp%5Cmsohtml1%5C01%5Cclip_filelist.xml"&gt;&lt;!--[if gte mso 9]&gt;&lt;xml&gt;  &lt;w:worddocument&gt;   &lt;w:view&gt;Normal&lt;/w:View&gt;   &lt;w:zoom&gt;0&lt;/w:Zoom&gt;   &lt;w:hyphenationzone&gt;21&lt;/w:HyphenationZone&gt;   &lt;w:punctuationkerning/&gt;   &lt;w:validateagainstschemas/&gt;   &lt;w:saveifxmlinvalid&gt;false&lt;/w:SaveIfXMLInvalid&gt;   &lt;w:ignoremixedcontent&gt;false&lt;/w:IgnoreMixedContent&gt;   &lt;w:alwaysshowplaceholdertext&gt;false&lt;/w:AlwaysShowPlaceholderText&gt;   &lt;w:compatibility&gt;    &lt;w:breakwrappedtables/&gt;    &lt;w:snaptogridincell/&gt;    &lt;w:wraptextwithpunct/&gt;    &lt;w:useasianbreakrules/&gt;    &lt;w:dontgrowautofit/&gt;   &lt;/w:Compatibility&gt;   &lt;w:browserlevel&gt;MicrosoftInternetExplorer4&lt;/w:BrowserLevel&gt;  &lt;/w:WordDocument&gt; &lt;/xml&gt;&lt;![endif]--&gt;&lt;!--[if gte mso 9]&gt;&lt;xml&gt;  &lt;w:latentstyles deflockedstate="false" latentstylecount="156"&gt;  &lt;/w:LatentStyles&gt; &lt;/xml&gt;&lt;![endif]--&gt;&lt;style&gt; &lt;!--  /* Style Definitions */  p.MsoNormal, li.MsoNormal, div.MsoNormal 	{mso-style-parent:""; 	margin:0cm; 	margin-bottom:.0001pt; 	mso-pagination:widow-orphan; 	font-size:12.0pt; 	font-family:"Times New Roman"; 	mso-fareast-font-family:"Times New Roman";} @page Section1 	{size:612.0pt 792.0pt; 	margin:70.85pt 3.0cm 70.85pt 3.0cm; 	mso-header-margin:36.0pt; 	mso-footer-margin:36.0pt; 	mso-paper-source:0;} div.Section1 	{page:Section1;} --&gt; &lt;/style&gt;&lt;!--[if gte mso 10]&gt; &lt;style&gt;  /* Style Definitions */  table.MsoNormalTable 	{mso-style-name:"Tabla normal"; 	mso-tstyle-rowband-size:0; 	mso-tstyle-colband-size:0; 	mso-style-noshow:yes; 	mso-style-parent:""; 	mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; 	mso-para-margin:0cm; 	mso-para-margin-bottom:.0001pt; 	mso-pagination:widow-orphan; 	font-size:10.0pt; 	font-family:"Times New Roman"; 	mso-ansi-language:#0400; 	mso-fareast-language:#0400; 	mso-bidi-language:#0400;} &lt;/style&gt; &lt;![endif]--&gt;  &lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;Cercado, entre las órdenes de nuestro lider y la mirada hermosa pero gélida de la compañera de la que me había enamorado en mi cuarto, saqué la veintidós que portaba en la cintura y, por un instante, me pregunté por qué le pegaba un tiro a los dos extraños que, en ronda, estaban sentados en mi habitación en lugar de, como me ordenaban, salir del dormitorio, bajar las escaleras y escuchar a mi madre decirme: Che, ya saqué los discos de Bruni y de Haydn del equipo y del mueble, así tus amigos no se enojan, y, antes de que me olvide, te mandó recuerdos Solidaridad, que espera verte en tu viaje del próximo año a Cuba. Fue lo último que dijo. Un balazo en el centro de su frente postergó indefinidamente su cercano viaje a la isla castrista, aunque permitió que finalizara la comunicación telefónica con su leninista amiga cubana. Mientras limpiaba la sangre que había manchado &lt;i style=""&gt;El Anti-Edipo. Capitalismo y esquizofrenia&lt;/i&gt;, pensé que ahora no podría irme ni a Europa ni a Cuba: era ella quien iba a pagarme los viajes. De todas maneras, a la isla, tampoco hubiera podido entrar. Me dijeron todos mis compañeros de organización que no aceptan la entrada de homosexuales.&lt;/p&gt;  &lt;p&gt;&lt;/p&gt;  &lt;span style=";font-family:&amp;quot;;font-size:12;"  &gt;&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1970873953680837637-3078188824776643905?l=ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com/feeds/3078188824776643905/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1970873953680837637&amp;postID=3078188824776643905&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1970873953680837637/posts/default/3078188824776643905'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1970873953680837637/posts/default/3078188824776643905'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com/2008/11/ayer-mi-madre-salud-una-cubana.html' title='Ayer mi madre saludó a una cubana.'/><author><name>Qué te importa.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13966481193676647640</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SRsERc5ovzI/AAAAAAAAAJw/uaCq34wmhq0/s72-c/bebe.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1970873953680837637.post-4926922763761441745</id><published>2008-11-11T06:09:00.000-08:00</published><updated>2008-11-11T06:11:46.794-08:00</updated><title type='text'>Alumnado, barrido y limpieza.</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://3.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SRmSmWXmJmI/AAAAAAAAAJo/UgrADZ3jvqE/s1600-h/clip_image002.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0pt 10px 10px 0pt; float: left; cursor: pointer; width: 232px; height: 154px;" src="http://3.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SRmSmWXmJmI/AAAAAAAAAJo/UgrADZ3jvqE/s320/clip_image002.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5267402426723739234" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Un escritor no es tanto alguien que tiene algo para decir sino aquel que ha encontrado un proceso que proveerá nuevas ideas que no habría pensando si no se hubiera puesto a escribirlas&lt;/span&gt; (Stafford, 1982, en Carlino, 2005:26).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El cuatrimestre pasado –vaya vicio universitario el de contar el tiempo en plazos de cuatro meses-, en el marco de la materia Didáctica Específica y Aplicada. Cátedra: Gamarnik, del Profesorado en Enseñanza Media y Superior de Ciencias de la Comunicación de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires –todas las acreditaciones juntas, una guía telefónica de ellas-, enmarcado en un ensayo autobiográfico sobre cualquier experiencia educativa significativa que hizo las veces de primera evaluación de la anual materia, intenté escribir sobre lo que intuía una paradoja personal –política, es decir, didáctica, o sea, didáctico-política- de sentirme profundamente atraído por el tipo de clases que las pedagogías desde críticas hasta revolucionarias –palabra cara a todo sub-30: ser joven y no ser revolucionario es una contradicción hasta biológica, decía Allende- analizaban o bien como reproductoras del injusto orden socio-económico o bien, directamente, como bancarias: es decir, un tipo de clases en donde el que se paraba o sentaba al frente –siempre al frente, nunca al costado, de suerte que todos miren a esa persona pero que ella no mire a nadie en particular, es decir, que pueda estar mirando a cualquiera- es el banco –de arena, de descanso, pero sobre todo- de erudición que, como un acreedor no usurero, un acreedor que más que esperar la devolución con interés tiene tiempo para observar la formación de los amorfos que va formando, derrama su sapiencia sobre las rapadas o desmelenadas cabezas situadas por encima de los impolutos o sucios delantales de los desalumbrados alumnos. Porque son alumnos, no estudiantes: es decir, seres sin luz, tabulas rasas, tablas rasas, y no hombres y mujeres con historias personales, familiares, sentimentales. Intenté escribir sobre esa paradoja político-pedagógica pero, vaya a saber uno porqué motivo, quizá porque uno escribe sobre lo que puede no sobre lo que quiere, tal vez porque uno escribe sobre lo que uno mismo se deja escribir, no pude hacerlo. No sabemos lo que puede un cuerpo, decía ese filósofo que luego tanto influenció a ese otro pensador que hablaba por igual de los gases empresariales como de las fugas bachianas. Es curioso que, en los recreos del Colegio Nacional Buenos Aires de los setentas, se reproducía Bach por los alto o bajo parlantes de los claustros. Porque no pude escribir sobre lo que quería voy a testear si, en este trabajo, puedo escribir sobre lo que deseo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A mí, en mis cinco años y medio de cursada de carrera, me gustaban aquellas clases, esas clases en donde el docente –por lo general de teóricos, es decir, desde mil setecientos hasta cuatrocientos estudiantes (no alumnos) en un aula (no) preparada para no más de la mitad de los segundos, un aula que antes había sido fábrica, la famosa unión obrero-estudiantil- hablaba por el lapso de dos horas y no dejaba de hablar incluso cuando ya era la hora, y casi todos los estudiantes (no alumnos) tomando nota, apuntes, cuenta de lo tarde que es y que uno no viene a la facultad sólo a estudiar, también viene a ver compañeras y compañeros, a respetar menos que obedecer el profesional mandato paterno-filial de que los hijos de profesionales primero deben estudiar y después trabajar, viene a engustarse y enamorarse y amistarse y enemistarse con novias y novios y compañeros y compañeras, viene a coger, a tratar de acostarse con esa compañera que no dejo de mirar en las dos horas en las que el docente estuvo hablando y prácticamente no cedió la palabra y no preguntó si había críticas más que dudas, porque, ¿por qué (por lo general cuando el docente medio -de promedio, no de mediopelo, Jauretche no es el daimon que vela sobre nuestros hombros- perdió el hilo de la clase y necesita poco menos que un minuto para leer sus apuntes y así retomar el ariadnítico hilo de la misma) lo que siempre se les ocurre preguntar –lo que uno, en caso de alguna vez habitar esos claustros adolescentes de capital económico pero rebalsantes de capital simbólico y social, intentará no re-producir- es si hay dudas o preguntas, como si todo lo que cuatrocientos o mil setecientos estudiantes (no alumnos) pudieran tener que decir ante una clase sean dudas o preguntas? ¿Los estudiantes –los alumnos seguro que no- no tienen otra cosa para espetar más que dudas, consultas o -como se dice en España al cabo de las juntas de vecinos en las comunidades autoorganizadas- ruegos y preguntas? ¿No pueden, por caso, proferir críticas, quizá, diferencias, tal vez, disidencias, capaz? A mí me gustaban mucho esas clases. Todavía conservo los cuadernos que gasté en estos cinco años y medio, cuadernos con mala letra pero con buena fe. La fe es fundamental para una disciplina laica como la educación moderna.&lt;br /&gt;El mes pasado, en el marco desmarcado –como un jugador que pierde la marca, un perseguido que se libra de su perseguidor, un estudiante que se aparta de las miradas estúpidamente disciplinarias de los preceptores o prefectos- de la residencia (no médica, para fortuna de los pacientes o impacientes pacientes) de la misma materia, residencia efectuada en el ISER en el marco de la materia Publicidad, discutimos –como se discute entre recién conocidos: más una conversación que una dis-puta- con el docente a cargo de la clase –el que muy amablemente nos abriera las puertas de la misma- sobre las conveniencias o impertinencias de darles teoría a jóvenes estudiantes de un terciario: por lo general, pocos años menores que uno, o contemporáneos –de la misma quinta o generación-, o levemente mayores. Los aquí escribientes, a modo de nada religiosa confesión, ya portan un cuarto de siglo. Lo cual, afortunada y peronistamente, todavía los incluye dentro de la categoría de los jóvenes sub-30. La discutida conversación, precisamente, era sobre categorías. Sobre la adecuación de impartirles –es decir, de partir el contenido a dar y luego, al momento de ser dado, volverlo a armar, como una mamushka de la que uno va juntando las partes una vez que le mostró a su hijo o hija cómo muchas cosas pueden caber dentro de una sola, como la pedagogía- autores –verbigracia: personas academicistamente vueltas autores- como Barthes.&lt;br /&gt;Luego de haber dado cuatro de las seis clases previstas -y que las que hayan estado a cargo de uno fueran conservadas en la memoria (prontas a olvidarse, por absoluta necesidad) como un absoluto fracaso, un engendro didáctico-pedagógico, una tortura sobre estudiantes que aún si fueran alumnos no tendrían porqué soportar eso-, recordamos los esfuerzos del demente y asesino sociólogo francés –el que escribió sobre sobredeterminaciones, desplazamientos y condensaciones- por levantar cortinas de hierro o muros de adoquines o alambradas electrificadas entre el psicoanálisis y el marxismo de modo que no se confundieran, de forma que cada una tenga su objeto y su método y su campo, de suerte que si después –posmoderna o humanistamente- nos la damos de multi-trans-inter-disciplinarios lo hagamos desde lugares bien demarcados y meados, y, cuando recordamos eso, nos dimos cuenta –como una divina revelación- que bajo ningún punto de vista eso había sido exclusividad de sociólogos que intentaron –sin lograrlo, habiendo sido eso sólo propiedad de un filósofo alemán y de otro griego, el que escribía sobre la dialéctica entre lo instituido y los instituyente, al igual que lo otro tan didáctico-pedagógicamente recuperado- mixturar Freud y Marx, con el convencimiento de que el lenguaje se dividía y divide en signos, significados y significantes como si la palabra –por sí solita- no tuviera sentido, que también habían habido educólogos, comunicólogos y los restantes logos precedidos de las respectivas especificidades muy preocupados -como después de una separación- por dejar bien en claro qué es de cada uno, a quién le corresponde cada cosa.&lt;br /&gt;Y, claro, esos sociólogos y educólogos y comunicólogos estaban ocupados en sus disciplinarios menesteres tanto como otros filósofos los desconsideraban para poder dedicarse a lo que les interesaba: escribir cuarenta páginas de correspondencia por día, es decir, reconocer la importancia de la palabra, independientemente de que esas cartas fueran de amor –esas cartas que o se contestan o se devuelven- o políticas, esas cartas que, aparentemente, a partir de determinado momento, dejaron de escribirse, y que, ahora, según un sociólogo recientemente fallecido, han vuelto a ser escritas. Si no es -como decía uno de los tres filósofos argelinos- que toda carta es de amor, que sólo se escribe para querer más. Por amor al mundo, diría Hanna Arendt, esa mujer que la señora Carrió pronuncia Anna Harendt. ¿Qué habrá leído y escrito Carrió en su infancia y adolescencia para pifiarle tan feo en la tan básica pronunciación de una mujer-autora tan conocida? O, mejor dicho, ¿qué no habrá leído? ¿Arendt, tal vez? ¿Harendt, quizá? ¿Qué sentido, para esa mujer –que no es esa mujer-, tendrán las palabras?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sólo se puede hablar de alumnos –y, por ende también, de alumnado, esa palabra tan decimonónica- si se cree –consciente o inconscientemente, eso será mettier de los psicoanalistas, de la configuración psi- que sobre ellos hay que ejercer una tarea de barrido –de sus creencias anteriores, de sus historias personales, de los conocimientos que sus familias (en el caso de no ser clasemedieramente WAP, haber ido al macrista festival porteño de jazz o estar por ir al Coliseo a escuchar la Orquesta Sinfónica de Berlín) les han impartido-, luego de limpieza –para dejar limpio y claro el campo sobre el que luego se recolectará lo cosechado, una vez que los lifosatos mata humus familiares y barriales hayan sido combatidos por ecologistas prevenciones-, para, finalmente, proceder a la inscripción, la escritura, el tallado.&lt;br /&gt;El a-lumno, además de des-alumbrado, medievalmente oscuro, cavernicolamente –cavernosamente- falto de luz, es un sujeto no sujeto, un ser que sería pensando por los racionales sistemas educativos modernos como sujeto de sus elecciones, consciente de sus derechos y obligaciones, pero que ya en la forma en que es nombrado -y la palabra ya revela tanto la prontitud con la que la denominación se arroja sobre nuestros rostros como que el mundo es la forma en que lo nombramos y que uno actúa (o no) sobre él de acuerdo con la forma en que lo piensa (y pensamos en palabras: es decir, de acuerdo con la forma en que lo nombra)- nos muestra todo lo contrario: que es imposible, antagónicamente contradictorio –esas contradicciones cuyos términos se oponen y no se potencian-, hablar de alumno pensando en un sujeto, o pensar un sujeto como alumno: o se es alumno y no se es sujeto, o se es sujeto y no se es alumno. El sujeto alumno –o el alumno sujeto- es un oxímoron, una contradicción de términos, un enunciado imposible. Y la didáctica, al menos de la forma en que algunos la entendemos, sería una materialista refutación de la idealidad del imposible: sería, entre otras muchas cosas, la posibilidad –la potencia, si se quiere recaer en lugares revisitados por la jergosa jerga académica- de enseñar cualquier cosa a cualquier persona. Pero, eso sí, consideramos que para que cualquier cosa pudiera ser enseñada a cualquier persona esta debe ser pensada –hablada, escrita- como estudiante –o, llegado el género, estudianta- no como alumna. Enseñarle algo a un alumno es como buscar el corazón de la cebolla, definir adentro y afuera del anillo de Moebius, pensar que el sol sale por el este y se pone por el oeste. Intentar enseñarle algo a un estudiante, con un estudiante, además del alma matter de la didáctica, es una tarea política, un emprendimiento político-ideológico, un proyecto –una proyección hacia el futuro- personal pero también generacional.&lt;br /&gt;Una de las frases más inteligentes que escuché –no leí- en los últimos meses –y eso que cuatro meses es mucho tiempo en la vida de un sub-treinta- fue alguien diciéndome que no era casual que hubiera comenzando el profesorado para comenzar a dar clases -aunque ya hubiera terminado de cursar la carrera-, que no era casual que se proyectara siendo docente en Provincia y participando políticamente en determinado gremio –aunque los posibles caminos a seguir hubieran sido varios y muchos de ellos mucho más academicistas-, que no era casual. Empleo político del tiempo, consciencia de la politicidad del tiempo, asunción y reconocimiento de que somos responsables de lo que hacemos con nuestro tiempo y nuestras vidas y de cómo lo hacemos. Si una persona –docente-, al cabo de un cuatrimestre o año, logra construir estas reflexiones con los estudiantes –no alumnos- con los que comparte espacio áulico, puede darse por más que satisfecha. Es decir, la tarea docente sería restituida en su politicidad esencial, al mismo tiempo que las proyecciones y prácticas en relación con los estudiantes serían satisfactoriamente coherentes y no intimidatoriamente esquizofrénicas. Porque es esquizofrénico hablar sobre motivar el pensar o la construcción de pensamiento crítico de alumnos. Si se los piensa como alumnos, si ya se los piensa como alumnos, ¿qué pensamiento crítico puede construirse, qué invitación al pensar puede efectuarse?&lt;br /&gt;Con lo agradable y hermoso que es recibir invitaciones o convides.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1970873953680837637-4926922763761441745?l=ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com/feeds/4926922763761441745/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1970873953680837637&amp;postID=4926922763761441745&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1970873953680837637/posts/default/4926922763761441745'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1970873953680837637/posts/default/4926922763761441745'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com/2008/11/alumnado-barrido-y-limpieza.html' title='Alumnado, barrido y limpieza.'/><author><name>Qué te importa.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13966481193676647640</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SRmSmWXmJmI/AAAAAAAAAJo/UgrADZ3jvqE/s72-c/clip_image002.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1970873953680837637.post-8634573423253291322</id><published>2008-11-10T09:59:00.000-08:00</published><updated>2008-11-10T10:01:08.044-08:00</updated><title type='text'>Obediendia debida.</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://4.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SRh20r2zAGI/AAAAAAAAAJg/kQCvIqm662o/s1600-h/hermano+bebe+..jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0pt 10px 10px 0pt; 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 &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;Por eso es que te pido que me escuches un poco, que me dejes desahogarme en tu fuente, que me permitas mojar mis penas en el agua de tu suciedad, porque parece que ya no está bien ahogarlas en el fondo de un vaso de cerveza, además, no sé si te habrás dado cuenta, pero yo te lo cuento igual, yo fui alcohólico, fui alcohólico por más de un año, era joven y borracho, me fue mal, me dijeron que no y me entregué a la bebida, y ella me recibió con los brazos abiertos, en mi familia, como en las buenas familias de buenas costumbres, dijeron que yo tenía problemas con la bebida, pero, como se dice en las tres fondas de mala muerte de Viamonte donde soy siempre el cliente del mes, la bebida y yo no teníamos ningún problema, nos llevábamos de puta madre, como Rosario y Los Beatles, como Liverpool y Chicago, vos me entendés lo que quiero decir, no hace falta que ahonde en mayores explicaciones, para ahondar ya están los fondos de los vasos donde solía hacerle submarinos a mis penas, pero ya no más, eso quedó atrás, eso forma parte de mi pasado, y, sino, fijate como enfrento este nuevo infortunio engustoso, talante y palante, no tomé ni una sola gota de alcohol desde que esperé y esperé un llamado que jamás llegó, desde que esperé pero jamás desesperé una llamada de ella, de su voz, de su carrasposidad, de sus dos atados diarios de cigarrillos hablándome al teléfono, de su no tengo pensado dejar el tabaco aunque el Estado me amenace con la cárcel o el exilio, aunque me aprese y maniate y torture y viole y mate, con lo linda que es, quien se privaría, en caso de ser torturador y desaparecedor, en esa situación de absoluta omnipotencia y total impunidad, de violarla, de tocarla de arriba a abajo, de meterle los dedos hasta donde no tiene orificios, de cogerla hasta odiar el sexo, hasta no querer coger más en tu puta vida, quién se privaría, con lo linda que es. &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;Por eso es que va a ser tan buena madre, la mejor madre del país, va a tener cinco hijos y un esposo y un perro y un jardín delantero y una biblioteca repleta de libros de literatos cuarentones pero hermosos y no se le va a morir ni un solo hijo, todos van a nacer y crecer sanitos y salvos, después van a ir a colegios privados, no públicos, y nada les va a faltar, nada les va a hacer falta, sus abuelos se van a encargar de que nada les falte, y ella va a ser muy buena madre, sin por eso dejar de ser mejor amante, un puta en la cama, una leona que copula con la marmota de la jaula de enfrente pero jamás con el elefante que acaba de cargarse el bazar de un solo engustamiento, va a ser la madre fetiche de los maestros jardineros cuando vaya a buscar a la salita de tres al más grande de sus cinco hijos, va a ser la madre más linda de todas, la madre más linda del mundo, va a coger con muchos, con todos, con casi todos los docentes y maestros y profesores de los veintiún años que sus cinco hijos van a pasarse en el sistema educativo desde jardín hasta la universidad, se va a pasar ciento cinco años cogiendo con investigadores y maestritos y babysiters, desperdiciando su vida, desconociendo que se merece más, que siempre va a merecerse más, que independientemente del encuentro en el que se encuentre, siempre va a merecerse más, siempre va a haberse merecido más de lo que tuvo, siempre merecerá más de lo que va a tener, siempre, siempre. &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;Y yo te digo esto porque la conozco bien, porque se mucho de ella aunque no hayamos hablado el fin de semana pasado -que puede ser el que pasó o el que viene, no importa-, y te pido disculpas porque no pudimos hacer nada, porque cuando estoy triste, angustiado, apenado, no se me para y no puedo coger, de todas maneras lo tuyo está allá arriba, encima del velador, te dejé lo que habíamos arreglado, gracias por escucharme, aunque supongo, y creo que no equivocarme en mi suposición, que a vos te da lo mismo coger o poner la oreja conmigo, que hasta puede serte menos displacentero coger, o no, no sé, todo lo que sé, no te creas que no lo sé, es que doy asco, doy asco no sólo porque pago por sexo sino también porque te torturo con mis miserias engustamientales, porque te obligo a quedarte desnuda de ese lado de la cama escuchando por una hora como lloro, como me avergüenzo de ser el tipo que soy, como me gustaría ser otro, ser invisible y ver sin ser visto, mirarla sin que se de cuenta que la estoy mirando, mirar a los que la miran y ver si ella los mira o no sin ser visto, pero no soy ni una cosa ni la otra, ni otro tipo ni el hombre invisible, a duras penas si soy un hombre, un hombre que paga por sexo que no puede tener pero que no por eso deja de ser menos asqueroso, menos repugnante, menos paciente de una llamada que jamás va a llegar. &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: right; text-indent: 35.4pt;" align="right"&gt;20/10/08, Bs. As.&lt;/p&gt;  &lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1970873953680837637-8634573423253291322?l=ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com/feeds/8634573423253291322/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1970873953680837637&amp;postID=8634573423253291322&amp;isPopup=true' title='4 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1970873953680837637/posts/default/8634573423253291322'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1970873953680837637/posts/default/8634573423253291322'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com/2008/11/obediendia-debida.html' title='Obediendia debida.'/><author><name>Qué te importa.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13966481193676647640</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SRh20r2zAGI/AAAAAAAAAJg/kQCvIqm662o/s72-c/hermano+bebe+..jpg' height='72' width='72'/><thr:total>4</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1970873953680837637.post-5822985604208568038</id><published>2008-09-30T08:58:00.000-07:00</published><updated>2008-09-30T09:02:33.087-07:00</updated><title type='text'>El día que Dalila le enseñó música a Beethoven, Cap. XIV, anteúltimo capítulo: Efecto grabador.</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://2.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SOJNeDp5mZI/AAAAAAAAAJA/Thxax6sVEvo/s1600-h/diana-y-calisto_tapa.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0pt 10px 10px 0pt; float: left; cursor: pointer;" src="http://2.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SOJNeDp5mZI/AAAAAAAAAJA/Thxax6sVEvo/s320/diana-y-calisto_tapa.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5251845294239881618" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Las traviatas para contactarse con su ídolo adolescente fueron perforadas. Su madre, haciendo abuso de los desconectados contactos que su cargo en el prestigioso centro de investigación le deparaban, intentó comunicarse con los viejos de la edad de Evita, Guevara y Kobain -especialistas en obtener un sombrero a cambio de enterrar la cabeza con la suela derecha del pie-, pero los intentos fueron infructuosos. Finalmente, si a todo santo le llega su San Martín, su Cabían no iba a sufrir por nadie más que por ella. Su padre, mientras terminaba de regresar mentalmente de sus vacaciones más que labores en la patagonia cinematográfica, movía los hilos que pendían de sus manos en la industria cultural autóctona, pero los títeres no tan títeres estaban de paro. A la ausencia de guiones, ausencias en los estudios de grabación, y de esa forma las cámaras de los dos tipos iban a comenzar a contemplar sus reivindicaciones. A meses de recibirse y engrosar las filas de la intelectual mano de obra desocupada, estaba mucho menos solo pero igualmente incomunicado con el objetivo con el que no pretendía más que una conversación. Sí un dialogo de amigos, no una discusión.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Ellos, en su infancia, se habían comunicado mediante cartas. Vivían en el mismo barrio, aunque un par de décadas los separaban, por lo que él las escribía y su madre se las alcanzaba a la madre de aquel, vecina de la manzana. Ella, cuando veía a su todavía joven pero ya masivo hijo, se las entregaba. Este nunca dejó de responderle ni una sola carta. En ocasiones, con una semana de dilación, en otras, con meses de separación entre el envío y el acuse de recibo, pero jamás dejó de contestarle una sola misiva. El le escribía sobre sus cuatro discos escuchados, sobre sus gustos musicales en común, sobre lo mucho que le gustaba Schubert. Aquel le respondía agradeciéndole modestamente sus comentarios, y enviándole recuerdos a su familia. El escribía sus cartas debajo de las camas, con la luz apagada, congelado por el frío invernal que subía del piso. Pensaba que la escritura de una misiva era lo suficientemente privado como para que nadie lo observara haciéndolo. Y su casa no era un sitio particularmente tranquilo. Mucha gente en poco espacio suele resultar una indeseable combinación para quienes desean soledad y aislamiento. Entonces, cuando su habitación estaba ocupada, todavía en su casa de padres y madres no divorciados, porque su padre se encontraba rompiendo el piano sobre el que había tomado seis años de clases que poco habían cooperado con su ductilidad musical, se colaba en el cuarto de sus tres hermanas, se deslizaba debajo de la cama, arrojaba primero las hojas y luego la lapicera, y ahí se pasaba horas, escribiendo una y otra vez la misma carta, docenas de versiones de una misma escritura que precisamente por la variedad jamás era la misma. Jamás lo descubrieron, nunca nadie de su familia -ni siquiera su madre- supo desde dónde escribía las cartas, era una especie de exiliado postal que, de todas maneras, hacía llegar sus gestos de llamado de atención a sus destinatarios. Con los años, el arma de doble filo de poseer un lugar a salvo del mundo dejaría de ser una suerte para convertirse en una suerte de pesadilla, las hojas de papeles se trocarían por papeles de cocaina de mala calidad, la birome por tijeras que observaban sus flacas muñecas con un deseo comparable al de un adolescente virgen mirando desnudarse a la muchacha con la que está a punto a perder su inocencia, el frío del suelo por escalofríos que le recorrían el cuerpo y le estallaban la cabeza.&lt;br /&gt;Su ídolo adolescente nunca le respondió una carta de puño y letra. Pero jamás dejó de contestarle una sola misiva. Prolífico y humilde, le agradecía la molestia tomada por él y el resto de la familia. Le recordaba que había mucha, demasiada música para escuchar, y que ya no le iba a alcanzar la vida para hacerlo. Pesimista aquel, optimista él, no le gustaba nada cuando leía eso. Lustros después, cuando comenzara las barbaries universitarias, entendería un poco más lo que había pretendido decirle, reinterpretaría el pasado epistolar que los unía y distanciaba. Eran románticos poetas malditos escribiéndose cartas en el siglo del teléfono, el ferrocarril y el socialismo, de la lucha armada y el fascismo. Aquel, hijo de un exministro de economía convencido de las bondades de las letrinas que los países desarrollados coliteaban sobre los países arrollados por el desarrollo de aquellos, había salido del secundario hacia pocos años, y, con poco más de veinte años, era un referente de la escena cultural local. Luego de seis años de colegio, en donde sus lecturas de Pascal, Nietzsche y Pavese marcarían su futura carrera musical, se había largado a la confección de discos solistas, estrellas de una sola punta que pocos compraban pero todos escuchaban. En las aulas del Nacional, en donde había compartido pupitre con un joven que poco tiempo después sería uno de los sociólogos más destacados del escenario poético nacional, había perdido los seis más largos años de su vida, a pesar de las sierras de cigarros de marihuana fumados en el baño. En su banda de juventud, un trío formado por dos estudiantes de una soleada escuela y él, avanzaron en la confección de un movimiento que veinte años después sería hegemónico en el rock local. Ya desde el nombre, Atando cabos, sentaban posición sobre quienes pretendían que los escucharan, porque la suya era una música para ser escuchada, no para bailarse, una música que se recepcionaba sentado, moviendo el pie por debajo de la silla, no parados, transpirados, a los gritos. Aunque la banda resultara ecléctica -una bolsa de gatos, había dicho un vecino que se indignaría por cajones incendiados y olvidos conciliatorios-, ya que se movía entre el folklore, el candomberock, el jazz, el pop y la cumbia, no dejaba de ser una música para escuchar calmo, con un copa de vino, en un teatro más que en un estadio. Hinchas fanáticos de Boca, jamás perdonarían una tribuna más que una puerta atascada, aunque sus padres agradecieran la tranquilidad con la que se caminaba por la ciudad.&lt;br /&gt;La ciudad se rindió ante uno de sus hits. El disco, que llevaba el nombre de una materia del colegio en el que uno de los tres había padecido los seis años más disciplinarios de su vida, se vendía hasta en los supermercados, que ya empezaban a reemplazar a los anarquistas almacenes de barrio. La canción agraciada, filosóficamente preocupada por la ausencia de autoridad sin obediencia, hizo explotar los charts radiales. El continente estaba a sus pies. Como las groupies, madres de fanáticos, ex compañeras de colegio. Su ídolo adolescente jamás le perdonaría a sus padres que lo hubieran enviado al Nacional y no a la soleada escuela, que le hubieran privado de la experiencia de ser echado por estar tomando merca en el baño, que le hayan robado las clases de pintura expresionista y las lecciones de piano de un músico clásico. Buena parte de sus compañeros no estarían para escuchar sus reproches, pero, al tiempo que confundía izquierda y derecha, una mano y la otra, se filmaría recriminándole eso a sus padres, minutos antes de cazar la guitarra y, sobre la cama de su habitación en la casa de su madre, tocar un tema sobre gobernadores narcos, futuros presidentes y cabezas lyncheanas. El cine de Lynch -escribió en el texto de su primer disco-, no hace más que hablar sobre cabezas, motivo por el cual, bienvenidos a esta, a esta y a esta otra, pasen ustedes que serán bien venidos, los haremos sentir como en sus respectivos hogares, no se arrepentirán de haber emprendido este trip y haber llegado sanos y salvo a destino. Antes de que él se volviera un obsecuente del cine lyncheano, una de sus influencias adolescentes ya lo había sido. O porque una de ellas ya lo era fue que él lo fue.&lt;br /&gt;Una de sus tres influencias adolescentes, contemporánea de Los Beatles, sucesora de Shubert, había cumplido una trayectoria educativa ejemplar, insubrayable. Paralelamente a sus sixtinos estudios secundarios, desarrollaba su carrera musical que, ya por entonces, navegaba viento en popa. Una vez terminados los primeros, y continuados los segundos, comenzó una carrera universitaria -donde se leía Pascal y Nietzsche- que terminó a los seis años, como Dios manda. Luego de esta, cuatro discos, contemporáneamente con su maestría y respectiva tesis, después el inicio del doctorado, y, finalmente, el forzoso exilio estético. El país, disfrutándolo, no estaba preparado para su música. El EstadoNación galo lo acogió, donde finalizó sus estudios metasuperiores, obtuvo una nueva beca, perpetuó la fuga con un postdoctorado y editó cuatro nuevos discos antes de volver al país, exitoso, poniendo a prueba el dicho sobre profecías autóctonas, continuando la composición de su música atonal, de sus libros dialogados, de su cine clase subalterna. Cuando las paredes del mundo comenzaban a resquebrajarse, y las cartas empezaban a dejar de ser escritas, volvía al pago natal, perpetraba el patetismo santificada y creyentemente impugnado, regresaba a disfrutar de las buenas empanadas acompañadas de un mejor vino que halagaba la mesa familiar.&lt;br /&gt;No sé le hacía nada fácil ponerse en contacto con su ídolo adolescente. A las frustradas gestiones de sus progenitores, se sumaba el aislamiento de su ídolo, su encierro en territorios bombardeados por submarinos. El objetivo de su búsqueda estaba a determinados pies del piso, entre un piano y un chorizo seco colgando de la parte trasera de la puerta de la cocina, y él ya no tenía acceso a esas alturas: había vuelto a ser un niño correcto, uno de esos niños que si, por alguna anomalía -porque su vestimenta demarcaba su pertenencia clasemediera-, son parados por la policía, no son llevados a la comisaría, no son demorados, son dejados en libertad, con pertinentes pedidos de disculpas de por medio -¿sabe usted con el hijo de quien está hablando?-. Él no podía llegar y, su vida vuelta de la muerte, nada le interesaba más en el mundo.&lt;br /&gt;Intentó escribiéndole una carta a un destinatario que sabía que había sido otro de los remitentes de su ídolo adolescente. No hubo caso. Si bien algunos informantes claves le hicieron caso y le dieron la dirección postal del remitentedestinatario, este, a diferencia del ídolo que los conectaba, no le respondió su misiva, y eso que es de buen caballero responder una carta. Si las cartas de amor se responden o se devuelven, las cartas a secas se contestan o se contestan. Aunque más no sean dos líneas, aunque más no sea un acuse de recibo. Si el saludo o el beso sí se les niega a quienes así no lo merecen, la respuesta de algo que llega no se le rechaza a nadie, ni siquiera al más desaparecedor de los torturadores, ese mismo con el que jamás se compartiría una mesa, mucho menos una reunión, muchísimo menos un acuerdo político para instrumentalizar el movimiento -reflotándolo de los húmedos fondos en los que los mismos reflotadores lo habían hundido- para hacer de él un bálsamo en mitad de la tormenta, un salva-vidas para alguien que daba muerte, un flotador para quienes no preguntaban a los paracaidistas con el preservativo pinchado si sabían nadar antes de largarlos en cabarets de mala muerte, en donde ni siquiera se tocaba jazz, en donde ni siquiera había un piano y un pianista, sólo bailarinas que no eran tales y cuyos bailes de falda dejaban mucho que desear, tanto como sus cuerpos que no tenían punto de comparación con el de su repitente compañera de secundario, su estilística profesora de tenis, su amiga de colegio. Fue Laura quien, cuando parecía que se estaba ahogando, cuando parecía que se estaba volviendo a enredar en su propia bufanda, le tiró una soga, una vieja madre encerrada en el cuerpo de su enfermizo hijo. Su madre, una sacrificada costurera que había perdido su trabajo cuando los bombardeos topográficos de los submarinos azules de la aviación flemática, trabajaba, desde entonces, como empleada doméstica. De sirvienta, como le decía el ala reaccionariaconservadora de la familia a su mucama. Si Laura, en su casa, sólo era bien recibida por ella, quizá fuera por eso, porque sabía reconocer en las personas a las hijas de sus colegas. Pero su empleada doméstica desconocía la profesión de la madre de la amiga que lo visitaba todos los días, tanto como Laura conocía de sobra sus postclásicas empatías para con su ídolo adolescente, antes de que las trompetas liberadas a la improvisación se comieran sus marañas y tardes de escucha. Porque lo sabía fue que no dijo nada. Porque sabía que él se encontraba en la búsqueda fue que no pronunció palabra. Porque se dio cuenta que se estaba volviendo a perder, al volver a encontrarse con una cortina que no podía deshierrar, una muralla que no podía medir, una pared que no podía derribar a martillazos, fue que abrió la boca, resumida pero contundentemente, con una economía de palabras de la que él siempre adolecía, de la que alguna vez se había hecho acreedor pero a muy alto precio, de la que ahora, de nuevo, era un extranjero en su propia patria, un marroquí en Francia.&lt;br /&gt; La madre de Laura, Elvira, trabajaba como empleada doméstica en la casa -el departamento- de su ídolo adolescente. No habían sido pocas -ni zonzas- las cosas que le había contado de él a su hija, quien, como un cable a él, después de que se reencontraran y retomaran el contacto, se las había transmitido. Y todavía hay quienes siguen dudando de la vigencia de la transmisión. Le había contado sobre un piano, arropado la mitad de su cuerpo por una sábana blanca, un piano sin cola, sábana sobre la que en el departamento estaba prohibido hablar o preguntar. Le había contado sobre un teclado, un teclado que disparaba sonidos de circo o melodías alegres y agudas, un teclado que nunca dejaba de ser tocado, un teclado nunca paraba de ser instrumentado las veinticuatro horas del día. Una guitarra, que nunca nadie se había olvidado ahí, acompañada por latas de gaseosas achicharradas y esparcidas por todo el departamento, que poseía la calcomanía de un toro debajo de las seis cuerdas, una guitarra que un torero le había regalado en su exilio galo. En el departamento no había una sola biblioteca, no al menos una biblioteca poblada de libros. Había un mueble de madera en donde se apilaban verticalmente casettes vhs de películas clásicas. Había una musicoteca repleta de discos, una cantidad de discos que ningún ser humano -en su sano juicio- podría escuchar en su vida entera, aún si comenzara a hacerlo –obsesivamente- a los ocho años y no dejara hasta la hora de su muerte. Estaban, también, las persianas bajas, en clara señal de ruptura de relaciones diplomáticas con sus vecinos. El edificio era una señorial pero modesta construcción de comienzos de siglo de no más de cuatro pisos, en donde todos los vecinos se conocían entre sí, y no faltaban las viejas abuelas que llamaban a la policía porque veían más que olían a jóvenes indecentemente vestidos fumando cosas extrañas en el kiosco de la esquina. Esa misma abuela, cuando su nieto fuera a visitarla todo el fin de semana, le cocinaría hamburguesas en panes de hamburguesa con huevos fritos, lechuga, tomate y gaseosas. De postre, kiwi o naranja pelada y cortada. O ensalada de fruta. Su ídolo adolescente odiaba las abuelas, nunca había sido su predilecto. No menos odiaba a las madres, quienes le alcanzaban sus cartas. Nunca había sido, tampoco, el hijo preferido de ellas.&lt;br /&gt; Elvira le contaba eso su hija y Laura, como era de esperarse, cuando esperó lo suficiente y se convenció que era el momento exacto en que debía hacerlo, se lo contó a él. Sus ojos, medalleramente, se abrieron como el dos de oro. Sólo por azar no besó sus labios, no pasó su lengua por la superficie de los labios de Laura, no posó sus labios sobre su sugerente boca. Todo lo que tanto él como su familia habían intentado no había resultado y los resultados, inverosímilmente, le habían sacado la mano pero le ofrecían un resistible abrazo de oso, le corrían la silla pero lo dejaban correr de aquí para allá en una búsqueda de su ídolo adolescente que ya se había tornado más imposible que improbable. Laura, cuyos deseos de que él volviera a caer en los recaimientos ya conocidos era inversamente proporcional al cariño que le profesaban su madre y el resto del harén femenino de la familia, pensó que era el momento de tomar la palabra y decirle, bueno, mirá, mi vieja no es investigadora pero es la sirvienta de tu ídolo de adolescencia, para que él se la quedara mirando anonadado y le corrigiera sirvienta no, mucama, lo mismo da, le respondió Laura, no, no es lo mismo, retrucó él, no es lo mismo decir una cosa que decir la otra, bueno, concedería ella, la cuestión es que ella es la empleada doméstica de tu ídolo adolescente y, teniendo en cuenta que no se los hizo nada fácil ponerse en contacto con él, no sé, yo había pensando que, por ahí, si a vos no te molesta, yo le podría pedir a mi vieja si no me hace el favor de preguntarle si no le molestaría recibir a un pibe que, además de ser fanático de él, yo ya no soy fanático de él, interrumpió él, bueno, está bien, se autocorrigió Laura, que, además de haber sido muy fanático de él, está haciendo un trabajo para la facultad relacionado con su música, y, bueno, eso, si no le molestaría cederle una entrevista, charlar un rato con él. Cuando terminó de hablar, se la quedó mirando como se queda mirando sólo lo que no se puede terminar de escudriñar o apreciar o entender, como se persiste en la mirada cuando una belleza magnética persuade de no separar los ojos de ella, haciendo de ella todo lo que hay por observar, negando las relaciones de fondo y contenido, porque ella es todo, el fondo y el contenido, la forma y el contenido, el ying y al yang, el beep y el jazz, el ton y el son, Perón y vos. Debería estar prohibido haber vivido y no haber amado. Separó, sólo por un par de segundos, sus ojos de ella, y le dio las gracias sin decir palabra. Uno de esos momentos en que las palabras ya no sólo esconden, ya no sólo sobran, ya no sólo molestan, sino que no existen. Habían llegado al punto de la comunicación, sino telepática, empáticamente silenciosa, musicalmente íntima. El punto en que las palabras no existen y deben buscarse o inventarse nuevos medios -que son fines- de comunicación. En punto en el que se le encuentra el puntito a lo que no hay color.&lt;br /&gt; Habiéndole agradecido sin palabras, aceptó su propuesta con un escueto sí. El, que se burlaba del ascetismo estético bauhausiano, que caía rendido a los pies del brillo sobrecargado, no encontraba palabras -al tiempo que perdía los últimos resabios de reparos para con Laura- ya no sólo para agradecer su gesto sino incluso para aceptar su ofrecimiento, para poner primera a su Ford T y salir viento en popa al encuentro de su ídolo adolescente, de su piano demacrado, de su guitarra torera, de su viejo televisor arrojado por el pulmón del edificio. Recordó, en un flash under, cómo las voces del suicidio lo llamaban desde un primer piso para que comprobara desde un sexto piso cómo podía volar, para que probara sus alas de ángel santo más que virgen sobre los techos del barrio de Almagro, a pocas cuadras de donde acababa –siempre acababa- de ser secuestrado Silvio Frondizi, el hermano del presidente del que el padre de su ídolo adolescente había sido ministro de economía, hermano del que su adolescente ídolo también resultaba simpatizante, Cangallo y Río de Janeiro, a pocas cuadras de Parque Centenario. Recordó eso y borró el recuerdo despeinándose su ya despeinado cabello castaño claro enrulado. Volvió a mirarla a los ojos y entró adentro de ella. Desde adentro le dijo muchas gracias. Volvió a salir y le repitió su aceptación. Le ofreció poner una pava de mate pero era tarde y tenía que ir a encontrase con su novio, Paulo. La historia se repetía pero no exactamente. Verbigracia, la historia no se repetía.&lt;br /&gt; Elvira, que adoraba a Paulo porque era del barrio y conocía a toda su familia, porque habían crecido prácticamente juntos con Laurita, porque era un buen muchacho que jamás le haría mal al corazón de su hija, aceptó el pedido de esta última y, después de cuatro días en los que estuvo a punto de comenzar a hablar pero en los que por timidez guardó silencio, después de cuatro días en lo que estuvo a punto de pedírselo pero por respeto al patrón no dijo nada, le preguntó si le molestaría que un muchacho joven, amigo de su hija, estudiante universitario, que estaba haciendo un trabajo para la facultad en relación con su música, cuando él pudiera o quisiera, viniera al departamento o a donde él dijera a charlar un rato con él, a hacerle unas preguntas. Su ídolo adolescente, parco como se encontraba en ese periplo, la miró seco y fijo y, moviendo la cabeza de arriba para abajo, asintió sin abrir la boca. Estaba sentado al sillón tocando el teclado con la guitarra torera al lado, mientras la mesa estaba repleta de bolsas de orégano, bomboncitos con tiza en su interior y pastillas para el mal aliento. Elvira se lo agradeció con la baja cantidad de palabras que su patrón le había antepuesto como una de las dos únicas condiciones para su contratación, y continuó con la limpieza del desmueblado departamento, en el que él vivía sólo seis de los doce meses del año. El resto de los meses los vivía en el galo país. La otra condición fue la discreción.&lt;br /&gt; Elvira se lo dijo a Laura y ella a él. El no le caía nada bien a Elvira, pero ella, por respeto a su hija, jamás dijo nada, ni a él ni a Laura. Fueron contadas con la mitad de los dedos de una sola mano las oportunidades en que él visitó la casa de Laura y Elvira, por lo que esta última se veía obligada en muy pocas oportunidades a fingir hospitalidad a una persona a la que ni siquiera quisiera abrirle las puertas de su casa. Cuando ellos se sentaban en la mesa de la cocinalivingcomedor a tomar mate con bizcochitos de grasa, Elvira les acercaba el mate, el termo y el plato con galletitas, pero no se sentaba a la mesa a compartir charlas y rondas. Yo no me sentaría en su mesa, alguna que otra vez le dijo a Pedro, su esposo, el padre de Laura. Madre, me parece que estás exagerando, le respondió Pedro, en una de las dos oportunidades en las que su mujer le dijo eso, una tarde en la que el encuentro no sucedió en su casa sino en el hogar de Laura. Papi, ¿cómo me decís eso? ¿No viste cómo nos mira este pibe, con la distancia y la suficiencia que lo hace? Ni mi patrón me mira así. Este mocoso es un pedante de mierda. Además, escuchame un poco, desapareció por seis años, después de que terminaron la secundaria no se le vio más el pelo, y ahora que anduvo un poco mal, porque seguro que fue mucho menos grave de lo que él y su familia dijeron, porque estos son requeterecontra mantequitas, aparece de vuelta, se acuerda de la nena, le chifla cuando Laurita pasa en bicicleta por debajo del balcón de su casa, como me contó la nena. Abrase visto, si desaparecés desaparecés, hacete cargo, ¿qué es eso de borrarse y aparecer sólo cuando se necesita ayuda, cuando andás mal de salud o se te pasó la calentura con el pibe o la piba con la que cogías?  En la vida hay que ser un poquito más digno y coherente, sobre todo coherente, si elegís algo, bueno, te felicito, suerte con lo que elegís, que te vaya bien, pero, si después te va mal, no hay tu tía, a llorar a la iglesia, no se puede estar en misa y en procesión, haciéndote el intelectual y requiriendo de la nena todos los días, las dos cosas no se pueden, no, las dos cosas no. Gorda, no te metas, son cosas de la nena, es su vida. Sí, es su vida, pero, fijate, ahora este muchacho, después de lo que le pasó, después de haberse recuperado, en lo que tuvo muchísimo que ver Laurita, volvió a la facultad, y, para un trabajo que tiene que hacer para ella, tiene que hacerle una entrevista o algo así a mi patrón, y, fijate vos, su familia intentó ponerse en contacto con él pero no pudo, claro, si el tipo está encerrado en su departamento desde hace seis meses y no sale ni a la calle, los únicos, atendeme Pedro, los únicos que, además de él, tenemos la llave del edificio somos un periodista amigo suyo y yo, y, claro, como su familia no pudo contactarse con mi patrón, y como Laurita se enteró de eso por él, y como ella también sabe que yo trabajo para él, me pidió el favor de si no le podría preguntar, por favor, si no le hacía el favor a un joven que era fanático de su música de darle una entrevista para un trabajo de la facultad, y, por supuesto, uno es buena gente así que lo hice, y mi patrón, obvio, como también es buena persona, viste que yo no trabajo para nadie que sea mala gente, no tuvo problema, me dijo que sí, que vaya cuando quiera, así que, fijate vos, es cosa de la nena, es su vida, pero ella le termina salvando las papas a él, y como ella tampoco tiene porqué probar si las papas están calientes o no las terminó probando yo, o sea, yo le termino salvando las papas al pibe este que, te digo, por más amigo que sea de la nena, no me cae nada bien, no me cae nada bien. Gorda, ¿qué hay de comer?, le preguntó Pedro, tirado en la cama matrimonial mirando televisión, después de que Elvira soliloquiera por más de cinco minutos en los que Pedro no hizo otra cosa que zapping, porque no escuchó más que las tres primeras palabras de lo que dijo su esposa y después desconectó, pero se conectó a dar la vuelta la rueda de la fortuna de los canales comenzando y terminando su numeración más de diez veces. El maravilloso invento del mando a distancia. Papi, recién son las seis, ¿ya estás pensando en la comida? Mami, ya lo sabés, con la comida yo soy como con el sexo, pienso en eso todo el tiempo. Te faltó el fútbol y la completabas. Y vos, princesa de mi reino. Princesa de mi reino te voy a dar a vos. Como me gusta cuando te enojás. Sacá la mano, Pedro, que los chicos están en el comedor. Bueno, mejor, están lejos. Sí, como a diez metros. Dale, no te hagas la estrecha, si te gusta. Vos sabés que no es justamente estrecha lo que soy, jamás me dejó de entrar, y muy bien, lo que tenés entre las piernas. Este termo. Bueno, esa bombilla. Ah, estás en chistosa, ya te voy a dar a vos. Pedro, la mano. Dale, si no nos escuchan, soplá el porongo, dale. El porongo, qué caradura. Gorda, no te pases eh, no te hagas la viva. Albóndigas, papi, albóndigas hay de cena, pero antes, mucho antes, hay que esperar primero que los chicos desocupen la cocina, y después que llegue la noche, no te voy a hacer la cena a las ocho de la tarcedita. Como digas, princesa.&lt;br /&gt; Elvira, en no menor medida que su hija, aunque Laura jamás se lo hubiera contado a él, cuando era joven, hacía mucho tiempo, había soñado que, cuando alguien le dijera princesa, ese alguien iba a ser el príncipe de sus sueños, azul o rojo, no importaba, iba a ser el príncipe de sus sueños, alguien que se desviviera por ella y luego volviera a vivir sólo para cumplirle sus deseos, alguien que, después de cocinar un rico asado más crudo que cocido, le guardara los cortes más jugosos en la parrilla del patio, o que, al momento de servir en la mesa, a la primera que buscara con la vista para servir primero fuera a ella, después de preguntarle, ¿y, mi princesa, usted que va a comer?, y el usted no sonaba falso, artificial, impostado, sino radiofónicamente natural, metafóricamente literal, barrocamente simple. Pero la vida no fue como se la había imaginado, y la lucha fue larga y mucha, y por eso no quería que su historia se repitiera con su hija, no quería que ella cayera encandilada a las luces verbales de un joven que hablaba bien pero que, en cuanto tuviera oportunidad, iba a troskcarla por otra, mucho más joven, más firme, más nueva. Por eso adoraba a Paulo y a él lo odiaba, porque veía en sus ojos la potencialidad de hacerle mal a su hija, mientras que los ojos de Paulo no le transmitían más que amor y devoción para con Laurita, ese mismo enamoramiento y cuidado extremo que tanto cansaba y hasta hastiaba a su hija, por eso ella se alejaba de Paulo y se acercaba a él, aunque él la subestimara y jamás la tomara en serio, aunque él le repitiera más veces olvidate que te aprecio, dejá que te estimo, aunque hubiera sido ella, y Elvira, y Pedro, las que le hubieran sacado las papas del fuego y lo hubieran depositado enfrente de la puerta del edificio de su ídolo adolescente para que tocara el 4b y subiera, para que se presentara y le comentara su idea, para que su ídolo le ofreciera marihuana, merca o pastillas y todo volviera a empezar, como en eterno retorno cinematográfico, como en esas historias de amor que justo cuando parecen que están muriendo vuelven a nacer, quizá, porque amores que matan nunca mueren, le respondió su adolescente ídolo, y, entonces, ya lo estaba entrevistando, ya estaba charlando con él, luego de decirle, no, gracias, no fumo, ni tomo, ni aspiro.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1970873953680837637-5822985604208568038?l=ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com/feeds/5822985604208568038/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1970873953680837637&amp;postID=5822985604208568038&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1970873953680837637/posts/default/5822985604208568038'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1970873953680837637/posts/default/5822985604208568038'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com/2008/09/el-da-que-dalila-le-ense-msica.html' title='El día que Dalila le enseñó música a Beethoven, Cap. XIV, anteúltimo capítulo: Efecto grabador.'/><author><name>Qué te importa.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13966481193676647640</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SOJNeDp5mZI/AAAAAAAAAJA/Thxax6sVEvo/s72-c/diana-y-calisto_tapa.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1970873953680837637.post-8492853765124816311</id><published>2008-09-22T09:28:00.000-07:00</published><updated>2008-09-22T09:32:18.280-07:00</updated><title type='text'>Yo no soy hombre de una sola mujer.</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://4.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SNfIOfBxsMI/AAAAAAAAAI4/_2ibm3OnCsg/s1600-h/clip_image002.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0pt 10px 10px 0pt; float: left; cursor: pointer;" src="http://4.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SNfIOfBxsMI/AAAAAAAAAI4/_2ibm3OnCsg/s320/clip_image002.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5248884041896276162" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;meta equiv="Content-Type" content="text/html; charset=utf-8"&gt;&lt;meta name="ProgId" content="Word.Document"&gt;&lt;meta name="Generator" content="Microsoft Word 11"&gt;&lt;meta name="Originator" content="Microsoft Word 11"&gt;&lt;link rel="File-List" href="file:///C:%5CDOCUME%7E1%5CADMINI%7E1%5CCONFIG%7E1%5CTemp%5Cmsohtml1%5C01%5Cclip_filelist.xml"&gt;&lt;!--[if gte mso 9]&gt;&lt;xml&gt;  &lt;w:worddocument&gt;   &lt;w:view&gt;Normal&lt;/w:View&gt;   &lt;w:zoom&gt;0&lt;/w:Zoom&gt;   &lt;w:hyphenationzone&gt;21&lt;/w:HyphenationZone&gt;   &lt;w:punctuationkerning/&gt;   &lt;w:validateagainstschemas/&gt;   &lt;w:saveifxmlinvalid&gt;false&lt;/w:SaveIfXMLInvalid&gt;   &lt;w:ignoremixedcontent&gt;false&lt;/w:IgnoreMixedContent&gt;   &lt;w:alwaysshowplaceholdertext&gt;false&lt;/w:AlwaysShowPlaceholderText&gt;   &lt;w:compatibility&gt;    &lt;w:breakwrappedtables/&gt;    &lt;w:snaptogridincell/&gt;    &lt;w:wraptextwithpunct/&gt;    &lt;w:useasianbreakrules/&gt;    &lt;w:dontgrowautofit/&gt;   &lt;/w:Compatibility&gt;   &lt;w:browserlevel&gt;MicrosoftInternetExplorer4&lt;/w:BrowserLevel&gt;  &lt;/w:WordDocument&gt; &lt;/xml&gt;&lt;![endif]--&gt;&lt;!--[if gte mso 9]&gt;&lt;xml&gt;  &lt;w:latentstyles deflockedstate="false" latentstylecount="156"&gt;  &lt;/w:LatentStyles&gt; &lt;/xml&gt;&lt;![endif]--&gt;&lt;style&gt; &lt;!--  /* Style Definitions */  p.MsoNormal, li.MsoNormal, div.MsoNormal 	{mso-style-parent:""; 	margin:0cm; 	margin-bottom:.0001pt; 	mso-pagination:widow-orphan; 	font-size:12.0pt; 	font-family:"Times New Roman"; 	mso-fareast-font-family:"Times New Roman";} @page Section1 	{size:595.3pt 841.9pt; 	margin:70.85pt 3.0cm 70.85pt 3.0cm; 	mso-header-margin:35.4pt; 	mso-footer-margin:35.4pt; 	mso-paper-source:0;} div.Section1 	{page:Section1;} --&gt; &lt;/style&gt;&lt;!--[if gte mso 10]&gt; &lt;style&gt;  /* Style Definitions */  table.MsoNormalTable 	{mso-style-name:"Tabla normal"; 	mso-tstyle-rowband-size:0; 	mso-tstyle-colband-size:0; 	mso-style-noshow:yes; 	mso-style-parent:""; 	mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; 	mso-para-margin:0cm; 	mso-para-margin-bottom:.0001pt; 	mso-pagination:widow-orphan; 	font-size:10.0pt; 	font-family:"Times New Roman"; 	mso-ansi-language:#0400; 	mso-fareast-language:#0400; 	mso-bidi-language:#0400;} &lt;/style&gt; &lt;![endif]--&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;Soy hombre de ninguna, dijo rápido y serio, después de despeinarse el pelo y desajustarse la corbata. Su compañero de oficina, cansado, lo relojeó de costado, se llevó un nuevo vaso de cerveza a la boca, y no dijo palabra. Estaba harto de sus derivas derrotistas. Para colmo, con el día que tuvimos en la oficina, este no va a parar de escupirme sus males, este día no podría ser peor. Es así, hermano, ya no sólo que los hombres somos científicamente más románticos que las mujeres sino también que habemos algunos que no somos hombres de una sola mujer porque lo somos de ninguna. Su novia, por tercera vez en tres meses, le había pedido un tiempo. De seguir así -le dijo, mientras su amigo se llevaba un nuevo vaso de cerveza a la boca-, nuestra relación se va a componer más de tiempos pedidos que de momentos compartidos. Es que vos la atosigás. ¿Qué te volviste, lopezrreguista?, ¿te ponés de su lado? Pero no seas brujo, sabés que te lo digo como amigo. Con amigos así. ¿Con amigos así qué, no hacen falta enemigos? Lo dijiste vos. Lo dije yo porque vos no tuviste los cojones de hacerlo. Pelotas, se dice pelotas. Vos sos un pelota. Bueno, gracias. Gracias hacen los monos, gorila. Mirá, un chino diciéndome gorila, la cruza que faltaba. A vos lo que te falta, como te iba a decir, es reconocer que soy tu amigo aunque te diga cosas de enemigos, porque vos no podés tener de amigo a un perro que se te muere a la semana, sos más egoísta que vos mismo en tus épocas menos solidarias. Te recuerdo, Gandi, que los dos estudiamos en Córdoba y Junín, y que el dos mil nueve no vio salir de sus puertas a un solo yuppie sino a dos. ¿Te acordás de las minas de Medicina que estaban en la cola para tomar el ciento seis? Y yo con novia. Vos siempre estuviste con novia, sos un novio crónico. El novio del olvido. Para colmo escuchás Calamaro, si no fueras mi amigo ya te hubiera pegado. ¿Qué problema tenés con Andrés? Con él ninguno, con vos escuchándolo a él todos. Andá a cagar. Andá vos, pelota. ¿Pedimos otra cerveza? Dale.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;Te decía, no sé qué hacer, yo la quiero. Ella también. ¿Querés decir que ella también se quiere? Gracioso. Gracias. Quiero decir que ella también te quiere, pero que, cuanto más la persigas, más vas a lograr que comience a dejar de hacerlo. ¿A qué hora cursamos mañana la maestría? A las siete. ¿Salimos antes del trabajo y vamos juntos? Dale. Sí, puede ser, pero tampoco quiero que piense que porque no le presto atención ya no la quiero. Tu problema no es ese, tu problema es que le prestás demasiada atención, tu vida se reduce al laburo, el posgrado y ella, ¿hace cuánto que no jugás un partido de papi, que no perdés conmigo al tenis, que no vas a la cancha? Racing está jugando cada día peor, para colmo Yacob se hace odiar cada día más. ¿Sigue saliendo con tu hermana? Sí. Buen partido. ¿El del domingo pasado?, si el equipo rival no se lo comió porque en el país está condenado el canibalismo. Gracioso. Gracias. ¿Jugamos un tenis el sábado en el campo de deportes? No puedo, tengo el tobillo malo. Esas palabras que te quedaron de tu viaje por España, sonás tan ridículo como Fito Páez diciendo allí en lugar de ahí, o como esos que piensan que son cultos por decir luego en lugar de después, en eso sí que tu Calamaro es menos patético que muchos. En España me enamoré de María Adanez. ¿No decías que sos hombre de ninguna mujer? Vos te tomás demasiado a pecho lo que te digo. ¿Te bancás un ping pong? Siempre y cuando no me apuntes al pecho. A las bolas te voy a apuntar, nenita.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;Si seguís transpirando así no vas a coger nunca vos. En todo caso no voy a coger esta noche, y no te hacía tan permeable a los rezos callejeros. ¿Pedimos otra? Dale, con antitranspirante incluido. Chistoso. Se agradece. Jugaste bien, lástima que perdiste. Es que el no jugar hace mucho tiempo al tenis te hace recordar los movimientos de la última vez que jugaste, pero si jugáramos un partido más te ganaría. ¿Qué dijimos de los pajeros postulados contrafácticos? Que los dejábamos para los masturbatorios cuentos literarios. ¿Vos ya habías pensado que masturbatorio rima con mingitorio? Y escritorio. Y aleatorio. ¿Por qué no te escribís un poema? Porque tengo la pluma prohibida. Cierto, el mito romántico de la inspiración y el artista maldito. Así es. Quién iba a decir que de Barrio Norte nos íbamos a mudar a Constitución. Al menos a vos te queda cerca de tu casa. De mi esposa y de mis dos hijos querrás decir. Al menos tenés esposa. ¿Me estás vacilando? Te estoy hablando en serio. Entonces dejá de hacerlo. ¿Pedimos otra? ¿Otra más? Recién es la tercera. Entonces pedí dos, para acortar los tiempos. Siempre tan voluntarista vos, después me aconsejás que baje la ansiedad. La diferencia es que yo ahogo la mía en un vaso de cerveza mientras que vos ahogás en repetidas oportunidades a tu novia en ella. Mozo, otra cerveza por favor.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;Dejala en paz, dale tiempo y ya vas a ver como vuelve, solita y sola, porque la que se fue sin que la dejen vuelve sin que la extrañen. Destinalismo y, como si lo anterior fuera poco, concepción platónica del deseo. Maldigo el día que, evidentemente borrachos, acordamos anotarnos juntos a la maestría, cambiar de caminos. Exacto, se trata justamente de eso, de preguntar, voy a preguntarle qué quiere hacer, qué quiere que hagamos de nosotros. No hay nosotros. Entre vos y yo obvio que no. ¿No somos amigos? Está por verse, el próximo partido de ping pong lo define. Me vas a dar la revancha, te quedó la culpa en el ojo. Es que soy tan buen ganador y vos tan mal perdedor. No hay nosotros entre ustedes. ¿Vos me estás vacilando, si fuimos novios durante seis años? ¿Conjugación temporal del verbo utilizado en la pasada oración? No podés ser mitologicista de suponer un presente o futuro sin pasado. A lo pisado me remito. Dale, terminate el último vaso de la segunda cerveza así te doy otra paliza al pingpong. Siempre tan humilde. A seguro se lo llevaron preso y a modesto demorado.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;Mejor quedemosnós acá, creo necesitás hablar de esto con un amigo. ¿Ves alguno cerca? Gracioso. Siempre. Te escucho. Yo no tengo demasiado que decir ni hablar, sólo que la quiero, que quiero estar con ella, y que no me imagino compartiendo el resto de mi vida con nadie más que con ella. ¿No te parece un poco demasiado lo que decís teniendo en cuenta que apenas tenés veintisiete años? Me lo dice el casado con dos hijos a la misma edad. Son cosas diferentes. Sí, porque uno es tu caso y el otro es el mío. No, también por cuestiones de historia, de momentos, de tiempos. Sí, es verdad, el día que se casaron por iglesia hacía un día asqueroso: frío, nublado y lluvioso. No, gracioso, de tiempos personales, y esos son los días que a mi más me gustan. Cada meteorólogo con su pronóstico. Así es. Por cierto, ¿cómo anda Lucía? Bien, hermosa, rebien en el jardín, peleándose todo el tiempo con su hermanito menor, la gorda parece un réferi de boxeo cuando tiene que separarlos. Qué mujer tu mujer, tu mujer es mucha mujer para vos, yo todavía sigo sin saber como la conquistaste y la convenciste de que desperdicie el resto de sus días con vos. La verdad, yo también. ¿Sigue con licencia? Sí, hasta dentro de tres meses. Mirá. No sabés el planteo que me hizo Lucía el otro día porque insulté al televisor cuando estaban repitiendo un programa del hijo de puta de Neustadd, y, claro, nosotros no le dejamos decir insultos a Lucía. Tu hija Lucía gorda de enojo por tu incoherencia. Un anoréxico chiste más sobre mi hija y te pongo contra el mostrador. Me parece que todo lo que vamos a poner sobre el mostrador es la cuenta. Pago yo, dejá. ¿Qué vas a pagar vos?, con esposa, dos hijos, una maestría paga y un trabajo de doce horas muy mal pago, olvidate, pago yo. ¿Qué vas a pagar vos?, con tu novia que te volvió a dejar por tercera vez en tres meses, el corazón partió, como Alejandro Sanz, y el mismo trabajo muy mal pago de doce horas que yo. Pago yo. No, pago yo. No seas machista, pago yo. Mirá quién vino a hablar, la abanderada queen del feminismo, pago yo. Yo estoy sufriendo por amor, no puedo ser machista, pago yo. ¿Lo dejados librado al ping pong? Mozo, pagamos las cervezas y otro pingpong, por favor.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;10/09/08, Bs. As. &lt;/p&gt;  &lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1970873953680837637-8492853765124816311?l=ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com/feeds/8492853765124816311/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1970873953680837637&amp;postID=8492853765124816311&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1970873953680837637/posts/default/8492853765124816311'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1970873953680837637/posts/default/8492853765124816311'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com/2008/09/yo-no-soy-hombre-de-una-sola-mujer.html' title='Yo no soy hombre de una sola mujer.'/><author><name>Qué te importa.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13966481193676647640</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SNfIOfBxsMI/AAAAAAAAAI4/_2ibm3OnCsg/s72-c/clip_image002.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1970873953680837637.post-4675740671286856474</id><published>2008-09-02T18:30:00.001-07:00</published><updated>2008-09-02T18:32:55.324-07:00</updated><title type='text'>Cuando parecía que la postergación se comía la novela, Cap. XIII El día que Dalila le enseñó música a Beethoven: Carnet de membresía.</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://2.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SL3pJsiESEI/AAAAAAAAAIw/a1e0HElxoFk/s1600-h/na01fo10.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0pt 10px 10px 0pt; float: left; cursor: pointer;" src="http://2.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SL3pJsiESEI/AAAAAAAAAIw/a1e0HElxoFk/s320/na01fo10.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5241601894111266882" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Los tiempos universitarios no se encontraban tan lejanos. Los tiempos universitarios nunca se encuentran lejanos. La universidad siempre está cerca. Sus aulas siempre están más cerca de lo que se piensa. Después de meses de recuperación, de rehabilitación psicosomática, de madres, hermanas, padres y empleadas domésticas girando a su alrededor como un rombo drogado, él había comenzado a dar nuevas señales de vida. No tanto por la internación psiquiátrica, o por las pastillas que habían hecho de su históricamente flaco cuerpo un estómago más barrigón que seductor, sino por su vieja compañera de secundaria, por su culo y sus charlas, por sus gustos y los disgustos de los que sistemáticamente lo privaba. Él había sido un joven -atravesado por el trasvasamiento generacional atravesador- que había hecho de la dificultad un culto, un altar al que sólo dificultosamente -y en muy pocas oportunidades- pudo acceder. Pero fue una muchacha que hacía fácil lo complicado, como un eximio futbolista sudamericano en un verde césped europeo, quien lo salvó de sí mismo. Ella, que tenía tanta idea de la Bauhaus y el menos es más como del neobarroco y del más es más, fue quien le tendió una mano, ya no cuando se estaba ahogando, sino cuando bien estaba en la superficie pero apenas sí podía mantenerse a flote. A él le gustaba mucho nadar, le recordaba sus tiempos de delgadez no anoréxica, sus épocas deportivas, sus gestas tenísticas y sexuales, la profesora de tenis que pasó por su espada mágica, los trofeos por mejor compañero, el torneo, local, que jamás puedo ganar, los campeonatos, provinciales y nacionales, a los que nunca pudo clasificar. Pero allí estaba él, competitivo, sacando un pecho del que adolecía. El mismo pecho que años después prácticamente desapareció, de lo desgarbado que andaba por las calles, dando pena a los transeúntes y monedas a los pibes. De ese estado de muerte en vida lo había ayudado a salir su familia, pero sólo al precio de precios que, como los amores no correspondidos, nunca se terminan de pagar. Pero fue ella quien inclinó la balanza de la muerte en vida más para el lado de la segunda que de la primera, porque de otro modo los filósofos fenomenólogos se hubiera escandalizado y ella odiaba los conflictos, ya para trotkista estaba el pasado político de él, tan enredado en enredaderas verticales y todopoderosas.&lt;br /&gt;El cuatrimestre, que nunca es cuatrimestral, comenzó donde lo había dejado: retomó la carrera en el punto en el que la había abandonado. Pero ya no le encontraba el puntito. Las cosas habían cambiado demasiado y a nadie le gustan demasiado los cambios. A nadie le gusta que las cosas cambien demasiado. Si antes era un joven que se aprestaba a ser, a sus jóvenes veinticinco años, uno de los prometedores intelectuales profesionales púberes del país, ahora, con dos años más, era demasiado viejo para sus compañeros de curso pero demasiado joven para ahogarse en las neoliberaladas del precario mercado laboral. Se acordó de un encuentro en Riobamba y Corrientes, treinta años antes, mientras la luna rodaba por Callao, y suspiró. No era que la carrera fuera lo suficientemente positivista como para que los seis años se encontraran claramente demarcados. Después de todo, era una facultad humana y social, y eso, en relación con las ingenieriles o abogadiles, marcaba sus diferencias. No era que los alumnos más que estudiantes de las materias tuvieran la misma edad, ni mucho menos, así como tampoco sucedía el milagro de comenzar la carrera, ya no se diga con el mismo grupo, sino con la misma persona con la que se la terminaba. La carrera se hacía eco de la liquidización de las relaciones sociales que acontecía por fuera de las murallas de la facultad.  &lt;br /&gt;Él, sin embargo, estaba incómodo: transpiraba demasiado, le sudaban las manos, no podía quedarse mucho tiempo sentado en los derruidos bancos. Al menos, ya no se sentía observado, paranoicamente perseguido. Como un solo de Charlie Parker, en los primeros años de la facultad -mientras aprendía análisis del discurso, la barbarie de la cultura o el gorilismo vandoneril de Montoneros- llegó a sentir desde que estaba a punto de explotar, de tocar el techo de las desfinanciadas aulas con su cuerpo, hasta que todo lo que sucedía a su alrededor estaba organizado para él, desde los textos que leía hasta los docentes que idolatraba, en relación con los cuales se preguntaba porqué fingían, porqué continuaban con la farsa, porqué no reconocían, de una vez por todas, que estaban allí no más que para darle clases a él, para tomarle los disciplinarios exámenes, para ponerle sus meritocráticos ochos. Para su suerte, ya no sentía nada de esto, pero aún así se sentía extranjero, exiliado, un pez fuera de su pecera, un estudiante intelectualista repartiendo obreristas volantes izquierdosos.&lt;br /&gt;Llegó el primer día de clases y todo volvió a ser como hace dos años. Todavía no estaba preparado, coincidieron doctores, psicólogos, psicoanalistas y psiquiatras -todos egresados de la universidad pública más estatal que gratuita-, para cursar por las tardes, con sus discusiones políticas y conflictos, por lo que le sugirieron a la familia que lo persuadiera de anotarse a la mañana, cuando los climas facultativos son un verde prado regionalista más que un día de politología en los Balcanes. Su familia estuvo de acuerdo. Su padre, que recién había terminado de filmar una turística película en el sur del país, llegó al departamento de su ex-esposa y cuatro hijos pasada media hora de las ocho, cuando todavía nadie había bajado a la planta del edificio. Arriba, despiertos desde hacía hora y media, su hijo se encontraba ya bañado y con la mochila lista, los cuadernos en sus marcas, las lapiceras prestas a ser disparadas. Sus hermanas se habían marchado a sus públicos colegios hacía ya media hora, como de costumbre, en colectivo. Su madre, que todo lo que había tenido que hacer en la mañana era tomarse el desayuno que la empleada doméstica había depositado sobre la mesa pasados quince minutos de las siete, llegaría un poco más tarde al prestigioso instituto de investigación donde perpetraba la fuga hacia delante. La empleada doméstica, que asistía al espectáculo del hijo mayor recuperado volviendo a sus estudios universitarios, miraba la escena con asombro e indiferencia: sorpresa por el despliegue, pero desdén porque sabía que el que se fue sin que lo echen vuelve sin que lo llamen. Él, aún más que la mucama, observaba distante: era el muñeco de torta de la mañana, con su madre a su lado, su padre debajo y la facultad a las mismas cinco cuadras de siempre. Podría haber ido caminando, como siempre, pero su padre y madre tenían miedo, la inseguridad era cada día más intimidante. Pero mamá, son las ocho y media de la mañana y, además, estoy a cinco cuadras. No importa, en cinco cuadras no sabés la cantidad de cosas que te pueden hacer, y la hora no tiene nada que ver, ¿o vos te pensás que sólo se roba de noche? Pensó, recuperadamente, en un atajo por izquierda, en la cantidad de robos que a esa misma hora, prácticamente las nueve de la mañana, se debían estar perpetrando en dependencias privadas y públicas, nacionales y extranjeras, pero el corredor polaco era demasiado oriental para él, así que se calló la boca y ajustó la bufanda, que agosto estaba más cerca de setiembre que de marzo pero aún hacía frío.&lt;br /&gt;El primer día de clases fue olvidable. Como la inmensa mayoría de las clases. Estudiante de una impúdica universidad pública falsamente masificada, más plebeyizada que copada por cabecitas negras que harían del mito del ascenso social una realidad palpable, como un monedero, un bulto, un paquete, su presencia en la facultad pasó absolutamente desapercibida. Será mejor así, pensó. Sin embargo, no faltaron los pocos pero buenos compañeros más que amigos que lo chistaron y saludaron, después de cruzárselo en los pasillos y no en las aulas. Ellos ya se encontraban en los momentos culminantes de la carrera, cercanos al organismo final del orgasmo redentor, rindiendo los últimos exámenes finales obligatorios y comenzando a pensar la tesis. Él, después de dos años de abandono, de soberanía de la pérdida, todavía estaba en la mitad, en esa mitad en la que tanto pánico le daba empantanarse, como los norteamericanos en Vietnam o Irak, o como esas películas brasileras sobre los sesentas y sus organizaciones político-militares que se observan una noche de no se sabe qué día.&lt;br /&gt;Sus compañeros lo encontraron bien y pedante, como de costumbre. Bien pedante, pedantemente bien. En esta época, la pedantería era por ausencia y no por presencia, por silencios más que por diarreas de palabras, autoritarias citas de autoridad u ocurrencias que no tenían otro fin que el de disentir con su interlocutor. Le molestaba corporalmente estar de acuerdo con alguien, y eso, a pesar de las caídas, internaciones, recaídas y rehabilitaciones, no había cambiado. Sus compañeras, en cambio, lo encontraron flaco y ojeroso, al mismo tiempo que triste y educado, esa educación pelotuda que lleva a no dar el zarpazo, a no decir lo que se debe decirse cuando se dialoga y bebe y camina unas horas con una mujer y se llega a la boca del subte y ¿vos bajás acá?, sí, ¿y vos?, no, yo sigo caminando, ¿por dónde?, por Corrientes, derecho hasta Pueyrredón, ah, entonces podés ir en subte, sí, pero prefiero caminar, ah, bueno, chau, chau, y los dos, antes de despedirse, se quedan expectantes, no sabiendo qué hacer, si besarse o no, si somos amigos o buenos compañeros o algo más, o si somos amigos, buenos compañeros y algo más, porque, ¿por qué una cosa debe prescindir de la otra?, ¿por qué unas relaciones deben entorpecer las otras?: es decir, el sexo puro y duro, pero no por eso menos placentero, un pete, una mamada, sexo oral, propiedad de románticos novios o aviesos amantes. Ellas lo encontraron así, y él se encontró con ellas, y automáticamente pensó en Laura, en que jamás podría compartir una conversación con ellos, pero cuánto que la extrañaba, cuánto que faltaba para que ella saliera de su trabajo y fuera a visitarlo como todos los días a su casa, dejando a Paulo, su novio, pagando, literalmente de garpe. Es un toque, pensó, curso estas cuatro horas, a la una ya estoy en casa, leo un par de horas hasta la tardecita y, ya entonces, ella va a estar ahí, se dijo, ante la más o menos atenta mirada de su compañeros y compañeras que lo observaban con cariño al mismo tiempo que con no poca actitud investigativa, eran sujetos de investigación escudriñando un posible objeto de estudio, un sujeto que se había ido a los territorios del silencio pero que había vuelto, con millones de ojeras en los ojos y ojos en las tristezas y tristezas en los lentes de contacto, pero vuelto al fin.&lt;br /&gt;El encuentro con sus viejas compañeras lo llevó a posar la mirada sobre los carteles de las paredes: ninguna de ellas, salvo una, se merecía su atención, el título de belleza científica y objetiva. Sus colores, entre rojinegros y blanquicelestes, lo remontaban a los setentas, década que había vivido sin necesitar vivirla. Sus dos tíos desaparecidos, uno monto, la otra erpiana, había desaparecido de su memoria los últimos dos años, pero ahora volvían. Como los colores de las paredes sobre los ojos de los cursantes, algunos de los cuales, los más pelotudos -porque la pelotudez es tan democrática que nunca falta en lugar alguno-, llamaban contaminación visual. Escuchó a uno de sus compañeros de las cuatro materias que había vuelto a cursar -ya que no quería perder el ritmo y a su vez recuperar el tiempo perdido- afirmar aquella opinión, que el estado estético de la facultad contaminaba sus ojos, y se convenció que habían pasado dos años sin que pasara nada, que nada demasiado novedoso había pasado en ese tiempo en el que a él le habían pasado tantas cosas. En otra época, se dijo, cuando era joven, hubiera levantado la mano para obtener la venía del profesor para que me dispensara la palabra, hubiera inundado a ese compañero con contraarguementos y citas de autoridad de las que siempre quedan bien en aulas públicas, pero ahora, en recuperación, lo escuchó sin sacarle la vista de encima, con su mano derecha sobre su boca en gesto más de atención que de aberración, y no dijo palabra, se quedó en silencio. El tiempo había pasado y, sin ser veinte años, no había sido en vano.&lt;br /&gt;Una de las cuatro materias que estaba cursando -no trabajaba y tenía tiempo de sobra, tiempo para saber y tiempo para aprender- era sobre cultores de los cultos y los que no lo son. De las otras tres, dos merecían su más absoluta indiferencia -como todas sus compañeras salvo una-, con excepción de una materia en la que se afirmaba que en una país lejano, no del primer mundo, un movimiento de mensajeros por celular había derrocado a un tiránico presidente, y no, como el marxista que nunca falta en cualquier aula de cualquier universidad pública contradijo, porque el ejército –el legítimo monopolio de la legítima violencia del ilegítimo estado-, al observar la magnitud del movimiento opositor y la voluminosidad de los mensajes de texto enviados, decidió no salir a reprimir a los insurgentes cibernéticos, sino, sin apoyarlos, no defender al gobierno. Lo que se dice una acción por omisión. Afirmar aquello era tan ridículo como insistir en que fueron las jornadas del diecinueve y veinte de diciembre del dos mil uno, y no la oposición aparateril del Partido Justicialista, las que motivaron la renuncia de un neoliberal y asesino presidente radical, el mismo que se cargó más de veinte personas, ensangrentado una plaza emparchada de pañuelos blancos. Las otras dos materias no eran menos cuestionables: en una, premordernamente, se obligaba a reproducir aquello de la premura de los fetos en los fértiles vientres maternos, mientras en la otra, superprofesionalmente, se les inculcaba a los estudiantes cómo aborrecer el trabajo en grupo pero aprovechando para llevarse una infartante rubia a la cama: es decir, se les enseñaba cine. Documental, no ficción, para ello ya estaba la filosofía.&lt;br /&gt;Fue en el marco de la materia sobre los cultores de los cultos que algo volvió a despertarle interés. El interés, como la buena cara, se habían borrado de su cuerpo en los últimos dos años, a pesar de los intentos no sexuales que Laura practicaba en sentido contrario. En esa materia, donde se continuaba repitiendo la burrada de que Sarmiento fue uno de los grandes escritores del siglo XIX argentino, cuando para él, junto con Sartre, Sarmiento fue un reverendo hijo de puta, lo obligaron, tanto como al resto de los alumnos, a ir a Lugano a leer las pintadas que rezaban las paredes, a realizarle entrevistas a los nativos del barrio, llevando siempre un traductor que mediara entre ellos y sus informantes claves. Quizá, después de realizado el trabajo, ser presentado, muy bien, diez, y acreditar la asignatura, alguno de ellos entraría a la materia, incluso a la academia, hasta se ganaría una beca, mientras los informantes claves nativos gozaban de una nueva represión de la policía. Porque en este barrio, a diferencia del país que no era del primer mundo, la policía sí reprimía, si defendía al Estado, sí se tomaba muy en serio eso de ser su erecto brazo armado. A los días, colectivo –no taxi, ni auto de los padres- mediante, él estaba en el barrio, sintiéndose de nuevo un paria, pero esta vez fuera de la universidad, lo que volvía menos patético el sentimiento.&lt;br /&gt;En el barrio se encontró con un pibe de no más de treinta años que, mientras fumaba un faso, lo miraba de reojo, especulando en qué momento lo podía pungear. No era un punga, pero sí pintaban fácil veinte pesos no iba a decir que no. Llevaba zapatillas de goma iguales a las suyas, sólo que las de él eran herederas de las que llevaban por nombre uno de los adminículos que los Tacuara esgrimían como uno de los elementos con los que combatirían por la liberación del país, mientras que las suyas eran frágiles: con dos meses más eran nuevo objeto en el higiénico tacho de basura. Los dos de pantalón largo, él de corderoy y aquel de jean gastado, después de que le preguntara si le molestaba que le hiciera algunas preguntas y él le respondiera que no, pero siempre y cuando le pagara una birra para que no se le secara la boca, se sentaron en una de las mesas de un kiosco de la esquina, cerveza de por medio, para hablar sobre lo que él tenía para preguntar. La entrevista, sólo interrumpida por el pedido de una nueva cerveza y porque él, con frío, se levantó unos minutos para ir a buscar una campera de jean a su casa, a metros del kiosko, dejándolo solo por unos minutos, obligándolo a sentirse nada tranquilo y mucho menos seguro, fue cordial, un remanso de preguntas y respuestas y grabador de por medio y los efectos que las sustancias externas al cuerpo ejercen sobre el mismo. Por ejemplo, un bife, alguna vez le había dicho su psicoanalista, freudiano más que lacaniano, marcusiano más que althusseriano, los mismos temas de los que habló con el pibe de Villa Lugano que tocaba en una banda de rock, y que de un tiempo a esta parte había dejado de escuchar a los Rolling Stones y se estaba abriendo a otros géneros, a otras bandas, que le contó que había cambiado su concepción del amor, que ya no pensaba a las mujeres como simples objetos de consumo que se agotan en las postimetrías del acto sexual, y que en eso había tenido que ver mucho Lynch, con sus amores a primera vista que son amores pero no a primera vista, aunque esto último lo había interpretado él, lo había agregado entre guiones del trabajo que presentó y aprobado, muy bien alumno, lo felicito, tiene un ocho.&lt;br /&gt;La charla lo había movilizando, sedentariamente, volviendo en el colectivo hacia la casa de su madre. El bondi lo dejó en Las Heras y Pueyrredón, caminó cuatro cuadras y ya estaba en el living comedor materno. Habían pasado dos semanas desde el reinicio de las clases y había respondido tan bien que, con la anuencia del médico, el psiquiatra, el psicólogo y el freudianomarcusiano psicoanalista, la familia ya lo dejaba hacer. Iba y volvía solo a la facultad, y a las visitas de Laura se le sumaba recibir a algún que otro compañero o compañera de la universidad los viernes y sábados por la noche. Había vuelto a cursar la misma cantidad de materias que cursaba antes del derrumbe, cuatro, pero ya no podía soportar la intensidad, no podía seguir el ritmo. Sin embargo, no dejó de cursarlas, aunque ya no podía leer como antes. Si hace dos años su rutina eran cuatro horas de cursada con doce de lectura y diez de sueño, ya que su vida se restringía a eso, a cursar y leer, ni siquiera escribir, apenas si ahora podía leer diez minutos sin cansarse, sin levantarse o tirar la lapicera al piso para perder tiempo. Su familia le insistía que no se exigiera, la mayor de sus hermanas lo miraba distante, la del medio le ofrecía su mp4 para que se distraiga, la menor no dejaba de ofrecerse para tocar Bartók más que Schubert, aunque a él tanto le gustaran Brahms, Listz y Pachelbel, la sirvienta le proponía sánguches de milanesa, su madre lo consentía como una abuela con un único nieto, su padre suspendía la lucha a muerte que los enfrentaba y le repetía que le pidiera lo que deseaba, pero ninguna obsecuencia parecía apartarlo del convencimiento de que ya no era el de antes, y tenía pánico que eso se extendiera al terreno sexual. De sexo, pensó, de sexo nos faltó hablar con el pibe de Lugano, se dijo, y cerró la puerta de la habitación para entregarse a una de las tantas siestas que consumían sus días.&lt;br /&gt; Sin embargo, había algo de lo que sí habían conversado con el flaco de Lugano que lo había dejado pensando, y lo había dejado pensando porque lo había obligado a recordar, y lo que le había obligado recordar no era placentero, lo que redoblaba la potencia del pensamiento. Él me habló del amor –reflexionó-, y no es tan común que alguien con quien charlás por primera vez te hablé tan desprejuiciadamente de amor, pensó, y siguió reinando en el lugar en el que lo estaba haciendo, uno de esos lugares que son ambientes pero no son considerados como tales a la hora de alquilar o comprar un departamento. ¿Qué pasa en Lugano –se preguntó- que alguien, de campera de jean, jean gastados y zapatillas de goma, la primera vez que hablamos, me habla de amor? Y, para más, me habla como él me habló: sensiblemente, con un romanticismo digo de siglos decimonónicos más que bolivarianos. ¿Me habrá tirado los galgos? ¿Me habrá arrojado los tejos?, como dicen los españoles más que gallegos. En el fondo, creo que más que esto lo que más me sorprendió fue la remera que el pibe tenía debajo de su campera de jean. Yo hubiera esperado una remera de un equipo de fútbol. Barrialmente, de Nueva Chicago. Sin embargo, no era esa la remera, no era esa la tela, era de algodón, de un algodón no muy bueno pero aún así algodón. Llevaba puesta una remera con la cara del Andrés Calamaro de Alta Suciedad del ’97. ¿Habrá sido ese el motivo por el que me habló del amor de esa manera?, apuntó en uno de sus cuadernos de la facultad, cuando la puerta de su pieza se abrió y una de sus hermanas le avisó que su madre le ordenaba que bajara a comer. Se había quedado pensando pero, para peor, recordando, porque había algo allí que tenía que salir pero que no podía encontrarse, algo que sin buscarse tenía que salir a la luz, como el rincón de una habitación.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1970873953680837637-4675740671286856474?l=ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com/feeds/4675740671286856474/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1970873953680837637&amp;postID=4675740671286856474&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1970873953680837637/posts/default/4675740671286856474'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1970873953680837637/posts/default/4675740671286856474'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com/2008/09/cuando-pareca-que-la-postergacin-se.html' title='Cuando parecía que la postergación se comía la novela, Cap. XIII El día que Dalila le enseñó música a Beethoven: Carnet de membresía.'/><author><name>Qué te importa.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13966481193676647640</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SL3pJsiESEI/AAAAAAAAAIw/a1e0HElxoFk/s72-c/na01fo10.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1970873953680837637.post-2302329984140597292</id><published>2008-08-28T06:18:00.000-07:00</published><updated>2008-08-28T06:46:01.812-07:00</updated><title type='text'>Otro martes al balde.</title><content type='html'>&lt;meta equiv="Content-Type" content="text/html; charset=utf-8"&gt;&lt;meta name="ProgId" content="Word.Document"&gt;&lt;meta name="Generator" content="Microsoft Word 11"&gt;&lt;meta name="Originator" content="Microsoft Word 11"&gt;&lt;link rel="File-List" href="file:///C:%5CDOCUME%7E1%5CADMINI%7E1%5CCONFIG%7E1%5CTemp%5Cmsohtml1%5C01%5Cclip_filelist.xml"&gt;&lt;!--[if gte mso 9]&gt;&lt;xml&gt; 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 &lt;p class="MsoNormal"&gt;quienes me recordaron la revolución del ‘18&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;y la regeneración moral del ’30.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;Yo les dije: A tomar por culo manga de mamones&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;y ellos me respondieron sobre la necesidad del gobierno tripartito&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;y el tamiz –o matiz- sanmartiniano del ejército en acción.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;Yo ingenuo e inocente les pregunté si estaban locos&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;y uno de ellos me contestó sobre el potencial revolucionario de la locura&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;mientras el otro me decía: Vos sos un boludo.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;Le pregunté en qué sentido decía lo que decía&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;él se privó de citar al adolescente y al loco&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;pero el otro me miraba con cara de: Loco, qué pedazo de centrista.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;Seguí mi camino de vuelta del centro&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;cuando me acordé del nazi y el camino como destino&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;y suspiré nostálgicamente&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;con la suficiencia de lo superado.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;Lo que no pude superar fue la necesaria molestia corporal&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;ante el quiosquero de la esquina al que le compro películas y música&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;cuando dice mayores obviedades como si fueran celestinas revelaciones&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;mientras autistas a su alrededor pululan como ramificaciones de un árbol.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;Antes de cruzar la calle&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;mientras saludaba con la mano derecha a los que ya se habían despedido de un tercero&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;me di cuenta que el par al mismo tiempo&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;me había salvado la vida y robado una causal cita a ciegas de medianoche.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;Con lo bien que a mí se me da la miopía pensé&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;pero en ese instante confesé que no es tanto lo que me gusta preguntar&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;entonces volví a la búsqueda de respuestas&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;en libros que se citan muy bien diez felicitado.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;En los tachos de basura abrevaban habas de las que se cuecen en todas partes&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;yo que siempre tomo la parte por el todo o busco la parte del todo que hay en la parte&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;y entonces tomé partido y me partí por un partida en la que perdí&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;y eso que antibatailleanamente en esa oportunidad jugué a ganar.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;Los que sí habían perdido la vergüenza eran el quiosquero el autista y el tercero&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;el primero porque pensaba que lo que decía sí era interesante&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;el segundo porque sin interesarse en lo anterior se refugiaba en un mundo de silencios&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;y el tercero porque no me acuerdo y es falso eso de que la tercera vez sea la vencida.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;Venceremos puñeaban los puñetas de mis compañeros de organización&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;en una reunión clandestina con Juanes Pablos descamisados de saco y corbata&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;en donde planeábamos el ajusticiamiento de Julio Cesar y su posterior publicación&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;habrase visto andar votando en contra de pequeños chacareros y grandes maoístas.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;Cuando dije mao un grupo de homosexuales se puso a bailar&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;al recuerdo del afamado boliche que tóxicamente se fue al cielo en Bariloche&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;y justo cuando me iba Néstor me obligó a mostrarle lo que escribía&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;el efecto grabador está seriamente prohibido en ámbitos militantes.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;Me dijo que era muy corto como la tuya agregó&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;y que debía ser más largo como la mía acotó&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;porque todos los poemas deberían ser largos se largó a reír&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;mientras yo lo miraba con una mezcla de faso y relajo.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;Él me dijo tío coño joder soy yo ¿quién va a ser?&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;y caí en la cuenta que ese día no había cogido&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;tanto escuchar a quiosqueros o autistas pelotudos tanta militancia &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;a tomar por culo la milis yo OAD pero el servicio militar no lo hago ni puto. &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;Puto el que lee. Puta la que escribe. Puta que lo parió. Éramos pocos y.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;23/08/08, Bs. As.&lt;/p&gt;  &lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1970873953680837637-2302329984140597292?l=ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com/feeds/2302329984140597292/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1970873953680837637&amp;postID=2302329984140597292&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1970873953680837637/posts/default/2302329984140597292'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1970873953680837637/posts/default/2302329984140597292'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com/2008/08/otro-martes-al-balde.html' title='Otro martes al balde.'/><author><name>Qué te importa.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13966481193676647640</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1970873953680837637.post-6278641958442619881</id><published>2008-08-14T20:38:00.000-07:00</published><updated>2008-08-15T04:54:03.153-07:00</updated><title type='text'>Barcaza de papel.</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://3.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SKT7BuOCXSI/AAAAAAAAAGg/ajSjz_aWW0g/s1600-h/mujeres_allen.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0pt 10px 10px 0pt; float: left; cursor: pointer;" src="http://3.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SKT7BuOCXSI/AAAAAAAAAGg/ajSjz_aWW0g/s320/mujeres_allen.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5234584673916706082" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;Hoy me acordé de vos –cuánto romanticismo de cabotaje-&lt;br /&gt;porque un maletero de cinemateca me dejó a las buenas&lt;br /&gt;un barquito de papel antes de que viera&lt;br /&gt;un film sobre Kafka y comunismos.&lt;br /&gt;Me acordé cuándo me enseñaste&lt;br /&gt;a hacer barcazas de erotismo&lt;br /&gt;en un bar de Larrea y Pueyrredón&lt;br /&gt;antes de que los ingleses bombardearan –bardearan- Barrio Norte&lt;br /&gt;con Calamaro Andrés como copolito del Enola Gay.&lt;br /&gt;Después –o antes no recuerdo- me hice homosexual&lt;br /&gt;-bien médica la cosa- pero ahora me volví a enfermar&lt;br /&gt;y soy normal otra vez –complacientemente para con las bichas-.&lt;br /&gt;No te quiero aburrir la película fue un bodrio&lt;br /&gt;-como este puema-&lt;br /&gt;los mismos conocidos de siempre –no estaba &lt;st1:personname productid="La Renga" st="on"&gt;La Renga&lt;/st1:personname&gt;&lt;br /&gt;sí Boudelarie- las mismas tetas que de costumbre.&lt;br /&gt;Ahí me acordé de las tuyas&lt;br /&gt;pero estaba mi hermana en casa&lt;br /&gt;-pajeramente- no me pude tocar&lt;br /&gt;así que me senté a leer Hegel.&lt;br /&gt;En eso no sabés&lt;br /&gt;me crucé con un mina con unas tetas y un orto increíbles&lt;br /&gt;-hasta a vos te hubiera gustado estoy seguro-&lt;br /&gt;que me invitó a coger –así nomás en la vía impúdica Córdoba y Callao-&lt;br /&gt;a un hotel alojamiento de San Telmo que no conocía.&lt;br /&gt;Le respondí que no me gustaba el blues&lt;br /&gt;y que el barrio no me encantaba&lt;br /&gt;que mejor lo dejábamos para otra tardecita&lt;br /&gt;así librado al azar y la indeterminación&lt;br /&gt;¿Qué te parece? le pregunté&lt;br /&gt;ella me hizo un gesto yanqui que no comprendí&lt;br /&gt;me dijo pajero y se largó a caminar&lt;br /&gt;yo creo que estuvo de acuerdo ¿vos qué creés?&lt;br /&gt;Lo cierto es que me acordé de vos por un barco de celuloide&lt;br /&gt;que me bailó una batahola de batucadas ahí mismo&lt;br /&gt;en pleno cine de oferta&lt;br /&gt;docentes estudiantes y jubilados –en ese orden- seis pesos.&lt;br /&gt;Dos mangos menos que la cerveza que compramos&lt;br /&gt;cuando me hiciste una barcaza de papel en la que jamás monté&lt;br /&gt;porque jamás montamos mentiras acuáticas o empapeladas&lt;br /&gt;en verdades -efecto de- que luego –Lugo, compañero presidente&lt;br /&gt;o viceversa- no se saben sostener.&lt;br /&gt;No se pueden.&lt;br /&gt;No se puede.&lt;br /&gt;No sé pu.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1970873953680837637-6278641958442619881?l=ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com/feeds/6278641958442619881/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1970873953680837637&amp;postID=6278641958442619881&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1970873953680837637/posts/default/6278641958442619881'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1970873953680837637/posts/default/6278641958442619881'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com/2008/08/barcaza-de-papel.html' title='Barcaza de papel.'/><author><name>Qué te importa.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13966481193676647640</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SKT7BuOCXSI/AAAAAAAAAGg/ajSjz_aWW0g/s72-c/mujeres_allen.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1970873953680837637.post-996755846931574035</id><published>2008-08-12T20:15:00.000-07:00</published><updated>2008-08-12T20:23:44.985-07:00</updated><title type='text'>Influencia de Naïf en la (solemnemente hablando) joven literatura barroca argentina: La catedral.</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://2.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SKJSStYr0UI/AAAAAAAAAGY/uN7B5E6vp7A/s1600-h/clip_image002.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0pt 10px 10px 0pt; float: left; cursor: pointer;" src="http://2.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SKJSStYr0UI/AAAAAAAAAGY/uN7B5E6vp7A/s320/clip_image002.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5233836198332191042" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;p class="MsoNormal"&gt;Vamos a volver&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;y cuando volvamos seremos millones&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;u hormigones que se rinden &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;en la primera parte de una neogótica facultad.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;Seremos sermones&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;que no tienen curas que los dicten&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;meones que conocen el camino al baño&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;pero desalojan –aihoja- en el paladar amigo.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;Que estoy orgullo de mi catedral&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;-fue soñado anoche, no puede haber equivocaciones-&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;quiere decir que estoy orgulloso de que estés sentada&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;sobre este reloj que está a punto de acabarse.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;Yo cumplí con vos&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;resta que vos cumplas conmigo&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;y el cielo con la tierra&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;y Evita con la oligarquía.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;Evitá la senda izquierda de las calles con dos manos&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;suelen ser las que conducen al choque&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;o al escupí-tajo de un flemático turista británico.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;¿Te acordás cuando cogimos enfrente de &lt;st1:personname productid="la Torre" st="on"&gt;la Torre&lt;/st1:personname&gt; de los Ingleses&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;y yo te dije que era tiempo de irnos&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;pero vos decías que todavía no&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;que unos minutos más?&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;La policía terminó llevándonos al parque de diversiones de la tortura&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;y las huellas dactilares&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;por chupada de tetas en la vía pública&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;la detención se fundamentó en un eruto de Perón del ‘45&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;y vos les dijiste que eras montonera&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;pero no hubo caso&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;nos llevaron igual.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;En la comisaría el comi-sario no tenía caballos pero sí picana&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;y cogía –violaba- como un burro&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;por lo que después pude saber por tus familiares.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;Pero resultó que no hubo después&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;motivo por el cual no hubo vuelta&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;por lo que tampoco hubo millones &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;ni hormigones ni sermones ni meones.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;Lo que sí hubo&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;-vale la pena recordarlo-&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;fueron tajos en los cuerpos y marcas en la piel&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;memorias en el hueso&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;y contraofensivas que fueron más contras que ofensivas.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;A la vuelta de la esquina&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;-en un corredor polaco de atajo a lo del chongo-&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;estaba esperando una cita tabicada &lt;st1:personname productid="La Revoluci￳n." st="on"&gt;La Revolución.&lt;/st1:personname&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;Así&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;con mayúsculas y finales.&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1970873953680837637-996755846931574035?l=ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com/feeds/996755846931574035/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1970873953680837637&amp;postID=996755846931574035&amp;isPopup=true' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1970873953680837637/posts/default/996755846931574035'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1970873953680837637/posts/default/996755846931574035'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com/2008/08/influencia-de-nif-en-la-solemnemente.html' title='Influencia de Naïf en la (solemnemente hablando) joven literatura barroca argentina: La catedral.'/><author><name>Qué te importa.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13966481193676647640</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SKJSStYr0UI/AAAAAAAAAGY/uN7B5E6vp7A/s72-c/clip_image002.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1970873953680837637.post-5765086402697674437</id><published>2008-08-12T09:31:00.000-07:00</published><updated>2008-08-12T09:42:54.865-07:00</updated><title type='text'>La seriedad ante todo: Cómo escribir la mejor novela del mundo.</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://3.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SKG8p2lkCMI/AAAAAAAAAGQ/4OtBBwYpTko/s1600-h/Mauro+y+yo.JPG"&gt;&lt;img style="margin: 0pt 10px 10px 0pt; float: left; cursor: pointer;" src="http://3.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SKG8p2lkCMI/AAAAAAAAAGQ/4OtBBwYpTko/s320/Mauro+y+yo.JPG" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5233671669194950850" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;        Quizá -y se solicitan disculpas por las inmodestias y ahumildades que están a punto de escribirse-, el secreto de una gran novela sea un mejor comienzo. Esos comienzos que, como la canción que tanto rueda por charts radiales y canales musicales del grupo Ella es tan cargosa, están ya comenzados: se inician como por la mitad, están siempre dispuestos a echarnos en cara que hubo ruidos y silencios que pre-cedieron ese comienzo, del que nosotros, simples y tristes mortales, nos encontramos vedados.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Por dar ejemplos contemporáneos, de dos considerados jóvenes que en realidad dejaron de serlo hace mucho tiempo, una cosa es el comienzo de la novela &lt;i style=""&gt;Historia del llanto&lt;/i&gt; (2007) de Alan Pauls –más allá de su acercamiento estratégico y tratamiento superficial de los setentas y la opción política por la lucha armada-, y otra cosa, muy distinta, es el inicio de la novela &lt;i style=""&gt;Ciencias morales&lt;/i&gt; (2007) de Martín Kohan –independientemente, también, de su significativa y comunitaria necesidad subjetivoliteraria de tallar y remachar su pertenencia secundaria al Colegio Nacional de Buenos Aires-. Y un comienzo de novela es muy diferente al de la otra porque, como solía repetir el personaje de Panigassi –Juan Leyrado- en la populista-costumbrista serie Gasoleros del noventista-multimediático Canal 13, una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa. Entonces, una cosa es un comienzo que capta la atención del proyectado lector y lo invita a dejar el texto en caso de poder hacerlo, como puede leerse en la última novelita de Pauls, y otra cosa es un inicio más preocupado por continuar la serie temática que se inició en las primeras novelas -y por dejar bien clarito el colegio en el que se cursaron estudios secundarios-, como se lee en la última novela de Kohan.&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;&lt;span style=""&gt;    &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Kohan y Pauls, alguien tiene que realizar el escritural trabajo sucio de decirlo, son niños mimados tanto de la crítica literaria argentina como de la academia universitaria porteña. Ambos egresados de las aulas de Letras de &lt;st1:personname productid="la UBA" st="on"&gt;la UBA&lt;/st1:personname&gt; –&lt;i style=""&gt;la bandita de Filo &lt;/i&gt;que, justa y justificadamente, tanto le molesta a Kohan cuando es escrita por desafilados filósofos oficialistas como JP Feimann, o bien por personajes como Fogwill, cada día más parecido no al historiador Jorge Saborido como al althusseriano y lacaniano Sergio Caletti-, tanto Pauls como Kohan pueden ser pensados o bien como la continuación contemporánea de la tradición de escritores argentinos cultores de &lt;i style=""&gt;las buenas formas&lt;/i&gt; &lt;i style=""&gt;literarias&lt;/i&gt;, en el caso del primero, o bien como escritores que, sin ser jóvenes pero tampoco viejos, poseen una prolífica producción, en el caso del segundo.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;También, claro, pueden ser pensados como los literatos cuyos comienzos de novelas nos permiten avanzar hacia el bosquejo de las características imprescindibles que jamás deberían faltar en la redacción de la mejor novela del mundo. Un buen comienzo, atrapante y sensual, se encontraría entre ellas, desde ya. Un acercamiento no estratégico o conveniente, sino derrotista o desinteresado, hacia el tema en cuestión, también, claro. Un tratamiento profundo y obsesivo, y no superficial y generalista, sobre la temática, tampoco podría faltar, no. Un comienzo menos preocupado por prolongar series personales, o por remarcar personalísticamente trayectorias educativas autobiográficas, que por -como escribía Fontanarrosa- agarrar de las bolas –o los ovarios- al lector y provocarlo a que intente abandonar la novela porque su narrador está convencido de que no va a poder hacerlo -porque el inicio es interesante, sugerente y la mar en coche- también, por supuesto. En conclusión, un comienzo que sea una relativa buena canción empezada con una cadencia ya comenzada, o un inicio que resulte el sabor a vino o helado o caramelo de los labios que besamos, o -en fin- un comienzo que fuerce al lector que acaba de comenzar a leer la novela a convencerse que entre su inicio y su final no resta mucho, que quedan pocas páginas, que esta noche la termina.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Al fin y al cabo, un comienzo que, a fin de cuentas, sea también un final. &lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1970873953680837637-5765086402697674437?l=ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com/feeds/5765086402697674437/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1970873953680837637&amp;postID=5765086402697674437&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1970873953680837637/posts/default/5765086402697674437'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1970873953680837637/posts/default/5765086402697674437'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com/2008/08/la-seriedad-ante-todo-cmo-escribir-la.html' title='La seriedad ante todo: Cómo escribir la mejor novela del mundo.'/><author><name>Qué te importa.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13966481193676647640</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SKG8p2lkCMI/AAAAAAAAAGQ/4OtBBwYpTko/s72-c/Mauro+y+yo.JPG' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1970873953680837637.post-717285738492191059</id><published>2008-07-31T21:15:00.000-07:00</published><updated>2008-07-31T21:21:37.155-07:00</updated><title type='text'>El mito del mino-Paulo. El día que Dalila le enseñó música a Beethoven. Cáp. XII.</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SJKOMlg7_BI/AAAAAAAAAGI/G933lXdWz3I/s1600-h/440465.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5229398464210402322" style="FLOAT: left; MARGIN: 0px 10px 10px 0px; CURSOR: hand" alt="" src="http://2.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SJKOMlg7_BI/AAAAAAAAAGI/G933lXdWz3I/s320/440465.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;No era que ella fuera buena. No. Era que las demás habían sido muy malas. Sí. Así pasaron los siguientes cuatro meses –tamaño vicio universitario, contar las vidas por cuatrimestres-, menos entre mates, bizcochitos y bailes, que entre visitas, charlas y desprejuiciaciones. Él se levantaría a las diez de la mañana -como desde hacía seis meses-, una hora después de que su madre partiera al prestigioso instituto de investigación donde desarrollaba su viento en popa carrera académica. Quince minutos después, mientras miraba cada vez menos por la ventana, ya que lo que no buscaba ya había encontrado en uno de sus avistajes pasados, la empleada doméstica del hogar –la que era llamada mucama o sirvienta por el ala reaccionariaconservador de la parentela- le ponía sobre la mesa del livingcomedor su desayuno: café con leche –poca leche, mucho café, el que lo mantenía vivo todo el día-, clásicas galletitas –que él deglutía en cantidad, comiéndose un paquete por desayuno, ya que las iba mojando de a dos, de modo que un paquete de veinte galletitas terminaban siendo diez mojadas por pares-, y quesocrema que ocasionalmente untaba sobre la superficie de aquellas. Las untaba con una dedicación menor a la pleitesía que, desde hacía cuatro meses, un cuatrimestre, dos parciales y un trabajo práctico grupal, un promoción y un final oral obligatorio, le rendía a ella, su compañera de colegio de inmejorable culo, la audicionista de cumbiasrocanroles y roconarolescumbieros, la mujer de pelo lacio y morocho.&lt;br /&gt;No pocas veces, mientras los días se iban –sanamente- consumiendo y se hacían semanas que –perecederamente- se vencían para –camaleonicamente- convertirse en meses, pensó en Nietzsche y en Cortázar cuando empezó a pensar sobre sus hábitos alimenticios. Lo de pensar no era indiferente. Tenía la sensación que desde hacía casi dos años no lo practicaba. Una cosa era saber con qué pierna levantarse, qué cepillo de dientes usar, o saber cómo comportarse cuando su mucama –que también tenía un buen culo, característico de un sociedad ortocéntrica- lo iba a despertar a su habitación y se quedaba esperando que se levantase, y otra cosa era pensar, reflexionar, realizar eso que los siempre tan solemnes filósofos llaman la tarea del pensamiento. Que siempre es diferente de lo pensado, claro. Y a él le parecía que los recuerdos del bigotudo filósofo alemán y del gangoso escritor belga, que lo comenzaban a visitar por las mañanas, implicaban algo más de lo que significaban, escondían algo por detrás de la obviedad de que significan la memoria de dos personas que, cada uno en su materia, habían pensado. Y habían pensado sobre cómo alimentarse, cuántas horas al día caminar, cómo hacer que un viaje que duraba  un día terminara durando una vida. Como el amor. O el enamoramiento. Así, se acordaba de las recomendaciones nietzschianas sobre las conveniencias de que cada uno creara su propia dieta, o las descripciones cortazarianas sobre la alimentación que degustaban con su última compañera de viaje cuando hicieron en más de treinta y tres días y noches un trip que podía realizarse en horas. Como un ácido, pensó fanfarrón, recordando con distancia y control sus tiempos tóxicos.&lt;br /&gt;El recuerdo del enfermo y el afrancesado, pensaba, implicaban otra cosa, algo que -como todo lo anterior- no podía terminar de captar, de decir, de clausurar. No es casual que esta memoria me visite ahora y no antes, en mis épocas de patología o de irrecuperable recuperación. No es casual, tampoco, que este recuerdo haya sucedido después de vernos, salir, charlar y conectar con Laura, quien, por una noche y un domingo a la tarde –como un tango de Piazzola, o un movimiento de Verni-, se pudo librar de las garras de Paulo, su celoso novio. No es casual, por último, que me haya acordado del virgo y del autoexiliado justo cuando estaba desayunando: es decir, alimentándome en una de las cuatro comidas que los siempre comedidos dietólogos aconsejan  -o, directamente, recetan, obligan, fuerzan- efectuar al día. Nada es casualidad, y a mí que tanto me gustaba la contingencia y el azar, la determinación y los bebes mágicos, y ahora estoy tan positivista, tan desinteresado por mujeres con aromas mortales y balanceos estéticos, pensó, mientras llevaba dos galletitas a la superficie de un café con leche arrugado porque había pasado seis minutos con cuatro de los cinco dedos de la mano derecha a la altura de su único mentón pensando lo anterior.&lt;br /&gt;Yo sé –se decía en silencio, mientras la mucama iba y venía entre la cocina y el livingcomedor, calentando el agua en la pava llena de sarro para hacerle el mate que tomaba quince minutos después de terminar el desayuno- que esto es mucho decir, que el psicoanalista me va a sacar carpiendo -como al libro de Deleuze y Guattari-, y que el psiquiatra –psi, psi, conexión, down control to Major Tom- peor, me va a inflar a pastillar y desflorar a frascos, me va a romper el orto con medicaciones y la voluntad con culpas y remordimientos. Yo sé que es mucho decir pero me parece que me estoy recuperando, que -como una reconciliación con una novia- me estoy reamigando con mi pasado, que -como después de hacer el duelo luego de un abandono- estoy olvidando eso que no podía olvidar, y dolía e insistía y pinchaba como pocas cosas.&lt;br /&gt;Pensó eso, mojó las últimas dos galletitas en un café con leche más frío que tomable, y bebió de un trago el último trago de su comida de mañana. Lo esperaba -en quince minutos- un mate, -en tres horas- el almuerzo, -en cinco- la llegada de sus hermanas de las instituciones educativas en las que se barbarizaban, -en cinco horas- la siesta, -en seis- levantarse y tomar el café con leche de la tardes, -en siete- la llegada de su renombrado trabajo de su señora madre, -en ocho- una nueva pava de mate, -en diez- la temprana cena, -en doce- acostarse a dormir. Lo que se dicen un moderno y racional día. Y así todos los días. Pero esto no podía durar demasiado. No al menos así.&lt;br /&gt;Pasaron cuatro meses, y los días no se diferenciaban uno del otro. Eran todos iguales. Como las canciones. O las mujeres, le había dicho el carnicero de la esquina de su casa. En las últimas semanas había comenzado a hacer los mandados –sin la bolsa de mercado de plástico que utilizaba su abuela paterna-, a salir a la calle, a no perderse en ella, a no asustarse por la gente y su fealdad y estupidez, a no sentirse constantemente observado, a no entrar en pánico cuando -al pasar por el frente de la librería de la otra esquina de su casa- veía el libro gordo de Sartre, verde y obeso, en la vidriera. La Biblia y el calefón, solía repetir su madre, sobre la distribución geográfica de los locales comerciales en el barrio más inmediato a su departamento. ¿No era que eras atea vos?, le preguntaba él, cuando solía tener fuerzas para discutir, cuando solía tener fuerzas. Sí, claro –le respondía segura su madre, desconociendo a qué venía la pregunta-, ¿y eso que tiene que ver? El dicho la Biblia y el calefón –sermoneaba él-, ya sólo por el contenido del refrán, en donde la novela de los judeocristianos resulta elípticamente elogiada por contraposición a eso que sólo serviría para dar calor –como si sus textos sagrados no les dieran el calor del conformismo, solía acotar, para paroxismo de las subordinadas-, es un dicho religioso. No necesariamente –contradecía su madre, y lo que venía después de esta respuesta era música de Vivaldi, una ajustada improvisación de jazz, un acto sexual coordinado y sincronizado: es decir, una hecatombe, un diluvio, un derrumbe-.&lt;br /&gt;A él nada de esto le importaba ahora que, después de casi dos años, podía salir por el barrio a hacer los recados, podía recibir la sombra allí donde no da el sol, podía escuchar al carnicero diciendo que las mujeres son todas iguales, por eso hay que tenerlas contenta, darles masa y chorizo, y con eso, torito, las tenés satisfechas. Él, cuando escuchaba eso, tan burgués y civilizado, se sonrojaba, se avergonzaba ante las prácticamente octogenarias vecinas del barrio con las que compartía suelo de la carnicería, vecinas que dos años antes habían salido a mostrar lo relucientes de sus caceloras a la vía pública indignadas por no recuerda qué presidente -pero seguro que indignadas (qué barbaridad, es una vergüenza, una-ver-güen-za)-, y veinte años atrás habían mandado en cana a un homosexual que había levantado a una mendiga de la calle, acusándolo de estupro. Pero, sobre todo, acusándolo de homosexual. Habrase visto, este es un barrio de gente buena, trabajadora, digna. Acá no hay homosesuales ni violadores. Acá nunca hubo homosesuales violadores. Pobre niña, Dios la tenga en la gracia. Yo siempre que pienso en ella me arrodillo a los pies de mi cama y rezo diez padres nuestros. Ojalá que el señor le depare un buen futuro. Pero es que también es negrita y pobre, y esa gente lleva los problemas en la sangre, en los genes, decía el artículo que su madre le dio a leer cuando le contó lo que había escuchado en la carnicería, artículo que había salido en la independiente prensa argentina veinte años atrás. Hacía treinta años, por cierto, estas vecinas no habían salido a la calle ni a los tribunales. En ese momento viajaban mucho o hacían mucho ejercicio. La bicicleta, por entonces, estaba muy de moda, le explicó una vieja a sus jóvenes oídos, lo que fue editorializado por su madre como el clásico comentario reaccionario de la doña Rosa de clase media, igual de desagradable que el machismo de los carniceros que, freudianamente, piensan que las mujeres, feministas o no, poseemos envidia del pene, sólo que, claro, un carnicero no lo dice así, sino que te dice mamita, te voy a dar chorizo hasta que te salgan amapolas por el orto. Su madre, que no solía contaminarse con la cloacal práctica de la paráfrasis, lo sorprendió. Él, en un momento de su locución, pensó en la cocaína: en amapolas y erutos cleptómanos y vaginas blancas como la nieve.&lt;br /&gt;Le dejó el resultado del recado sobre la mesa –un kilo de pan migñon, una cerveza cara y un vino fino, un kilo de milanesas de carne y otro de pollo, y un alfajor costoso pero delicioso-, se sacó la campera, la bufanda y el sueter –en ese orden, para no alterar la formación de su malformado cuerpo-, y se fue a su habitación a esperar la cena, a hacer el duelo del termo de mate que acababa de finalizar y a construir la ansiedad que le generaría la última de las cuatro comidas. Su madre, mientras él subía las escaleras del departamento en dirección a su habitación, mientras ella bajaba unos peldaños en las escalas de su idealización, le comentaba que, a colación del machista comentario del carnicero, ella estaba dirigiendo una investigación sobre género y des-generamientos, una investigación en donde la investigadora más joven que tenía en su equipo –insoportable, tiene veintinco años y piensa que se las sabe todas, que, como suele decirse, va a comerse el mundo, cuando este ni siquiera está interesado en picarla como aperitivo, le dijo, para su total indiferencia- había presentado un proyecto de investigación a una convocatoria en la que no había tenido suerte, porque la política académica no es lo mío, yo estoy muy formada intelectualmente pero cualquier monigote con una carrera de grado, que haya realizado un par de funciones políticas en la universidad, ya suma más puntos que todos los que yo puedo sumar por todos los escritos, ponencias, publicaciones, maestrías y doctorados que realicé en mis más de veinticuatro años en la docencia y la investigación. Él le dijo: mirá vos, ni la miro, dio media vuelta y se fue diciéndole con el cuerpo: si te he visto, no me acuerdo, menos vale autoreferencialista conocida, que ermitaño por conocer.&lt;br /&gt;El ermitaño es una persona que posee poco capital social, pensó, ya en su habitación, la que compartía con su hermana primera la menor. Enfrente estaba la biblioteca atiborrada de libros, la cual cada día lo amedrentaba menos, y a su derecha la puerta del dormitorio, la que se abrió en un despliegue sin solución de continuidad. Mientras lamía las últimas sobras de la ocurrencia que lo había ocurrido a él más que ocurrírsele a él -la que extendía con desconocimiento de su destino el recuerdo del alemán y el belga-, la empleada doméstica abría la puerta de su cuarto para avisarle que tenía visitas, que bajara pronto, que no demorara lo que solía demorarse cuando ella -todas las mañanas- lo despertaba y esperaba en la puerta esperando que se levante.&lt;br /&gt;Como desde hacía seis meses, en la tardenoche de todos los días que cada día se parecían un poco menos a la muerte para asimilarse un poco más a la vida, lo había venido a visitar Laura, con su culo radiante y su grado de dilatación del mismo tan bajo, tan buena muchacha que era, tan buena chica de familia, tan correcta y respetuosa.&lt;br /&gt;Su madre, a juzgar por los consumos simbólicos de la amiga de su hijo, no juzgaba lo mismo, no podía aceptar que aquel, todos los días, después del segundo termo de mate y antes de la cena, recibiera la visita de esa chica que entraba con todas sus potestades a su propia casa. Ella, cumbiera, no contaba con el beneplácito –bene, Plácido, molto bene- de ella, investigadora formada y destinada a la formación. A él esto poco le interesaba: la única vez en el día que bajaba las escaleras del departamento de su madre prácticamente corriendo, cediendo al riesgo de caerse y prolongar por otro semestre los ya dos años de recuperación, era cuando ella tocaba el timbre y esperaba detrás de la puerta, con las manos en los bolsillos de la campera negra, recién llegada del trabajo, ese trabajo del que él se podía abstraer por los cinematográficos viajes por el sur de su padre y los meritocráticos ámbitos en los que se manejaba y regodeaba su madre. Para un hijo no hay nada peor que una madre, había empezado a pensar en el último tiempo, ese tiempo en que había vuelto no sólo recordar sino también a reflexionar, a flexionarse intelectualmente, a pensar.&lt;br /&gt;Le abrieron la puerta de su habitación, le dieron el aviso –no maten al cartero, solía repetir su padre, cuando traía, a su madre, las malas noticias que los psiquiatras producían industrialmente en sus épocas de internación, desintoxicación y resubjetivación-, y bajó corriendo las escaleras de madera. Ella estaba allí, solitaria pero radiante, hermosa pero disimulada, padeciendo el vacío que tanto su madre como sus tres hermanas –la sirvienta era un poco menos cortesana y solía saludarla cortésmente, le preguntaba cómo andaba y cómo le había ido en la jornada laboral, le ofrecía un vaso de jugo o de gaseosa o de agua- habían construido a su alrededor. Él le daba un beso en la mejilla, bien lejos de los labios –tenía novio y él no estaba seguro de todavía poder cumplir con una muchacha-, y, dado que los seis meses -además de bebés seismesinos- también construían confianza, y la invitaba directamente a subir a la habitación de él y su hermana, que ahí vamos a estar solos y tranquilos, vamos a poder hablar largo y tendido. Ella, políticamentecorrecta, a pesar de su cumbierismo, le contestaba que sí, que claro, que como quieras, y así subían, él adelante y ella atrás. Una verdadera pena, para él, pero una gran tranquilidad, para ella.&lt;br /&gt;Desde hacía seis meses, desde que él la vio pasar por debajo del balconcito del livingcomedor de la casa de su madre y la llamó, y ella subió y charlaron, y quedaron en salir y salieron, y fueron a tomar unas cervezas y se divirtieron, ella era la única visita de todos los días que él recibía. Metódicamente, ella salía del trabajo a la tarde, postergaba día tras días las obligaciones con su novio, y se dirigía a su casa, sabiendo que en ella nadie la iba a recibir bien, salvo la mucama. Pero sabiendo, también, que él estaba arriba esperándola, pasando la tarde entre dvds de Bob Dylan y los programas de prensa rosa de la siesta, padeciendo cada día menos –pero aún así padeciendo- el piano de su hermana –donde Schubert ni pintaba y Bartók era la banda oficial de sonido del hogar- en la parte inferior de la casa de dos pisos de su madre, esperando que ella tocara él timbre para bajar las escaleras a las corridas y subirlas igual de envalentonado. Pero ahora acompañado, como si se hubiera corrido -como si hubiera acabado- en su panza, después de coger apasionada pero dulcemente, frenética pero respetuosamente. Como hacen el amor los hombre de izquierda, había dicho un locutora y conductora de programas radiales y televisivos del principal emporio mediático del país. Licenciada en Ciencias de la Comunicación de la Universidad de Buenos Aires, ella.&lt;br /&gt;Él, en cambio, así como había recordado a filósofos y literatos, y bromeado con sociólogos propios del afrancesado College du France, se estaba desdiciendo de algo que acababa de pensar, en silencio, por dentro, con ella enfrente, sebándole mates y haciéndole compañía, hablando cuando hacía falta, y sino, simple pero complejamente, partiendo en dos el silencio circundante, no interrumpiéndolo, besándolo sin acercar sus labios. Se desdecía de esto de coger –hacer el amor, acotaba que acotarían los puritanos- respetuosamente. No creía en el respeto. Menos el respeto en la cama. La educación por parejas que su madre y su mejor amiga, por un lado, y Schubert y Dylan y Calamaro, por el otro, le habían impartido, lo convertían -además de en el prototipo del producto producido fordianamente por los manufactureros colegios secundarios humanistas- en todo un joven respetuoso. Con el paso de los años -y de los polvos-, por momentos más y por momentos menos, había comenzado a poner sobre el telar de la duda esas influencias, las pertinencias del respeto en la cama, ahí donde las leyes eran esquivas e inmanentes y desconfiadas de cualquier trascendentalidad que excediera ese ámbito de aplicación. Ahí, en fin, en el amor, en la cama, donde el respeto, como el prurito, no sólo que de poco servían, sino que resultaban absolutamente inservibles. La cama era un territorio de excepción, había comenzado a pensar. Como un campo de concentración, agregaba, y no se atemorizaba por la comparación.&lt;br /&gt;Algo había cambiado. O, mejor, algo estaba cambiado. Algo, de nuevo, lo emparentaba con el postadolescente que se mataba a pajas pensado en la tetona y culona que se la había chupado y se había cogido en el baño del colegio -escapados de la clase de Latín de la señora Fernandez-, o en la amiga de su madre que decidió mostrarle a ella y al resto de sus amigas la nueva lencería que se había comprado esa tarde, la misma que esa noche estrenaría con su marido, quien tendría que arrancársela con los dientes y el alma para estar a la altura de las circunstancias, la cama y los polvos. Es decir, con lencería nueva, como mínimo, tres, pensó él, y ella ya le estaba reclamando el mate, que no es mamadera de beba, le dijo, para sumar porotos de soja a su favor.&lt;br /&gt;-¿Por dónde andabas? –le preguntó, mientras se cuidaba de no volcar agua, sino después su madre también le echaría la culpa de ensuciar lo que limpiaba la mucama-.&lt;br /&gt;-No, por ningún lugar en especial –le contestó, evitando (con un firulete clásicamente tanguero o futbolístico) su pregunta-.&lt;br /&gt;-No dijiste palabra en diez minutos, entre que tomé mi mate, te cebé el tuyo y estuviste como cinco minutos con el mate en la mano. Enfriándolo.&lt;br /&gt;-Bueno, es cierto, pero sería largo de contar y fatigoso de escuchar. Créeme –remató, pretendiendo hacerse de la virtud de la vehemencia y la confianza-.&lt;br /&gt;-Tengo tiempo y paciencia. Tiempo hasta la noche, cuando vos cenás, y paciencia de por vida, por esto del dicho más largo que esperanza de pobre.&lt;br /&gt;-Tenés tiempo para saber si lo que buscás termina en algo –le acotó, de vuelta, más para él que para ella-.&lt;br /&gt;-¿Eh? –preguntó sorprendida, cebándose un nuevo amargo con gusto a café, y esperando, expectante, con los ojos como dos centellas a media marcha, su respuesta-.&lt;br /&gt;-No importa, una canción.&lt;br /&gt;-Me respondés una vez más que no importa o que me olvide y, antes de irme, te tiro el mate caliente en las bolas.&lt;br /&gt;-Bueno, precisamente a colación de eso venía lo que estaba pensando cuando me dijiste que estaba distraído, o que estaba pensando en algo que no te quería contar.&lt;br /&gt;-¿Estabas pensando en que te tire agua caliente en los huevos? Me parece un poco doloroso, pero si te gusta lo podemos hacer. Contá conmigo –le dijo, y él volvió a recordar porqué, en la secundaria, le había gustado tanto, porqué había estado tan enamorado de ella y no sólo de su culo, porque ese comentario chistoso, como la pregunta de una bella mujer no poco infantil sobre los balanceos estéticos entre una persona y la otra, lo mataba a risas-.&lt;br /&gt;-No justamente, -le respondió, apurado, sonriente-, pero gracias por tu disponibilidad. Estaba pensando, no tanto en las diferencias entre el amor y el enamoramiento, sino en las relaciones entre el respeto y el amor, y recordando, entre otras cosas, que el respeto, como tantas otras cosas, no tiene nada que hacer en la cama, en el acto sexual a punto de consumarse o en plena consumación.&lt;br /&gt;-Que el respeto en la cama está más desubicado que chupete en el culo, o sea. Eso es lo que querés decir, ¿no?&lt;br /&gt;-Bueno, yo no diría de esa manera, pero, sí, claro, hablaría de desubicación, de falta de oportunismo. Quizá, tal vez, mejor, de impertinencia.&lt;br /&gt;-¿Y en eso estabas pensando cuando estuviste diez minutos en las nubes sin decirme palabra y sin devolverme el mate?&lt;br /&gt;-Sí –respondió él, monosilábicamente, monocordemente, casi policíacamente, a centímetros de sus afirmativos y negativos tan indudablemente poéticos-.&lt;br /&gt;Llegó la noche y, así como la empleada doméstica lo hacía para despertarlo y obligarlo a que bajara, su madre –notoriamente desagradada por la visita- subió a la habitación de dos de sus hijos, dónde se encontraba su hijo mayor en su cada día más empinada recuperación, a avisarle que la cena ya estaba lista. Eso era una indirecta para que ella, con sus discos de Antonio Ríos y su culo al que tantas pajas él le había dedicado, se fuera. Y así fue. Así lo hizo. No sin antes despedirse de él y quedar en verse mañana, cuando se repetiría, naturalmente, la misma escena de hoy y de hace seis meses: que ella saliera de su trabajo, dejara encerrado en los laberintos de la indiferencia a su novio Paulo, y fuera su casa, donde sería mal atendida pos sus hermanas y su madre pero correctamente recibida por la empleada doméstica. Ahí, él bajaría la escalera a las corridas, la saludaría efusivamente, y la invitaría a subir. No para coger sino para platicar. Él iría adelante y ella atrás, para lamento de él, que siempre quiso y seguía queriendo correrse sobre su posterior. Y así todos los días de los últimos seis meses. Así cada semana y cada mes. Pero siempre que paró, llovió.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1970873953680837637-717285738492191059?l=ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com/feeds/717285738492191059/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1970873953680837637&amp;postID=717285738492191059&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1970873953680837637/posts/default/717285738492191059'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1970873953680837637/posts/default/717285738492191059'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com/2008/07/el-mito-del-mino-paulo-el-da-que-dalila.html' title='El mito del mino-Paulo. El día que Dalila le enseñó música a Beethoven. Cáp. XII.'/><author><name>Qué te importa.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13966481193676647640</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SJKOMlg7_BI/AAAAAAAAAGI/G933lXdWz3I/s72-c/440465.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1970873953680837637.post-6496750680016123124</id><published>2008-07-27T12:21:00.000-07:00</published><updated>2008-08-12T15:19:42.865-07:00</updated><title type='text'>Sueños barrocos y azares.</title><content type='html'>Los vaivenes de una relación&lt;br /&gt;-las relaciones van y vienen, y nosotros&lt;br /&gt;acá, en el medio, como Jack&lt;br /&gt;(pero El Destripador)- no pueden&lt;br /&gt;depender del azar&lt;br /&gt;más allá de las virtudes que la indeterminación&lt;br /&gt;o la contingencia&lt;br /&gt;segreguen sobre los determinismos estructurales.&lt;br /&gt;De modo que si queremos hacer algo de nosotros&lt;br /&gt;-si es que es dable hablar de un semiótico&lt;br /&gt;nosotros inclusivo, si es que todavía&lt;br /&gt;vale la pena hablar, si es que aún queda algo&lt;br /&gt;por hacer- eso no puede quedar librado&lt;br /&gt;a las manos de la suerte&lt;br /&gt;o el azar&lt;br /&gt;más allá de las positivizaciones&lt;br /&gt;que antepongamos&lt;br /&gt;a sus negativizaciones.&lt;br /&gt;Un sueño puede ser un bálsamo&lt;br /&gt;o una cárcel&lt;br /&gt;lo que te permite acurrucarte&lt;br /&gt;hasta acabar&lt;br /&gt;con una militante trotkista&lt;br /&gt;o aquello de lo que nunca jamás despertarse&lt;br /&gt;para ya nunca más volver.&lt;br /&gt;Otro tanto podría decirse de los amores&lt;br /&gt;de iridiscencia&lt;br /&gt;o de las personas -hermosas, pero estéticamente&lt;br /&gt;desbalanceadas-&lt;br /&gt;que hacen de fusibles -no fusiles- de relación&lt;br /&gt;de todas&lt;br /&gt;y cada una&lt;br /&gt;de las relaciones de una vida.&lt;br /&gt;No es el azar -no- sino las voluntades -sí,&lt;br /&gt;propias y colectivas- las que hacen que algo&lt;br /&gt;-una relación, una guerrilla, etc.- vaya para un lugar&lt;br /&gt;o para otro&lt;br /&gt;se quede en otro lugar&lt;br /&gt;o se mueva de otro.&lt;br /&gt;Cuando queramos acordar -nos (olvido, por favor,&lt;br /&gt;olvidame)- va a ser tarde para ciertas&lt;br /&gt;cosas -y para ciertas inciertas materias también-&lt;br /&gt;y temprano para otras&lt;br /&gt;sólo que estas&lt;br /&gt;ya no nos van a incluir&lt;br /&gt;estas&lt;br /&gt;ya no nos van a tener como los factores&lt;br /&gt;cuyo orden sí altera el producto.&lt;br /&gt;Y lo que nos hemos alterado&lt;br /&gt;y lo que nos podríamos haber alterado.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1970873953680837637-6496750680016123124?l=ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com/feeds/6496750680016123124/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1970873953680837637&amp;postID=6496750680016123124&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1970873953680837637/posts/default/6496750680016123124'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1970873953680837637/posts/default/6496750680016123124'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com/2008/07/pausas-y-azares.html' title='Sueños barrocos y azares.'/><author><name>Qué te importa.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13966481193676647640</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1970873953680837637.post-4733630666756092485</id><published>2008-07-25T15:44:00.000-07:00</published><updated>2008-07-25T15:47:23.061-07:00</updated><title type='text'>Nat King Cole (de cigarrillo) y Aretha (aletas) Franklin (Benjamin, Weber y Walter).</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://3.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SIpXwI0G4pI/AAAAAAAAAGA/Pv_iQxA0fSA/s1600-h/fotoac.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0pt 10px 10px 0pt; float: left; cursor: pointer;" src="http://3.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SIpXwI0G4pI/AAAAAAAAAGA/Pv_iQxA0fSA/s320/fotoac.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5227086802028257938" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;Muñequita de belleza elegancia y compromiso piedra  &lt;p class="MsoNormal"&gt;libre que despeina el dedal de los amigos y distrae &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;la militancia del camino de sus pasos.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;Nada sabés todo vivís y repetís la historia del&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;peinado abandonado en afán de la heroica toma &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;fuerte de los llantos que envilecen el Estado.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;Tu cigarro amedrenta los silbidos de la niña que&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;descalza canta y salta la canción de la herejía y entona &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;una tona que no cabe en alfileres.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;Tus lijadas partes frizan al ladrón de la cigarra e&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;incentivan al juguete que a menudo se achicharra ante &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;el vuelo indiferente de derrotas y mujeres.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;El variado arco iris que paseás por tu cuerpo es&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;la lluvia incandescente que derrite los lamentos de &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;una lengua ensortijada que no toma sus remedios.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;Y sulfurás la bragueta de un fruta aviejada que&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;por muertes o pudores no mastica su quijada sólo &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;mira de reojo la belleza de lo cierto.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;Y tu cara es un drama con comienzo retardado tus&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;palabras nobles puentes que higienizan el estado de &lt;/p&gt;    &lt;p class="MsoNormal"&gt;dos ojos que admiran la vejez de nuevos cuentos.&lt;br /&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;Octubre 2005, Bs. As.&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1970873953680837637-4733630666756092485?l=ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com/feeds/4733630666756092485/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1970873953680837637&amp;postID=4733630666756092485&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1970873953680837637/posts/default/4733630666756092485'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1970873953680837637/posts/default/4733630666756092485'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com/2008/07/nat-king-cole-de-cigarrillo-y-aretha.html' title='Nat King Cole (de cigarrillo) y Aretha (aletas) Franklin (Benjamin, Weber y Walter).'/><author><name>Qué te importa.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13966481193676647640</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SIpXwI0G4pI/AAAAAAAAAGA/Pv_iQxA0fSA/s72-c/fotoac.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1970873953680837637.post-1619453100304027931</id><published>2008-07-14T21:06:00.000-07:00</published><updated>2008-07-15T10:45:39.436-07:00</updated><title type='text'>Todos los guerrilleros son nuestros compañeros. Antepenúltimo capítulo de El día que Dalila le enseñó música a Beethoven.</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://3.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SHziPOTgBaI/AAAAAAAAAF4/2fiuqRx8BrI/s1600-h/scarlett.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0pt 10px 10px 0pt; float: left; cursor: pointer;" src="http://3.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SHziPOTgBaI/AAAAAAAAAF4/2fiuqRx8BrI/s320/scarlett.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5223298419008734626" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;&lt;i style=""&gt;A la final&lt;/i&gt;, no fueron ni a una casa ni la otra. El sexo, genuflexo exilir de los animales, podía esperar. Lo que no podía esperar era una nueva cerveza que se sumara a los cadáveres ya consumados. Siempre y cuando, claro, se la acompañara con su pertinente aunque modesto -más simbólico que llenador- platito de manises más que de picada. Porque, él se lo había dejado bien clarito -a pesar de lo nada claro que de un tiempo a esta parte tenía todo en su vida-, si había cedido con ir al lugar al que ella querían que fueran eso no se iba a extender a realizar una de las prácticas que menos había realizado en su vida, y que por lo tanto, a diferencia del sexo, peor practicaba: bailar. Ella insistía, meneando su posterior con una gracia que era la envidia del resto de la pista, con un movimiento hipnótico que no sólo erectaba su miembro sino también el de todos los hombres que machistamente veían a sus mujeres bailar a diez metros de distancia, con que se levantara y la acompañara, con que dejara el vaso de cerveza en la mesa y los manises en el platito y fuera con ella. Pero él no, dale con el no, que no y que no. Ella le pedía y le rogaba y hasta se arrodillaba a sus pies -a la altura de su zona más erógena- para que él dejara de estar sentado y se parara, para que dejara de mirarla y la tocara un poco, para que hiciera de mal compañero de baile –pero compañero al fin- en sus dances de Leo Mattioli, cumbiasrocanroleras y vicerversa. El se ajustaba su bufanda dylanita, celeste y con resabios de perfume carolina herrera dos doce imitación que la volvían su prenda favorita, miraba alrededor, volvía a mirarla, se reía educadamente -con la mirada y educación de quien sabe que no va a ceder un ápice en su posición pero que jamás va a levantar la voz para hacerlo-, y le decía que no, que ¿para que?, si vos bailás muy bien, sola, no me necesitás a mí. Es más –agregó-, si bailamos, si yo bailo con vos y no te sigo y te piso, vos vas a comenzar a bailar peor, a perder esa elegancia que supiste derrochar en la pista de baile. Eso es lo de menos, nene –le respondió-. Yo quiero bailar con vos más allá de lo que estos mamertos piensen. Además, el baile es de a dos. Una persona moviéndose sola no está bailando. No existe el baile monólogo.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;     &lt;/span&gt;El se la quedó mirando, como untándola de su admiración. Le había encantando lo que había dicho, le había parecido notable, adjetivos –encantamiento, notabilidad- que no solía pensar en relación con su persona, que no solía derramar sobre su humanidad. Ella no lo sospechó, pero, mientras él la observaba y ensayaba conatos de palabras, ella no había dejado de bailar, sola, de moverse sensualmente, de atraer todas y cada una de las miradas y erecciones de los hombres y mujeres del bar. En el restourant se comían pequeñas porciones en grandes y cuadrados platos, y, cuando un egresado del conservatorio de música no se sentaba al piano y golpeaba melodías de Monk, los altoparlantes -¡alto, parlantes!- del lugar rodaban cronopiadas de Armstrong. En el bar, ella bailaba y él hablaba, ella se movía y él la observaba, ella daba vida y él bebía sorbos de ella. Estaba seguro que ella estaba dándole cosas que nunca antes en su vida había conocido, o quizá recordándole recuerdos que había acostado a dormir –&lt;i style=""&gt;duérmase mi niña, duérmase mi sol&lt;/i&gt;- en el olvido de su memoria.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;Sonó en el bar &lt;i style=""&gt;Adiós, amigos, adiós&lt;/i&gt;, de Andrés Calamaro, un tema que a él siempre le evocaba el recuerdo de su viaje a México, postfinalización de la escuela primaria. A los trece años, plena preadolescencia, o postniñez. Se acordaba de la canción &lt;i style=""&gt;En el último trago&lt;/i&gt;, la que le resultaba la versión azteca de la composición calamaresca. O viceversa. De los marciachis que ya no existen, y son el arte de México vuelto artesanía para consumo de turistas. De que, dos años antes de su llegaba, había sucedido lo que la gente del lugar, en Distrito Federal, le había explicado como el levantamiento zapatista: una horda de zurditos e indios manipulados por aquellos que no se adaptan a los tiempos actuales y quieren perderse, para el mal de México, porque en el fondo no quieren al país, el tren del progreso y la modernidad. Él escuchó atentamente lo que los paisanos del lugar -los empleados del hotel tres estrellas y los guías turistas que lo perdieron por las calles mexicanas- le dijeron, los miró en silencio, dio media vuelta, y se fue cantando &lt;i style=""&gt;Adiós, amigos, adiós&lt;/i&gt;. Ahora, en el bar, sonaba exactamente la misma canción, pero él se acordaba menos del Subcomandante Marcos y sus acólitos, que de sus periplos alcohólicos. Momentos universitarios y borrachos si los hubo. Recordaba menos la contaminación oxigenal, la&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;polución poblacional o la herencia azteca en la megamáquina ciudadana mexicana, que las drogas inyectadas, fumadas o aspiradas. Se acordaba de lo que no se había podido acordar, o de lo que recordaba a costo de romper las cuatro paredes de la habitación, o los cuatro ambientes del departamento de su madre, en mil pedazos, minutos después del recuerdo.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;Hacía mil que no escuchaba esta canción, dijo ella, y lo eyectó del recuerdo ensoñador en que se encontraba. Y desencontraba, perdía, resbalaba sobre las barandillas de su historia. Ajá, seco y cortante, le respondió él. Lo cortés no quita lo valiente –pensó-, así como tampoco lo breve quita lo educado. Lo cortés no quita lo valiente, volvió a pensar, imaginando posibles asociaciones. Claro –se dijo, en silencio, mientras ella miraba los altoparlantes como sorprendida porque pasaran un tema que hacía mil no escuchaba-, aztecas, Hernán Cortés, imperialismo monárquico español, complicidad de &lt;st1:personname productid="la Iglesia Cat￳lica" st="on"&gt;&lt;st1:personname productid="la Iglesia" st="on"&gt;la Iglesia&lt;/st1:personname&gt; Católica&lt;/st1:personname&gt;, valientes los indígenas, cobardes, y asesinos y cretinos, los segundos. Se tranquilizó. Todo volvía a su lugar. Pensó, instantáneamente, que jamás podría compartir esas ramificaciones con ella, que con ella todo lo que podían com-partir eran, no las digresiones o asociaciones libres de una subjetividad política políticamente subjetivada, sino una cerveza con manises, una tema de Andrés Calamaro después de otro de Leo Mattioli, el recuerdo de los compañeros de colegio que ya están casados o tienen hijos, sus andanzas con la tetona, culona y petera remitente del año anterior que se la chupaba en él baño, las aventuras de ella con el muchacho que la desvirgó moviendo de aquí para allá una inverosímil camioneta. Eso, no todo lo otro, se dijo, y volvió a ella, cansado pero convencido.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;Mirá, ¿y por qué hacía mucho que no oías esta canción? Porque yo en mi casa no escucho Calamaro. ¿Y qué escuchás?, le repreguntó, anteponiendo la &lt;i style=""&gt;y&lt;/i&gt; para que la pregunta no fuera bruta como un miembro que penetra sobre un himen que se rompe y abre, sino, en cambio, dulce como un beso que se da en las partes de los cachetes más cercanos a los labios después de servir una café con la tasita del azúcar al lado. Porque yo todo lo que escuché de Calamaro lo escuché por vos –le respondió, mientras se acomodaba la cola del pelo y desviaba la mirada para atender cómo un caballo fosforescente refusilaba en la calle de la vereda del bar-. Y cuando tus viejos se separaron, yo todo lo que escuchaba de Calamaro era en la casa de tu papi, cuando vos nos invitabas antes de ir al colegio y después de salir de él, a la noche. Pero después –continuó, en un insólito arranque de verborragia- vos te fuiste de ahí, te fuiste de los dos lados, de lo de tu vieja y de lo de tu viejo, te fuiste del grupo de los compañeros del colegio, y, bueno, entonces, yo dejé de escucharlo. Fue como un pacto –acotó sarcástico él-, hasta que yo no volviera a tu vida vos no ibas a volver a oírlo, yo era como un sinónimo de Calamaro, motivo por el cual, si yo había salido de tu vida, también él iba a salir de ella, ¿no?, ¿Puede ser?, ¿Qué opinás?, le preguntó por tercera vez, después de que ella no hubiera dicho palabra en las dos anteriores. Sos un estúpido –le escupió-, pero aún así gracioso. Dale, estúpido, terminate la cerveza, yo me ocupo de los manises, que te llevo a tu casa. Bueno, a la casa de tu vieja. Mañana será otro día, y, si bien no hay que laburar, hay que hacer muchas otras cosas, así que: taza, taza, cada uno a su casa. Taza, taza, el que no la gana, la empata, taza, taza, el que no la pierde la empalma, taza, taza, el que no la deja la arrasa, improvisó, mientras se bebía de un sorbo fuerte y largo la poca cerveza restante en su vaso. Se ajustó la bufanda, tomó la campera color crema del respaldar de la silla y se la puso haciendo tiempo para que ella se adelantara hacia su auto, así ella iba adelante y él atrás, él pudiéndola ver desde atrás, como a esa profesora de tenis que todo el club se la quería coger pero qué cara estaba la cuota y siempre llovía demasiado para aprovechar la cancha de tenis de césped.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;El auto arrancó y, como en un cine, él no intentó cruzar su brazo izquierdo por encima de sus hombros. Como en unas de esas clases de conducir que jamás son tales porque siempre son meros prolegómenos de futuros actos sexuales, ver si él huele bien y no tiene mal aliento, si la tiene grande y es un caballero, si no me toca pero me toca tocarlo a mí, siguiendo la línea de su pierna hasta su verga, pero, también, ver si ella no es una frígida y toma la iniciativa, o si -como de costumbre- no me va a quedar otra que tomarla yo, si es una estrecha o no, si le puedo entrar sin miedo de que se rompa, sin miedo que de que no vaya a volver más. El cliente, como el necio, siempre tiene la razón. Y el remedio. Santa conjura. El no hizo nada de eso, y llegaron a destino: la casa de su madre. ¿Quedamos para mañana?, dijeron al mismo tiempo, y la coincidencia -y el miedo, el pavor, el terror- los hizo detenerse al mismo tiempo. Quedamos para mañana, dijo él, confiado, un producto en forma y calidad de los manufactureros colegios humanistas, aun a pesar de lo relativamente derruido que se encontraba, en un letárgico proceso de rehabilitación que se retrasa como un polvo que no llega a su final, que no termina, que van veinte minutos, que ella ya pasó por seis puestos de orgasmo y yo por ninguno, no puedo acabar, me voy a quitar la vida. El plan de mañana, como era de esperarse viniendo de un des-esperado como él, no lo elegiría ella.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;Había pensado en un domingo casero sin ñoquis ni empanadas. Mucho menos felices pascuas o ravioles. Sus épocas de consumo habían pasado. La invitaría a un domingo en soledad en la casa de su madre, con el resto de la familia hormigueando en el primer piso del departamento. Le prepararía mate o café, musicalizaría el encuentro con Monk o Piazzola, compraría una docena de facturas de la panadería más rica del barrio, o, lisa y llanamente, pasaría a buscar uno o dos paquetes de bizcochos de grasa por el almacén del barrio. Cuando se dirigía a la despensa, una hora antes que ella llegara –siempre había sido un chico muy organizado-, recordó cuando, a una compañera de clínica, postsalida de ella de los dos, le propuso que se acercara a su casa, para escuchar al negro que manoseaba el piano y al argentino que tocaba el bandoneón, pero desnudos. Ellos dos desnudos y la música jazzera o tanguera desnudándolos a los dos. Ella, por supuesto, tan señorita, le contestó que no. A los desnudos, no a la música. Estaba entrando al almacén cuando se acordó de aquel otro bar, en la esquina de dos calles, atendido por dos viejos que vivían en la vieja casa de arriba, donde todas las tardenoches, a las nueve, sus respectivas esposas los esperaban con la cena lista, las pantuflas en sus marcas y la televisión encendida. Eran viejos españoles. Gallegos, les decían en el barrio. Habían combatido en la guerra civil española para los republicanos, luchando contra los dictadores fascistas españoles y extranjeros, porque los fascistas, a la hora de serlo, dejaban de ser patrioteriles para volverse resueltamente internacionalistas y perdían todo prurito fronterizo si de evitar la construcción de una república de izquierdas se trataba. Una cuadro de San Martín y un televisor mil pulgadas contradecían el confeso anarquismo de los viejos, quienes no dudaban una cerveza o un sánguche de jamón y queso en acercarse a una mesa si veían a algunos de sus escasos clientes leyendo un libro rojinegro, para apartar una silla, sentarse enfrente o al lado y discutir política: desde &lt;st1:personname productid="la Revoluci￳n Rusa" st="on"&gt;la Revolución Rusa&lt;/st1:personname&gt;, y el lenninistatrotkista exterminio de anarquistas en Kronstadt, hasta la última cívicomilitar dictadura argentina, y la anarcocomunista resistencia libertaria a las persecuciones militares, peronistas y peronistamilitares, y su mosqueteril oposición al vanguardismo militarista de Montoneros, PRT-ERP u OCPO, o al pseudobasismo, diluido por su pertenencia a un movimiento verticalista, de organizaciones como PB, FAR o FAP. Pensó en un puto, una pregunta como respuesta a una pregunta, un alemán revolucionario financiado por la contrarrevolución estadounidense, la tes de una señora protestante, se sacudió la cabeza, y pidió el pedido. Salió de la despensa con una bolsa de plástico –diferente de las bolsas de mercado que usaba su abuela paterna- en la mano derecha y dos paquetes de bizcochitos en su interior. Había pasado media hora, faltaba sólo otra mitad para que ella llegara, y cayera rendida ante el encanto de su propuesta de domingo por la tarde de jazz y tango y mate o café y facturas o bizcochitos de grasa y, sobre todo, charla, mucha charla. Que la vida es corta –pero ancha- y la lengua larga, como la esperanza.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;Nada de eso –dijo ella, media hora después, luego de haber dejado su abrigo y quejidos por el frío exterior en uno de los percheros de la casa de su madre-. Vamos a tomar mate, sí, no café. Vamos a comer bizcochitos de grasa, sí, nada de facturas. Pero no vamos a escuchar al negro ese ni al otro viejo, sino, ¿adivina? ¿A qué no sabés que traje? -le preguntó retóricamente, yendo al mismo tiempo a buscar algo al bolso arrojado a uno de los dos sillones del livingcomedor-. El verde, el ecologista, no el amarillo, el maoísta. Un compilado de cumbia argentina contemporánea inundó el ambiente y expulsó de los ventanales las mil flores que habían florecido por recomendación china. Su madre y hermanas escuchaban los desarrollos de estos sucesos con el pavor -y la curiosidad- con la que se seguían las alternativas de la segunda guerra mundial por las viejas radios. Ella, ajena a todo, incluso a sí misma, no escuchó las ironías de él, ni sus lastimosos pedidos de que no lo hiciera, por favor, no, lo que quieras, pero eso no, y sacó el disco del bolso, se dirigió hacía el anacrónico equipo de audio, abrió la compactera, puso el cd, y las flores maoístas saltaron suicidas por la ventana del primer piso. Con la indeseable consecuencia de que, por ser un primer piso, lejos estuvieron de sacarse la vida, y todo lo que se rayaron fueron un par de raspones. Así cualquiera se suicida. Así no fue como planeé suicidarme yo, dijo para sus interiores. Ella ya estaba dando vueltas planeadoras alrededor de la mesa de madera circundante de los sillones, y lo miraba con una sonrisa entre los dientes que derretía al más duro de los troskoslenninistas. Extendía sus brazos en señal de compañía, como lo realizan los bebés cuando cómodamente pretenden ser alzados -porque nacieron prematuramente o porque vitalmente se mueren de hambre, o porque se cagaron en las patas-, pero él nada, serio como el sartreano que había sido, hermético como el ascético que alguna vez fue, vergonzoso como el pequebús que no podía dejar de ser.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;Dale, che, soltate –le aconsejó, y él se acordó de un libro de autoayuda que había leído a sus once años, de una setentista canción de protesta que, dos por tres, volvía a escuchar por la radio en fechas de aniversarios progresistas, de que un suelto adolecía de la tranquilidad de ser un orgánico. Yo te sigo desde acá –le contestó-, yo bailo con vos desde mi silla, te acompaño con la mirada, le dijo, y ella desestimó su justificación, la arrojó al rio de maoístas flores cuasisuicidadas que se había formado debajo de la ventana. Así no vale, le retrucó ella, y se acercó al equipo de música, no a apagar las cumbiasrocanroleras, eso jamás –le aclaró, ante su inhóspito pedido de que lo hiciera- sino a bajar su volumen, a disminuir la intensidad del fuego musical. Vos sabés que a veces no entiendo cómo te podés quedar tan quieto, le confesó, y le sacó un mate de la mano, mientras con la otra mano se acomodaba el elástico de su corpiño que molestaba su espalda. Porque en el colegio eras igual, hacías exactamente lo mismo -y ya para entonces el mate era un territorio desolado, una zona invadida por tropas de ocupación, y sus manos habían pasado del porongo y su corpiño a los bizcochitos de grasa que moraban por la mesa-. Quiero decir –insistió, ya al punto de provocarle un conato de molestia, una mueca de fastidio-, desde primer año, las pocas veces que salías -porque nosotras siempre salíamos pero vos rara vez-, te decíamos una y otra vez de bailar, de que te enseñábamos para que vos no te sintieras un estúpido pero no, siempre no. Es que como bailarín soy un buen compañero de colegio, le escupió él, pretendiendo pasar por gracioso, intentando mantenerla a una distancia prudencial, no tan cerca como se estaba acercando. No en un sentido físico, pero sí en el más amenazador de los sentidos: el simbólico, el sentimental, el afectivo. Te estoy hablando en serio, boludo –le respondió ella, poniendo paños fríos a las temperaturas que había levantado su ludicismo vulgar, su histrionismo de barrio, sus humoradas baratas con zapatillas de goma-. Te estoy hablando en serio porque estaría bueno que te dejaras querer. Que no siempre levantaras esas barreras que levantás para tener a la gente lo suficientemente lejos como para que no te haga mierda. Que –le concedió-, te aclaro, me parece bien: hay gente de mierda que te suele hacer mierda, pero también hay buena gente que te hace bien. Y vos no estás sólo rodeado por la primera clase de personas, sino también por la segunda. ¿Me entendés lo que te digo? Ni sé para qué digo todo esto, me largo a hablar y me salen una zarta de pavadas. No son pavadas, para nada –la contradijo él, y tomó agua, después de haberme mantenido con la boca cerrada, no sólo para que no entraran moscas por sus labios, sino también para escucharla atentamente, para no faltarle el respeto-. No sólo que no con pavadas –agregó-, sino que está muy bien lo que dijiste, me gustó mucho, y te agradezco mucho por haber tenido la valentía de decírmelo, porque hay que ser muy valiente, dentro de los márgenes del caso –relativizó, no pudiendo con su nada ingenioso genio-, para decir algo como lo que dijiste. En serio, muchas gracias.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;Leo Mattioli amenizaba tímidamente la charla, y el mate ya resultaba intomable, no tanto por lo feo como por lo frío. Lo que ella había dicho, y lo que él le había contestado, había insumido media hora de tarde de domingo, y las caras de Monk y Piazzola miraban expectantes desde uno de los coloridos y añejos muebles del livingcomedor de su madre. Los bizcochitos de grasa aún seguían en el mismo lugar en el que se habían instalado cuando entraron a la casa, sólo que ahora muy mermados en su cantidad, pero él se levantaría a arreglar el mate, a hacerlo de nuevo, a reinventarlo y pensar un poco en la cocina, mientras llenaba de agua la pava llena de sarro para el mate, mientras ponía la pava llena de sarro en una hornalla a mediana temperatura, mientras limpiaba el mate con una cucharita y la ayuda del agua que salía de la canilla derecha de la pileta, mientras rellenaba de yerba el mate y arrojaba el primer sorbito de agua tibia desde la pava llena de sarro al nuevo mate. Mientras, ella se quedaba en el living comedor y no le pedía que le enseñara cómo hacer para que el café instantáneo tuviera espuma en su superficie una vez que se le echaba agua caliente sobre sus cucharadas y las cucharaditas de azúcar, pero sí se levantaba en dirección al equipo de música y subía dos deditos la música, y volvía haciendo pasos de baile a la silla en la que estaba sentada, y, cuando él regresaba, lo recibía con una sonrisa entre los labios que volvía delicioso el mate y luminosa la tarde, volvía a ser la sonrisa que él tanto había mirado y admirado en seis años de secundario, volvía a dispararle una erección y las ganas de coger con ella sólo que ahora de otro modo, ya no sólo animalbestialmente, sino también dulcetiernamente, con flores maoístas saliendo de su vientre y acalorados copos de nieves siendo disparados por su miembro, un nuevo sexo practicado por un proyecto trunco de hombre nuevo y una mujer que jamás en su vida se había planteado ser una nueva mujer. Sin embargo, qué linda que era. Y agradable y dulce y tierna.&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1970873953680837637-1619453100304027931?l=ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com/feeds/1619453100304027931/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1970873953680837637&amp;postID=1619453100304027931&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1970873953680837637/posts/default/1619453100304027931'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1970873953680837637/posts/default/1619453100304027931'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com/2008/07/todos-los-guerrilleros-son-nuestros.html' title='Todos los guerrilleros son nuestros compañeros. Antepenúltimo capítulo de El día que Dalila le enseñó música a Beethoven.'/><author><name>Qué te importa.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13966481193676647640</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SHziPOTgBaI/AAAAAAAAAF4/2fiuqRx8BrI/s72-c/scarlett.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1970873953680837637.post-1174578000877045887</id><published>2008-07-01T14:05:00.000-07:00</published><updated>2008-07-01T14:40:29.513-07:00</updated><title type='text'>No somos más que monos afuera de zoo-lógicos. Cap. X: El día que Dalila le enseñó música a Beethoven.</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://1.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SGqj5aZ7o6I/AAAAAAAAAFw/aje0dXAh5YE/s1600-h/clip_image002.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0pt 10px 10px 0pt; float: left; cursor: pointer;" src="http://1.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SGqj5aZ7o6I/AAAAAAAAAFw/aje0dXAh5YE/s320/clip_image002.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5218163324998099874" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt; &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;- ¿Vos viste lo sola que está la ciudad de noche? Como la luna en una canción de Sabina, sólo que sin luna y sin Sabina -le dijo, después de pasarlo a buscar por el departamento de su madre, dar vuelta a la manzana en el auto de sus padres y enfilar hacia el centro de la ciudad, donde decidirían entre un programa y otro-.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;- Sí, puede ser –respondió él, concediendo más cortesía de la que habitualmente estaba dispuesto a ofrecer-. De todas maneras, te confieso –agregó-, no soy muy devoto ni de uno ni de otra, ni del cantaautor gallego ni de la soledad que tanto gusta a los románticos, esa soledad en la que tanto suelen regodearse y empantanarse para escribir sus trágicas y tortuosas composiciones solitarias.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;- ¿Hablás de las personas que son románticas, esas que regalan ramos de rosas, bombones, te llevan a restaurants caros con velas en la mesa, te envían desayunos o meriendas con deliverys, y que en caso de tener auto te llevan hasta tu casa, y sino te acompañan en taxi o colectivo? ¿Estás hablando de esas personas?, le preguntó ella, mientras buscaba un hueco en donde estacionar el auto, con un copiloto a su derecha que la miraba atentamente mientras hablaba, pero omitía manifiestamente prestar atención a cómo manejaba, a observar lo que sucedía más allá del parabrisas.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;- ¿Sabés qué?: olvidate, por quintoagésima vez en cinco días le respondió, con la diferencia de que, en esta oportunidad, ella no podría mirarlo mal, no podría ponerle la cara de disconformismo que solía ofrendarle cuando pronunciaba esa frase, no podría suspirar y volver a colocar la mirada en otro lugar. Estaba concentrada manejando, buscando un lugar donde estacionar, tratando de no superar las tres maniobras.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;&lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;Bueno, ¿qué hacemos?, le preguntó, mientras bajaba del auto con la campera y la bufanda en la mano, subiéndose disimuladamente el cierre de la bragueta y acomodándose -con aún mayor prurito- el paquete que siempre solía erectarse cuando viajaba sentado con algo sobre sus faldas. Mirá, le dijo, acá, sólo a tres cuadras, hay un lindo lugar donde se come bien, ruedan buena música sin por eso volverse monocordes, y hay un piano de cola a la vista y acceso de los mortales allí presentes: por ahí, si venzo la timidez que ha sabido matarme a goles en todos los partidos que hemos jugado hasta el momento, podría acercarme y tocar las tres cosas que sé de las cuatro clases de piano que tomé hace dos décadas. Por supuesto, lo que tocaría, para martirio de los presentes, vos incluida, lo dedicaría a tu persona: es decir, redoblaría el martirio y la vergüenza que sentirías mientras estés a la mesa comiendo algo y tomando un bueno vino.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;- No me gusta el vino. Preferiría una cerveza en un lugar que se parezca más a un bar que a un restaurant, lo interrumpió secamente, cuando él todavía no había terminado la venta del programa, la publicidad de la noche.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;- Entiendo. Te concedo que, hasta el momento, no te he sabido darte buenos motivos como para que te seduzca ir a este lugar y comer y beber algo allí.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;- Es que no se trata de buenos motivos, sino de comodidades, retrucó, con su voz dulce pero firme, virtudes que los entendidos en el tema confirmaban que también poesía la parte de su cuerpo destacada de las demás por sus prominencias y bellezas. &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;- Está bien. Bueno, como quieras, decidí vos, entonces, adonde vamos. Lo que elijas me va a parecer bien. Seguro.&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;&lt;span style=""&gt;     &lt;/span&gt;&lt;span style=""&gt;   &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;&lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;- ¿Seguro?, preguntó ella, desconfiada del desinterés rebosante en la frase de él, pero, no por eso, menos segura que no quería ir a ese lugar, no por eso culposa de no ir a un lugar donde su acompañante de salida, en primera instancia, le propuso ir.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;- Seguro, más seguro que un moderno modernista y modernoso, o que esas personas que, dejame confesártelo, uno no sabe, o, menos peor dicho, al menos yo no sé, cómo pueden hablar tan seguras cuando hablan, responder con tanta seguridad cuando alguien, en la facultad o la calle, les pregunta algo, qué escribió tal autor, dónde queda Jean Jaures y San Luis, si son felices o no.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;- En fin. ¿Estás seguro entonces? Bárbaro. Entonces borramos este lugar de la lista de posibilidades y vamos enfilando hacia un lugar que, ahora dejame confesarme a mí, me gusta mucho. No es que se coma especialmente bien, o que haya pianos de cola a la vista o al alcance de los que están comiendo en el lugar, pero el barcito está bueno. Va gente copada, pasan música piola. Además, yo voy siempre, me conocen. A veces, incluso, me dejan platos y hasta cervezas gratis. Ya vas a ver, te va a encantar.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;- Si vos lo decís, acotó -irónico y escueto- él, al tiempo que reabrigaba sus manos en los bolsillos de la campera que le había regalado su abuelo paterno, la cual, en realidad, como sucedía con muchos libros y discos, se la había robado. Reajustó su bufanda dylanita -no dylaniana- alrededor de su flaco cuello, un cuello hablado por una nuez de Adán que jamás le había ofrecido ninguna fruta prohibida a su vecina Eva preferida, la misma bufanda que, junto con la campera color crema que le había robado a su abuelo paterno y su arremolinado pelo castañoclaro, lo volvía muy parecido, prácticamente igual, al Bob Dylan de 1966, ese de &lt;i style=""&gt;Blonde on blonde&lt;/i&gt; y todo lo que se sufre no sólo cuando se esta enamorado de alguien que también esta enamorado de uno, sino, también, cuando se está enamorado de una persona que nos acaba de dejar, que acaba de dejar de estar enamorada también de uno, que acaba de romper el hechizo, la co-incindencia, la correspondencia. Alguien que no ya no sólo no nos responde las cartas, sino, incluso, alguien que ya no las recibe, que pactó con el cartero que las tiré en el jardín o la calle antes de molestarla y tocarle el timbre para esa nimiedad, alguien que ya no gasta tinta o huellas dactilares para apuntar hacia nuestras direcciones postales o cibernéticas. Alguien que no era el alguien que él ahora tenía en frente, un alguien que podía ayudarlo a olvidarse de que él también, alguna vez, había dejado de ser alguien.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;Ese alguien, alfombrada en similares camperas y bufandas, al mejor estilo de una vanguardia lenninistatrotkista, lo había conducido hacia el bar en cuestión: una taberna de mala muerte y similar vida donde una rockola suplantaba al piano de cola, aunque nadie jamás pusiera una ficha en ella, aunque nadie nunca gastara un peso que podía contribuir a la próxima cerveza en elegir los siguientes tres temas que educarían el bar. En el mismo, con igual desenfado y desenfreno, sonaban desde Los Redondos hasta Antonio Ríos, desde Charly García hasta Rodrigo, desde The Rolling Stones –que jamás eran llamados así por sus habitúes: ellos les decían los rollings- hasta Leo Mattioli. Ni siquiera &lt;st1:personname productid="La Mona Jim￩nez" st="on"&gt;&lt;st1:personname productid="La Mona" st="on"&gt;La Mona&lt;/st1:personname&gt; Jiménez&lt;/st1:personname&gt;, sarcástico -al cabo de media hora de escucha y cervezas y manises y plática- pensó él, cuando ella ya se había sacado la campera y la bufanda, y el sueter que lucía –y hacía lucir- parecía ser la próxima estación de lo que se iba a dejar en la silla para que el del frente pudiera ver un poco más. Hay toda una erótica, una lúdica y una pornografíasoft, en la forma en que uno, en invierno, cuando entra a un lugar cerrado, se comienza a desprender de lo todo necesario para poder andar por afuera durante la estación más poética pero menos popular del año, pensó, y, ya para ese momento, su escudriñamiento de las piernas y el torso de su interlocutoracompañera de salida había dejado de ser disimulado para volverse manifiestamente explícito.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;- ¿Te diste cuenta –le preguntó ella- que ninguno de los que están en este bar tienen nada que ver con vos?&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;Él se la quedo mirando, con la vista fija en sus ojos, con cuatro de los cinco dedos de su mano izquierda tapando sus labios, acomodando de a instantes sus anteojos, fascinado porque no podría entregarse ni hacia la desconfianza ni hacia la complicidad que le generaba, internamente, intestinalmente, esa pregunta.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;- ¿En qué sentido lo decís?, le repreguntó él, calculador, frío, un poco a la defensiva pero más que nada sintiéndose la mala imitación de esos buenos jugadores de pocker que no necesitan saber si la mano les repartió buenas cartas para redoblar la apuesta o retirarse, esos jugadores que con sólo ver la cara de sus contrincantes, sus expresiones y muecas, sus suspiros y silencios, la forma en que parpadean o miran alrededor de la mesa, saben si van a ganar o no, si se quedan o se van a al mazo.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;- En el único sentido posible, le respondió ella, levantando los hombros y abriendo su mano izquierda hacia su mismísima izquierda, mientras estiraba la derecha para acercar el vaso de cerveza que calentara, con su frialdad, como la nieve que quema y el calor que enfría, su garganta profunda por la que tantas palabras habían pasado.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;- En todos y cada uno de los múltiples sentidos posibles, dijo en voz alta, menos para su interlocutora que para él, testeando si todavía podía recordar mucho de lo que había necesitado olvidar para poder seguir con vida en su vida misma. Qué bar de mala muerte, eh, le espetó en un tono que alejaba de sus palabras todo posible sentido de seriedad, pero consciente, muy al tanto, que diciéndole eso, con una pretendida orientación lúdica y agónica, escapaba de responderle su molesta pregunta sobre su consciencia o inconsciencia sobre la alteridad otra que lo rodeaba en el bar. Un bar en el que estaba bien, no cómodo, pero sólo porque estaba con ella, no por la música, ni por la bebida, ni por la decoración, ni por las mesas vecinas.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;- Mirá, la verdad que, sí, me doy cuenta que no poseo demasiado en común con muchos de los que me rodean, pero, dejame decirte, creo que vos tampoco.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;- Te equivocás -lo contradijo-, soy amiga de muchos de ellos. Además, cómo te dije, y por lo visto no me escuchaste, yo vengo acá todos los fines de semana. Me gusta lo barata que está la birra, la música que pasan y la buena onda de los dueños del bar. Y de la gente que viene al lugar. &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;Cuando le contestó eso volvió a sentir la violencia que, de un tiempo a esta parte, desde su enfermedad mediada por la internación que había intentado co-operar a su rehabilitación, le generaban las discusiones, las diferencias. De un preadolescente que sentía, corporal e intelectualmente, el placer de debatir por el sólo gusto de hacerlo, de llevar la contra, con el paso de una década había pasado a ser un postadolescente, un preadulto, que se amedrentaba ante el intercambio de opiniones disidentes, ante la violencia simbólica de comenzar la primera oración después de la última de su interlocutora con una negación o, en el más políticocorrecto de los casos, una relativización, ante la inevitabilidad de tener que sacarte los ojos, las palabras y los gestos al momento de tener que elegir a qué lugar ir, qué bebida tomar, qué conjunto musical escuchar. Ni siquiera &lt;st1:personname productid="La Mona Jim￩nez" st="on"&gt;&lt;st1:personname productid="La Mona" st="on"&gt;la Mona&lt;/st1:personname&gt;  Jiménez&lt;/st1:personname&gt;, había vuelto a pensar en la siguiente media hora de estadía en el bar entre cervezas, picadas y rocanrolescumbieros.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;O cumbiasrocanroleras, se corrigió. Bueno, está bien –le dijo, retomando la conversación que había quedado trunca&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;por su silencio atemorizado por la temeridad de la contestación de su compañera-, puede ser que vos tengas mucho en común con ellos. Pero, entonces, tenés poco en común conmigo. Sí así fuera, ¿qué hacemos acá esta noche?, ¿por qué estamos tomando una cerveza y charlando como si nada, como si no hubieran pasado seis años entre que terminamos el colegio y empezamos otras cosas?&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;- No sé –le contestó ella-, decímelo vos a mí. Vos fuiste el que me chistó e invitó a subir. El que me ofreció mate aguado y me dio charla por más de seis horas. El que no quería que me fuera de la casa de su madre. El que, sin decirme nada, me obligó a que fuera yo ya la que tuviera que invitarte a salir el fin de semana. Porque si esperaba que lo hicieras vos podíamos estar hablando otras seis horas que jamás lo ibas a hacer.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;- Eso es científicamente cierto –le reconoció, con pocas palabras, mucha timidez, y algunos nudos que volvían a formarse en el estómago, le retorcían las tripas antes que excitarlo o encenderlo, lo obligaban a recodar lo que había sentido por esa muchacha, ahora mujer, sentada en la silla de enfrente a su mesa, en la secundaria, mucho antes de obsesiones, locuras, psiquiátricos, muertes en vida y recuperaciones.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;- A mí lo científico me importa una mierda, la ciencia me importa tanto como saber cómo salió Argentinos Juniors en la última fecha de fútbol. Lo científico me refala, me chupa un huevo, le contestó ella, violenta pero educadamente, y él volvió a sentir esa violencia, esa incomodidad, esa regresión a seis años que no habían sido los seis años que había compartido con ella y su culo y todos los deseos que tenía de cogerla por atrás, pasional pero educadamente, suave y delicadamente, como alguna vez, durante sus interrumpidos estudios universitarios, había escuchado de boca de una periodista radial decir que así hacían el amor los hombres de izquierda, como, por ejemplo, su esposo, otro periodista progresista trabajador de uno de los mayores multimedios mediáticos del país. Al igual que ella. La periodista radial en cuestión, progresista y enemiga de los filósofos llamados posmodernos, había concluido los estudios universitarios que él no había podido finalizar por insanías varias.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;- Entiendo que no te importe -le aclaró- lo mío no fue más que un chiste -aunque la aclaración resultó injustificada, infundada, estuvo absolutamente de más-. Seguro que un chiste malo, innecesario, inoportuno.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;- Ningún chiste es malo –le retrucó ella-, y menos los tuyos, ya te lo dije. Seguís sin escucharme. Así vamos mal. No sé a dónde vamos a llegar. Y eso que esto es recién el comienzo de la salida. Todavía queda la tercera o cuarta cerveza y después, obvio, ir a bailar. A mover las cachas, el cuerpecito, el esqueleto.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;Si un dibujante hubiera visto la expresión dibujada en su cara -no en su miembro- después de escuchar esto, la podría haber descripto como dos comisuras de los respectivos sectores de la boca que, mágica y misteriosamente, fueron pescadas por anzuelos que desde cañas parapetadas en el primer piso del bar se lanzaron sobre ellas, y, habiendo pescado lo buscado, comenzaron a recoger la caña, a traer sobre sí el pez todavía vivo por lo mojado pero a punto de morir por lo seco y golpeado, es decir, dos labios, uno superior y el otro inferior, que comenzaron a hacer lo necesario para que la boca apunte hacia arriba, y la cara hacia el mundo, y los dientes hacia el afuera, y la vergüenza muerta. Si, cinco días atrás, había sido ella la que había conquistado el milagro pagano de que sus dos pómulos comenzaran, tímidamente, a extenderse sobre sus costados y ya no se quedaran, siempre, quietos en sus lugares, levantado la mano para hablar, ahora, nuevamente, era ella la que, después de meses y semanas y días, le robaba una sonrisa. Y no tenía pensando devolvérsela. &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;Creía en la propiedad, no había leído Proudhon, detestaba los pianos de cola aunque tenía un flor de orto que él había gozado muchísimo en sus seis años de colegio, pero, sin embargo, lograba lo que nadie más, conquistaba nuevos continentes igual de previamente habitados pero últimamente no muy visitados, era una mujer que, a fuerza de simplezas -y negativas, cervezas y discusiones- lograba mover las montañas que él había intentado mover por seis años pero no había podido, lo habían movido a él, lo habían movido y cogido y violado y humillado. Ella, entre los rollings y Leo Mattioli, bien lejos de The Beatles y Dylan, ni hablar de Schubert y Bartók, había cachado perfectamente lo que se jugaba en la mesa, lo que mediaba las cervezas y los manises, había radiografiado un esqueleto que no se había movido por meses después de haber intentado moverse demasiado. Había, en fin, invitado a bailar cumbias y rocanroles, cumbiasrocanroleras y rocanrolescumbieros, a un joven que había bailado con la más fea. Y no había sabido bailar, la había pisado, le había dejado los pies como tobillos esguinsados. Y había bailado con la más fea, a pesar de todo lo lindo y culto e inteligente y castañoclaro y parecido al Bob Dylan del ’66 que era. Es que, como escribió un in-mundo en algún libro, las apariencias nunca –siempre- engañan.&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1970873953680837637-1174578000877045887?l=ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com/feeds/1174578000877045887/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1970873953680837637&amp;postID=1174578000877045887&amp;isPopup=true' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1970873953680837637/posts/default/1174578000877045887'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1970873953680837637/posts/default/1174578000877045887'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com/2008/07/no-somos-ms-que-monos-afuera-de-zoo.html' title='No somos más que monos afuera de zoo-lógicos. Cap. X: El día que Dalila le enseñó música a Beethoven.'/><author><name>Qué te importa.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13966481193676647640</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SGqj5aZ7o6I/AAAAAAAAAFw/aje0dXAh5YE/s72-c/clip_image002.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1970873953680837637.post-6441504520077071316</id><published>2008-06-26T06:17:00.001-07:00</published><updated>2008-06-26T17:34:05.883-07:00</updated><title type='text'>Cáp. IX El día que Dalila le enseñó música a Beethoven: Telegrama de despido.</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://1.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SGOX2OB7PfI/AAAAAAAAAFo/IkjxaJh9xQY/s1600-h/clip_image001.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0pt 10px 10px 0pt; float: left; cursor: pointer;" src="http://1.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SGOX2OB7PfI/AAAAAAAAAFo/IkjxaJh9xQY/s320/clip_image001.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5216179751160069618" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;    Cambió la yerba, recalentó el agua, desmontó los montes de su autismo y ella ya estaba ahí, sentada en una de las desvencijadas sillas del livingcomedor de la casa de su madre, con su envidiable orto sobre almohadones y maderas, y él en frente, mirándola, robándole a su mamá la sonrisa que le había ofrendado para dársela ahora a ella, con todo lo que se la quería dar. La conversación fue de rigor. De rigores, disciplinas y honores. ¿Qué hiciste en los últimos seis años?, bueno, muchas cosas, entre ellas volverme loco, lo cual desató, nuevamente, su espectacular y estruendosa risa, esa que tanto le había gustado en el secundario, uno de los motivos por los cuales se había enamorado de su persona. Terminó de reírse, recuperó la compostura estoica, recompuso su bello cuerpo en la silla, y le continuó preguntando si hablaba en serio, si, una vez más, no le estaba tomando el pelo, porque vos, durante seis años, durante los seis años del colegio, no hiciste más que reírte de mí, de nosotras, de todo el grupo de amigas, recordándonos, cada día, lo tontas que éramos, lo poco cultas que resultábamos para vos, y todo, obvio, con esa forma de hablar tan tuya, esa forma de hablar por cantidades y hasta por los codos, así que ahora, deenserio, dedeveras, si querés que me tome en serio lo que acabaste de decirme, boludo, aclarame si estabas hablando en serio o en joda. Lo que te dije, querida, fue tan en serio como una frase solemne y grandilocuente de Sartre. ¿De quién?, le preguntó sorprendida ella, cuando ya le había arrebatado el termo y los mates ahora estaban a cargo de su cebada y endulzamiento. Por favor, no le pongas azúcar, acotó él, vos sabés que sigo igual que siempre, los mates dulces me parecen empalagosos: además, como bien sabés, para dulce estoy yo, y si tomo o como más dulce me hago caramelo, y entonces necesito alguien que me revuelva, y no sabés lo solo que he estado de dos años a esta parte. ¿Quién es Zartrre?, insistió ella. ¿Quién?, repreguntó él, mientras su madre bajaba y subía las escaleras y la empleada doméstica se despedía de la casa hasta una nueva jornada laboral. No sé, respondió entre dubitativa y molesta ella, eso o ese que me dijiste que era solmene y no me acuerdo que otra cosa más, eso que nombraste cuando me dijiste que lo que me habías dicho iba en serio. Ah, ok, entendió él, Sartre, está bien. Sí, bueno, un filósofo francés, no importa. Un pelotudo. Pero, sí, lo que te conté es absolutamente cierto. Pero, por favor, te sentiste identificada con mi interpelación, te bajaste de la bici, te acercaste hasta la casa de mi madre, aceptaste mis mates fríos y aguados, bajo ningún punto de vista vamos a hablar de mí, no vamos a seguir reproduciendo lógicas secundarias. Por el colegio, claro, no por no importante, aclaró él, pero ella no lo había entendido desde la primera oración. Bueno, en fin, contame, ¿en qué andás?&lt;br /&gt;   Él hizo la pregunta y ella abrió el paraguas. No para defenderse de aquella, o de una potencial fuga de símenores saltando desde el piano de su hermana, sino para desplegarse ante él. Menos para abrirse de piernas ante su progresivamente erecto miembro sino para contarle sus intimidades, sus más bochornosas y vergonzantes intimidades de los últimos seis años. La verdad, lo cierto verdadero, es que no tengo mucho para contarte, se justificó ella, mientras ataba su lacio pelo con una de esas gomas que, anudadas entre el dedo pulgar y el dedo gordo de la mano, simulan la forma de una pistola, una de esas que su tío y su tía dispararon cuando eran guerrilleros de organizaciones políticomilitares de los setentas, cuando eran subversivos de asociaciones ilícitas terroristas, le había escuchado decir alguna vez a su padre, sos un facho, no tenés respeto ni por los muertos, con lo desaparecidos no se jode, había sido todo lo que su madre, furiosa pero contenida, indignada pero sin perder los carriles de los intocables derechos humanos, le había respondido.&lt;br /&gt;   No tengo demasiado para contarte: comencé una carrera que dejé al poco tiempo, me puse de novia, le puse muchas fichas a eso, pero terminé en rojo, me fui a vivir sola hace poco, y estoy trabajando en un laburo que no me satisface pero es lo que hay: ¿qué le voy a hacer?, seguro que esta vida no es la mía, por ahí en la próxima me toca algo mejor, remató mientras se reía, intentando quitarle dramatismo y tragicidad a lo contado. Cuando lo hizo, cuando se rió una vez más, su pija se paró otros tantos centímetros, y pensó en patagonias y orgasmos.&lt;br /&gt;Su madre había seguido su relato desde la cocina, simulando no escuchar, pero sin haberse perdido una sola palabra de lo dicho por su compañera de buen culo y sonrisa compradora. Cuando se fuera, le reprocharía a él, justamente a él, que ella no hubiera seguido estudiando, que hablara de otras vidas, que fuera tan conformista. Él no le dijo nada, no tenía fuerzas, pero algo en su mirada había cambiado, la miraba con ojos que mezclaban desconfianza y distancia, algo de desdén y mucho de respeto.&lt;br /&gt;   Bueno, che, eso fue lo que hice en los seis años. Estuvo tentado de preguntarle ¿nada más?, pero hacía sólo cuarenta y cinco minutos que había entrado en la casa de su madre, hacía más de seis años que no se veían y, aunque cada minuto estaba mejor, lo cierto es que tampoco juntaba proteínas como para preguntarle semejante cosa: más con esa cosa que tenía en la parte posterior de su cuerpo, la que alejaba todo tipo de pregunta molesta o incordiosa. Che, ¿y, vos?, ¿qué contás?, ¿qué hiciste en este tiempo?, le preguntó, mientras él miraba con ojos de fuego a su madre, quien insistía en quedarse en la cocina simulando no escuchar, cuando a esa altura de la conversación era evidente que no tenía nada qué hacer, y que todo lo que quería era oír lo que hablaban, lo que decía esa chica que estaba sentada en su livingcomedor, en una de sus derruidas sillas, esa chica que había logrado lo que nadie en la familia, que él dejara de mirar la ventana y la avenida, que dejara de escuchar Schubert o Bartók como un tren que pasa ante el que se piden deseos, que dejara, en resumen, de ser un vivo en vida con una vida más cercana a la muerte que a la tan mentada viveza criolla. Su madre entendió el mensaje que su mirada connotaba, y subió las escaleras hacia su habitación, dando, con cada paso, una muestra de la incomprensión que la alejaba de su hijo, y dejando, en cada escalón, una huella de la rabia provincia que de allí en adelante profesaría para con esa muchacha: la piba de buen culo, pelo lacio y sonrisa insoportable. Finalmente, el psicoanalista freudianoantilacaniano tenía razón. Toda una paradoja: un psicoanalista con razón. Su madre estaba ganando un hijo en progresiva pero lentísima recuperación de su patología, pero estaba perdiendo un esclavo, un sirviente familiar, un dependiente fulltime, una persona que no podía valerse por sí misma.&lt;br /&gt;   Más vale que vale la pena que hayas conseguido un trabajo para irte de tu casa, independizarte de tus padres, dar tus primeros pasos en la senda de la autonomía, le dijo, mientras ella lo miraba con mas asombro que atención, pensando -sólo por momentos, y sin demasiada profundidad- cómo alguien notoriamente desmejorado, muy flaco y desarreglado, podía hablar de esas cosas: autonomía, independecia, sendas. Nada sabía de guevarismos, pero sí de la vida, a la que intuía como un camino arremolinado, laberíntico y contradictorio. Por lo que me decís, le dijo él, cuando me decís que tu vida presente es ingrata y que esperás de la futura la gratitud negada en el presente,  me estás diciendo que tu vida es enmarañada, confusa y paradójica, algo sin entrada y sin salida, sin soluciones finales ni coherencias internas, algo que te excede y te hace a vos antes de que vos te puedas mosquear y comenzar a intentar hacerla vos a ella. Sí, qué sé yo, comentó ella, la verdad que las cosas no me han salido bien, o sea, como yo quería, capaz que esto fue así por responsabilidad mía y de nadie más, pero, igual, espero que más adelante o en futuras reencarnaciones me vaya mucho mejor que hoy por hoy. Es probable, aportó él, ojalá. Tal vez, quizá, agregó, tampoco necesites de mucho más allá en el tiempo, ni de potenciales pero improbables vidas futuras. ¿Lo qué?, preguntó ella, notoriamente molesta, incómoda de que le dijera cosas sin terminar de decírselas, siempre a medias, faltando una parte de lo dicho, que, claro, siempre se podía interpretar erróneamente, y, agarrate Catalina, ahí los malentendidos incendiaros de la subjetividad eran más la regla que la excepción. No importa, olvidate, propuso él, y, ante su mirada seria y escudriñadora, le devolvió el mate, seguramente lo único que, en esa mesa, poseían en común. Ella lo quería entender, pero no podía, él hablaba siempre tan confuso, aún a pesar del paso del tiempo, su delgadez y sus ojeras -que le sobran a tus ojos, corazón-. El se la quería coger, pero no podía, además de que no se lo había propuesto, ni siquiera sugerido. Así pasó la tarde, entre mates e incomunicaciones, pero con mucha mística de por medio, un ángel asexuado, armado de flechas, ametralladoras y novelas, había sentado posición en el centro de la mesa del livingcomedor de la casa de su madre y desde allí intermediaba todo lo que fuera para un lado como para el otro, restituía esa tranquilizante sensación de lo conocido a una mujer que hacía años decía no sentirla, y traía nuevamente a la vida, con más pausa que prisa, a un joven que empezaba a mirar con malos ojos ya no sólo su biblioteca, la de su madre o el piano de la más menor de sus hermanas, sino, también, a su madre misma.&lt;br /&gt;   Él había pasado, con incontables interludios patológicos e intermezzos depresivos, de la autoobservación destituyente, del obsesivo repliegue sobre sí mismo, hacia el avistaje de lo exterior, hacía la crítica crítica y constructiva, no por eso menos anarquista y destructiva, de todo lo que lo rodeaba. Fundamentalmente, en lo que a ámbitos familiares respectaba. De haber querido asesinar a la mayor de sus hermanas menores, de haberse sentido apenado por la del medio –mientras tomaba una ducha en su departamento de enfermedad, después de haber tomado cocaína y anfetaminas hasta por el orto- porque iba a tener un hermano loco, vuelto demente, atado a un chaleco de fuerza y encerrado en la habitación menos accesible del hogar, había pasado, después de psiquiátricos y progresivos pero aletargados procesos de recuperación, a comenzar a descargar toda la furia que otrora descargara sobre sí mismo sobre el mundo que lo rodeaba. Sobre su madre, su casa, su barrio. Sin ningún tipo de violencia física, sin jamás haberle levantado la mano a nadie, había comenzado a considerar la posibilidad de dejar de agachar la cabeza, de dejar de ser una subjetividad estoica y replegada sobre sí para pasar a ser una psique lúdica y erótica, en franco desarrollo sobre el mundo circundante, en ininterrumpido ascenso hacia la toma de las riendas del cielo que alguna vez había intentado copar pero no había podido: las fuerzas represivas de su consciencia lo habían estado esperando agazapadas detrás del portón del regimiento de su intento, y, una vez que entró, notoriamente delatado por filtros que simularon ser histriónicos pero resultaron ser enloquecedores, jugadores a dos bandas sobre el verde billar de una subjetividad en trance, resultó fusilado, en un refusilo de fuegos naturales y balas de plomo, por esas fuerzas que simularon ser propias pero resultaron ser contras, fuerzas que hicieron fuerza para que un joven lúdico y erótico no pudiera recorrer la transición hacia un hombre serio pero calmo en un marco de paz mental y estabilidad psicológica.&lt;br /&gt;   Cuando terminó de pensar esto, ella ya estaba volviendo de la cocina de la casa de su madre con un nuevo mate recién preparado y la invitación entre los dientes de hacer algo el próximo viernes, a cuatro días del lunes sobre el que pisaban. Sí, claro, le respondió él, cuando ella le formalizó la propuesta. Te aclaro, le confesó, que, por motivos varios, poco más, poco menos, hace tres años que no salgo a ningún lugar, por lo cual, muy seguramente, no voy a ser justamente el mejor de tus acompañantes para una salida divertida. Dejá de llorar y atajarte, y tomá el mate, ¿querés?, le respondió ella, con esa simpática sonrisa entre los dientes de la que nunca se distanciaba, segura,  convencida de que entre los dos algo positivo iban a poder construir. Mirá, nos aguantamos por seis años, ¿no nos vamos a poder aguantar seis horas?, le preguntó irónica, mientras él chupaba la bombilla, pero, en verdad, deseaba estar chupando otras cosas. Se imaginaba lamiéndola a ella, limpiándola como un gato que no se basta a sí mismo y necesita de la colaboración de sus pares. Es cierto, es cierto, aunque, dejame decirte, falsa modestia aparte, me parece que, en realidad, no fue tanto que nos aguantamos durante seis años, sino, más bien, que vos, o ustedes, me aguantaron durante toda la secundaria. Yo, por entonces, era insoportable: soberbio, pedante, verborrágico. Dejate de joder, lo interrumpió, no te mandes la parte. Vos lo dijiste, en una de esas tantas aclaraciones que haces y resultan tan insoportables: lo que dijiste es un buen ejemplo de la mala falsa humildad que tomaste como hábito desde que terminamos el colegio, desde hace seis años. Es verdad, continuó, vos eras sobrador, agrandado y charlatán, pero también simpático, siempre haciendo muchos chistes muy divertidos, dulce, eras uno de los compañeros que mejor trataba a las mujeres, e inteligente, todo el tiempo respondías bien las preguntas que los profesores hacían, y eso, dejame decirte, la simpatía, la dulzura y la inteligencia, si bien no justifica la pedantería, la charlatanería y la arrogancia, de algún modo las compensa, o, digamos, mejor dicho, las pone en su sitio. O sea, es verdad, vos eras agrandado, verborrágico e insoportable, pero también eras tierno, cariñoso y soportable, ¿me entendés?&lt;br /&gt;   Desde que pronunció la segunda palabra la había entendido perfectamente, lo que decía, pensó, era elemental, pero, sin embargo, no la interrumpió, la dejó extenderse sobre el cuerpo de su discurso y las paredes repletas de cuadros y porquerías del livingcomedor de la casa de su madre. Mientras, al modo de una cinta transportadora, ella se deslizaba sobre la cadencia inconsciente de sus palabras, él miraba su cuerpo y lo admiraba, lo pulía en su cerebro, se imaginaba entrando y saliendo de su sexo y a ella arriba de su miembro o protegiéndolo con su boca de la locura del mundo exterior, de la agresividad de las vidrieras de las librerías, del frío que chambergos, bufandas o camperas no podían aplacar. Imaginaba su boca sobre su sexo, la boca de ella sobre su erecto miembro, como una bufanda alrededor de la corteza de la piel de su verga, sus manos suaves bajando y subiendo por el trampolín vigoroso de su pija como un ascensor que perdió los estribos de su botonera y no sabe dónde parar y abrir sus puertas, su pelo lacio y morocho sobre su vientre como una lluvia de cosquillas que lo protegería de las incontinencias violentas del afuera. Se imaginó todo eso, pero ella ya había terminado de hablar hacía un minuto y, expectante, esperaba su respuesta, su confirmación o negación de que la había entendido, de que, después de todo, él no había sido tan malo en su pasado, no había resultado tan cruel con sus compañeras o amigas de colegio. En ese momento se acordó de otra de sus compañeritas, ya no de vecinitas con irresistibles perfumes o singulares formas de presentarte en público en el livingcomedorpieza de la casa del amor de su vida, sino de su compañera carnosa y tetona, la que tantas veces le había chupado la pija o lo había dejado penetrarla por el orto, esa boca, concha o culo en el que tantas veces había acabado, en las rateadas de Inglés o Química, antes de las partidas de pingpong o ajedrez, después de las rabonas futbolísticas e invertidas tenísticas. Se acordó de ella y ya no se sintió tan mal como antes. No estaba seguro si eso era bueno o malo, en rigor de verdad, por entonces, estaba seguro de muy pocas cosas, pero eso fue lo que sintió, lo que sus tripas y su carne le comentaron. La miró de vuelta a su interlocutora, bien mirada, como se observa a los amores para toda la vida, y le dijo gracias sin decírselo, silenciosamente, telepáticamente. Quedaron en encontrarse el viernes a las diez de la noche en la esquina de la casa de su madre, la confluencia de una sureña avenida y una calle que conduce a los recintos más coquetos de un clasemediero barrio, y esa misma noche, seguramente entre las veintidós y las veintitrés, decidirían qué hacer, si ir a cenar o al cine, si cena-cine-café o café-cine-cena, si tu auto o nos tomamos un taxi, si vino o cerveza, si nos cogemos y acabamos en tu casa o en la mía. Los hoteles alojamientos estaban repletos, una delegación de filósofos franceses homosexuales atestaba la ciudad.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1970873953680837637-6441504520077071316?l=ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com/feeds/6441504520077071316/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1970873953680837637&amp;postID=6441504520077071316&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1970873953680837637/posts/default/6441504520077071316'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1970873953680837637/posts/default/6441504520077071316'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com/2008/06/cp-iv-el-da-que-dalila-le-enseo-msica.html' title='Cáp. IX El día que Dalila le enseñó música a Beethoven: Telegrama de despido.'/><author><name>Qué te importa.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13966481193676647640</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SGOX2OB7PfI/AAAAAAAAAFo/IkjxaJh9xQY/s72-c/clip_image001.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1970873953680837637.post-1684033168931321222</id><published>2008-06-24T22:09:00.000-07:00</published><updated>2008-06-24T22:20:28.312-07:00</updated><title type='text'>De risas y sonrisas.</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://3.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SGHVWqdVA1I/AAAAAAAAAFg/8TryQtgqP-Y/s1600-h/paris,+texas.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0pt 10px 10px 0pt; float: left; cursor: pointer;" src="http://3.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SGHVWqdVA1I/AAAAAAAAAFg/8TryQtgqP-Y/s320/paris,+texas.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5215684428802884434" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt; &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;Sucede que conozco a una mujer –porque es una mujer y no una mina o una muchacha o una piba- que, tripartitamente, piercianamente, posee asombrosos parecidos estéticos con una actriz actuando en una película sometida bajo los designios de una método –no &lt;i style=""&gt;científico&lt;/i&gt;, no-, una vieja guerrillera integrante de una organización políticomilitar marxistalenninista de los setentas en &lt;st1:personname productid="la Argentina" st="on"&gt;la Argentina&lt;/st1:personname&gt; –una integrante de esa guerrilla antepuesta en la película &lt;i style=""&gt;Trelew. Una fuga que fue masacre&lt;/i&gt;- y con una actriz -una mujer de la que por estos días me enteré que es una actriz- cuya foto poseemos y observamos y disfrutamos en el margen izquierdo superior de la pantalla.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;No es menor que una mujer –porque, repito, es una mujer y no una mina o una minita o una señorita- sea parecida, al mismo tiempo, a tres mujeres, y más teniendo en cuenta el porte y deporte de estas tres mujeres. Una mujer linda e inteligente, que, en la película &lt;i style=""&gt;El método Gronholm&lt;/i&gt;, se ofrece a quedar embarazada de sus competidores para un puesto laboral-potenciales compañeros de trabajo, sólo con el objetivo de quedar seleccionada para la próxima ronda de entrevistas. Otra mujer, vieja pero igualmente bella, de hablar pausado y sabio, que relataba -lo recuerdo aún hoy como si hubiera observado la película ayer- cómo los &lt;i style=""&gt;presos comunes&lt;/i&gt; del penal de Trelew observaban a los guerrilleros de Montoneros, FAR y el PRT-ERP –&lt;i style=""&gt;presos políticos&lt;/i&gt;- que se escapaban de la cárcel, con el silencio que comportaba, al mismo tiempo, el respeto que les profesaban y el deseo de que su fuga saliera bien, lo cual sólo en parte fue así. Y la última mujer, la de la foto, foto pequeña que antepone una belleza grande, mirando hacia atrás como si buscara algo: ¿qué busca, qué no puede encontrar? Vetusta a saber.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Y esta mujer –porque es una mujer y no una chica que se hace pasar por &lt;i style=""&gt;el amor de su vida&lt;/i&gt; de todos los muchachos que pasa por su espada mágica-, además, como si lo anterior fue poco y polvo, posee una sonrisa que huele a patagonia, que rebosa y rebalsa de sures y mares y arroyos y paisajes. No es tanto que su sonrisa sea azul –no, no, no: &lt;i style=""&gt;azul, como el mar, azul&lt;/i&gt;-, sino, menos peor, que su sonrisa es sureña –en el sentido no geográfico y mucho menos despectivo de la construcción-, ruidosa pero propia de un alegre intermezzo de buena música clásica o de las más inspiradas improvisaciones jazzeras, una sonrisa que provoca cosquillas pero también erecciones, atenciones, conatos de beso, enternecimientos y tristezas; innegables tristezas, cuando uno, en el living comedor de su casa, en frente de la ventana que da al balcón, al pulmón interno o al patio interior de nuestros –cabeza de departamento- dos, tres o cuatro ambientes, abre la boca y vuelve a ver –oh mi dios, oh boy, oh girl, como cantaban The Beatles- sus dientes, nuestros dientes, nuestra sonrisa: la cual, obvio y desde ya, jamás va a ser como aquella, jamás va a ser sureña y clásica y jazzera y erótica y patagónica, y no.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Además, como si lo anterior fuera poco, como si lo anterior fuera nadar, esta sonrisa, equilibrada y contorsionista, más dionisiaca que apolínea, implica una contorsión del cuerpo, una con-torsión corporal, un gesto lenguajero, silencioso y significativo, consentido y con-sentido, estruendoso y molotov. Ese tipo de sonrisa, para escándalo de los escandalosos y radicalización odiosa de los estúpidamente enamorados, comporta un arrojarse hacia atrás de los hilos corporales, una suerte de suspensión temporariaespacial de la humanidad de la sonriente. Al mejor estilo del viejo Michael Jordan entrando en bandeja en los hoy alicaídos Chicago Bulls, o del por entonces joven pero hoy también viejo –tiene prácticamente treinta años, y uno sólo un cuarto de siglo- Pablito Aimar con su suspendido –por lo antigravitatorio, no porque el gol no se contabilizara- tanto en el mundial sub-20 de Qatar de –hace ya once años, cómo pasa el tiempo: vení a contarme &lt;i style=""&gt;que veinte años no es nada&lt;/i&gt;- 1997 de cabeza, esta sonrisa es un estilo de sonrisa que, primero, arroja hacia atrás el cuerpo propio, el cuerpo de ella que sonríe y nos sonríe, pero que, luego, atrae hacia sí los cuerpos ajenos, los cuerpos –cósmicos, cómicos, cosméticos- que por allí anden rondando, y hayan observado y disfrutado al mismo tiempo que padecido la sonrisa.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Esta sonrisa, entonces, rebalsa de campings, caminos y fríos, esos campings que todos conocimos cuando fuimos al sur –cuando, en la intelectualoide porteña, estaba de moda ir al sur, antes de viajar al norte o relajar en aquellos costeros pueblos del Uruguay que, en los sesentasetentas, hicieron de alojamiento de los integrantes de las organizaciones políticomilitares buscados por fuerzas represivas internas y externas-, esos caminos que, en Villa Traful o donde fuera, caminamos desistiendo que civilizadas traficcs nos acortaran el camino y nos robaran la mística –mentirosa, pero sensacional al fin- de -al menos por dos semanas- ser campestres y menos urbanos y hasta humildes y modestos, esos fríos que padecimos pero que, combinado con el singular sol sureño, ese sol que calienta al mismo tiempo que broncea de un modo diferente a cómo lo realiza el sol playero, es menos lo que se padece que lo que se disfruta, y se lo disfruta porque nos permite atestarnos con abrigos y bufandas y cayeses y vinos cálidos. Y su sonrisa, de algún modo, es todo eso, no sólo un camping, un camino, o un fresquito, sino, también, un abrigo, una bufanda, una café precisamente azucarado, un vino cálido y suave, o áspero pero igualmente oportuno, mientras nos olvidamos y desentendemos de leer el diario todos los días, pero podemos leer un libro por día, mientras nos olvidamos de los amores de nuestras vidas que casi nos provocan la muerte subjetiva, pero encontramos nuevas razones para vivir y por las que morir, mientras nos quedamos, horas, mirando el mar, mientras las montañas, lejanas pero accesibles, vitalismo mediante, se nos quedan mirando como preguntando: ¿qué será lo que aquel pelotudo mirá con tanta atención?&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;&lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;&lt;span style=""&gt;           &lt;/span&gt;Y es que, sincera y autocríticamente, hay que ser bastante pelotudo para escribir tanto sobre una sonrisa, o para morir de tristeza y dolor y sufrimiento sobre un amor o enamoramiento que, en verdad, en el pasado, sólo debería habernos deparado alegrías y sonrisas y sensaciones de eternidad. Pero, como todas sabemos, una vez por mes o más asiduamente, con la ayuda de Andrés o sin él, a veces aparece una sonrisa que nos hace reaparecer y no desaparecer en los oscuros pero placenteros recovecos de la tristeza, una sonrisa que no sólo abre bocas y dientes sino, también, puertas y compuertas, garajes y aviones, &lt;i style=""&gt;autos, yets, aviones, barcos&lt;/i&gt;, no todo el mundo se está yendo, pero sí poniéndose de novios y yéndose a vivir juntos, y que sean muy felices y la pasen muy bien, felicitaciones, me alegro por usted, no, por favor, faltaba menos, si no es nada.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Entonces, una sonrisa, es una son-risa, un risa que ríe al ritmo del son y viceversa, una sonrisa que, en este caso, en esta mujer que no es una muchacha o una minita o una señorita o una mina, es una sonrisa menos azul que patagónica, menos pornográfica que fresca y refrescada, más agradable y visible que la propia. Una sonrisa que combina, en uno o dos haces de luces y remisiones, una actriz treintañera y hermosa, una vieja guerrillera interesante y reflexiva, y una actriz –con padre ilustre e ilustrísimo director cinematográfico a cargo cinematográficamente de ese padre, no Herzog sino &lt;i style=""&gt;Hérzog&lt;/i&gt;-, igualmente bella y sugestiva, mirando para atrás, vaya a saber uno buscando qué cosa, o, quizá, mirando hacia delante: tal vez, lo que está de espaldas a su cara, de frente a su cuerpo, sea el pasado con su carga de presente que la actriz en cuestión está intentando dejar, por ahí, lo que se da vuelta para mirar y buscar o pispear no sea el pasado, o algo que quedó atrás en el tiempo, sino, en cambio, un algo que no termina de nacer, de germinar, de darse a luz. Por ejemplo, una sonrisa que se queda en la mueca, una carcajada que muere en la risa educada y políticamente correcta, ajustada y sujetada al quédirán y lasbuenascostumbres, las mismas que suelen ser tan malas por aburridas, a pesar de todo lo bien que hablan de ellas los quienquédiremos, es decir, esos mismos que forman el quédirán y se conforman con las buenas –en realidad malas- costumbres a las que tan desacostumbrados nos encontramos. Y así es que estamos.&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1970873953680837637-1684033168931321222?l=ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com/feeds/1684033168931321222/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1970873953680837637&amp;postID=1684033168931321222&amp;isPopup=true' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1970873953680837637/posts/default/1684033168931321222'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1970873953680837637/posts/default/1684033168931321222'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com/2008/06/de-risas-y-sonrisas.html' title='De risas y sonrisas.'/><author><name>Qué te importa.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13966481193676647640</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SGHVWqdVA1I/AAAAAAAAAFg/8TryQtgqP-Y/s72-c/paris,+texas.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1970873953680837637.post-8530134496767789377</id><published>2008-06-20T14:15:00.000-07:00</published><updated>2008-06-20T14:19:55.168-07:00</updated><title type='text'>El día que Dalila le enseñó música a Beethoven. Parte VIII. El orto de Adorno.</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://4.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SFweqD3t6-I/AAAAAAAAAFY/8FQM3wezbZo/s1600-h/clip_image002.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0pt 10px 10px 0pt; float: left; cursor: pointer;" src="http://4.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SFweqD3t6-I/AAAAAAAAAFY/8FQM3wezbZo/s320/clip_image002.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5214076176530533346" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt; &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;Ahora era un refugiado en su habitación de infancia a post-adolescencia de la casa de su madre. Un convicto por propia voluntad y recomendación médica, después de que sus estancias en el psiquiátrico hayan resultado tan suficientes como sus experimentos subjetivos. En esos días, sus días comenzaban tarde, poco después de las diez, unas horas después de que su madre se hubiera ido al prestigioso centro de investigación de estudios sociales donde trabajaba, y dos o tres horas más tarde de la llegada al hogar de la empleada doméstica –&lt;i style=""&gt;una más de la familia&lt;/i&gt;- que ayudaba a su madre en los quehaceres domésticos. Esta mujer –que era llamada &lt;i style=""&gt;sirvienta &lt;/i&gt;por el sector neoliberalneoconservador de la familia- era realmente una más del grupo familiar reducido, una tercera madre de él y sus tres hermanas, porque, si la primera era la madre biológica de los cuatro, la segunda era su mejor amiga. Esa misma en la que, de su preadolescencia a su postadolescencia -antes de su inicialmente triunfal y posteriormente tragicómica entrada a la premadurez-, pensaba cuando se mataba a pajas en su pieza de hermano mayor, o en el baño de su casa. Con la empleada doméstica, la misma que lo despertaba con un doble knock de puerta, le preparaba el desayuno y lo cuidaba hasta que sus hermanas regresaran -al mediodía- de las instituciones primarías, secundarias o universitarias –los médicos habían indicado, expresamente, no dejarlo sólo-, pasaba algo similar. Ella era joven, linda, simpática, y, además, tenía un culo que no pocas veces pensó en coger. Pero, por esos días, no podía pensar en otra cosa que en juntar fuerzas para levantarse de la cama, esa en la que tan bien se sentía. Dormía mucho, pero tampoco era un buen sueño, era un sueño más bien obsesivo. Una vez que este se cortaba, porque la única mujer de la casa a la que se quería coger lo despertaba, siempre hacía lo mismo: la miraba –ya estaba despierto cuando ella iba a despertarlo-, le sonreía amablemente y le decía &lt;i style=""&gt;gracias&lt;/i&gt;. Se quedaba, serio y en silencio, como quien piensa un tema que no puede dejar de pensar, boca arriba en la cama, mirando más el techo que los osos que la mayor de sus hermanas menores había depositado en los estantes superiores de su biblioteca. Esa biblioteca donde también estaban sus libros, esos libros que miraba con la paradójica sensación de orgullo, por haberlos leído, pero también de odio, porque sabía –estaba convencido- que esos libros mucho tenían que ver con su locura, su internación psiquiátrica y su más pausada que apresurada recuperación psicológica. Ella, la mucama, sabiendo que él hacia eso, agradecer pero quedarse, se lo quedaba mirando desde la puerta, esperando que defendiera con los hechos lo que había proferido con la boca. No le importaba verlo en calzoncillos, esos boxers posmodernos que a él tanto le gustaban. A él tampoco le importaba que ella lo viera en calzoncillos, aunque más le habría gustado que ella se hubiera metido en ellos, que le hubiera hecho las mamadas y galopadas que su compañera tetona de secundario le propinaba en el baño del colegio. Pero eso no iba a pasar. Entonces, ella, la empleada doméstica, se lo quedaba mirando, expectante, cruzada de brazos y desafiante, con una postura corporal que compartía aire de familia con la forma en que madres y padres se quedan mirando a sus hijos cuando los sorprenden construyendo torres gemelas de plástico sin que ellos se den cuenta que están siendo observados, escudriñados, explotados en su pureza, para llenar las arcas de plusvaliente orgullo de sus padres. Ella se lo quedaba mirando así, como una madre, como la madre que se había ido al trabajo una hora atrás. Entonces, él juntaba fuerzas y se levantaba, tapaba sus calzoncillos con el mismo jean derruido de siempre, se cambiaba la camiseta por un remera lisa y larga de las que siempre usaba, y se pertrechaba en sus infaltables zapatillas de ocio con las que bajaba la escalera, preguntándose a cada paso cuánto más iba a durar esa tortura, la tortura de tener que despertarse y saludar y sonreír y vestirse y caminar y vivir.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Sus mañanas no eran campestres. Eran absolutamente urbanas. Hasta las once tomaba el desayuno que ella le había preparado con el café con leche y tostadas con quesocrema que tanto le gustaban –odiaba el nesquick, le parecía demasiado dulce-, y después de esa hora, hasta el mediodía, hasta que llegaban sus hermanas de la primaria, la secundaria y la facultad, se quedaba sentado a la mesa del living comedor mirando y padeciendo las bibliotecas de su madre, el piano de su hermana menor, los diarios y cuadernillos que su progenitora había dejado todos desparramados sobre la mesa. Pero, sobre todo, se quedaba mirando la calle, la avenida que daba a la ventana del ambiente, los autos pasar, las pocas personas caminando, llegando a la conclusión de que, al fin y al cabo, la única diferencia entre el verano y el invierno era el aire. Y que el segundo, aunque le gustaba más –le parecía poético-, era menos popular que el primero. La sirvienta, de vez en cuando, lo relojeaba desde la puerta de la cocina, preguntándose cómo alguien tan joven podía parecer tan viejo, y cómo, un joven que seis años atrás explotaba de vida, ahora deseaba la muerte más que nada en el mundo.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Pasó el mediodía, llegaron sus hermanas de las aulas, y la menor de ellas, mientras se sacaba el guardapolvo blanco arremolinado en la cintura –para que los chicos miren pero no toquen, le explicó liberalmente, a él quien no tenía fuerzas, siquiera, para molestarse-, le ofreció tocarle algo en el piano: si es posible, le aclaró, no lo mismo de siempre, o sea, Schubert, sino, mejor, Bartok, ¿qué te parece?, le preguntó. Él, por entonces, sólo tenía fuerzas para asentir, no podía discutir nada. Su hermana menor terminó de sacarse el arremolinado guardapolvo –&lt;i style=""&gt;blancas palomitas&lt;/i&gt;-, levantó la tapa del piano, y posó sus dos manos en las negras más que en las blancas, y sus negras zapatillas de lona en los blancos pedales del piano. Aunque le tocó Concierto para Piano nº 2, primer movimiento, con su comienzo festivo que a él siempre le recordaba el surrealismo delirante de Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band o Magical Mystery Tour de la pareja musical de su amado Schubert, no pudo dejar de estar triste, de pensar en el pasado y en el porvenir. Con la salvedad de que, para él, no existía el porvenir, no había nada por venir, era todo hoy: dependiente de un ayer que no podía olvidar.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;Su hermana cerró la tapa del piano y lo vio mirando por la ventana, como desde la avenida que estaba mirando. No había cambiado de postura ni de mirada. No había cambiado, siquiera, la yerba del mate que la empleada doméstica le trajo media hora después de haber finalizado el café con leche: ese mate era un lago aún más mojado que el mar veraniego en donde había conocido a la rubia de buen culo que seguía recordando como el primero de sus amores. La primera mujer de la que se había enamorado. O engustado. En realidad, pensó en silencio, eso sería injusto con ella. Pensaba en una de sus compañeras de primaria que también lo fue de colegio secundario. Esa compañera de pelo enrulado -luego vuelto lacio a fuerza de planchas y sacrificios-, gran culo y risa estridente. Siempre recordaba su risa. Es más, la recordaba sólo por su risa. Había olvidado su cara, su cuerpo, hasta su culo, pero no su risa. Alta, estridente, graciosa. Lo gracioso no eran los comentarios que él le realizaba sólo para arrancarle una risa: lo gracioso era su sonrisa, su disponibilidad para con ella, su compromiso con la alegría. Ahí, en ese instante, con poco más de un cuarto de siglo a sus flacas espaldas, se dio cuenta de una cosa, una revelación lo iluminó en la sombra de su recuperación: hasta esa hora, siempre se había enamorado de mujeres sonrientes, simpáticas, agradables. Las pocas veces que lo había hecho –dos o tres veces en su vida: el resto sólo eran mujeres que se la chupaban o que él se cogía- lo había hecho para con muchachas con sonrisas grandes como entradas a carpas de circo. Toda una paradoja, pensó: las pocas veces que me engusté lo hice con mujeres que no paraban de reírse de mis chistes, pero hoy no puedo salir de esta seriedad heredada. Estoy enredado en una serialidad de seriedad, pensó segundos después que su hermana le avisara que se iba al primer piso de la casa con su mochila y guardapolvo. Gu-ar-da-pol-vo, se quedó lamiendo. No sé si hoy me podría coger a una mina, se dijo en voz baja, en el único segundo de la mañana en que apartó la mirada de la ventana con cortinas.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;&lt;span style=""&gt;    &lt;/span&gt;Cuando volvió a posarla allí, encontró lo que no esperaba encontrar. Observó como esta compañera del secundario, la del cabello lacio morocho, sonrisa molotoviana y orto bendecido, pasaba por enfrente de la ventana del livingcomedor manejando una de esas bicicletas relajadas, posmodernas, pero que parecen un invento del siglo diesiciete: bicicleta de manubrio ancho, postura erguida del conductor, y frenos en los pedales, moviéndolos para atrás, no para adelante, tal como se pedalea. Cuando la vio venir en esa bicicleta, pensó en los tres pedales del piano de su hermana, en que nunca había sabido para qué servía cada uno de ellos. Así como tampoco sabía porqué ella pasaba en ese momento por la puerta ventanal de la casa de su madre. Qué curioso: ella tan móvil y yo tan quieto, pensó. Es coherente: en la secundaria nunca me la pude mover, siguió. Al instante de haber pensando ese pensamiento, un conato de sonrisa se dibujó arquitectónicamente en su cara, la comisura de sus labios se comenzó a abrir, la distribución de su cara se comenzó a acumular en los pómulos exageradamente marcados que poseía, y el pocillo -que se le formaba en su mejilla izquierda cuando se reía- se comenzó a hundir, y se hundió más, y, prácticamente, ya era él sonriendo de nuevo. Una escena que no había ensayado en los últimos dos meses. &lt;span style=""&gt;    &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Aterrado por su sonrisa, no supo qué hacer. De haber sido lenninistatrotkista, podría haber pensando que esa sonrisa que se asomaba al precipicio de su cara era la sujeta revolucionaria de su proceso de cambio y recuperación psicológica, y que, por lo tanto, debía seguirla hasta las últimas consecuencias. A vencer o morir. Debía seguir los determinantes que había provocado esa sonrisa. Es decir, debía salir al balcón del livingcomedor de su madre –como alguna vez había salido, contenta e ingenua, la mujer que ahora pasaba por abajo en bicicleta- para alertar al vecindario que había vuelto a sonreír. Pero que, más importantemente, la persona que había provocado eso estaba a sus pies, pasando, en ese preciso instante, por debajo del balcón desde donde él estaba gritando, como un desaforado, algo que sus vecinos no descifraban. No obstante lo cual, de todas maneras, se encontraban atemorizados por los gritos y paranoicos por si las moscas. Debía salirse de sí mismo y ser algo que no era, un muchacho arrojado e impulsivo, alguien que no pensaba milimétricamente cada paso por dar. Aunque después se arrepintiera, eternamente, de haber pensando tanto algo que, justamente por todo ese pensamiento, se le escapó de las manos, de los besos, de las caricias.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;No salió al balcón. Pensaba rápido, pero, cuando terminó de pensar esto, la muchacha de la bicicleta se encontraba por la esquina, y, si apenas podía hablar -para decir solamente que sí-, difícil era que &lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;tuviera el valor de levantarse de la silla en la que estaba sentado desde hacía tres horas, para acercarse hasta la puerta del balcón, salir a él, y, desde allí, sin importarle lo que pensarían los vecinos, su familia, él mismo, gritarle a ella que se detenga, que no siga, que suba a su casa, que charlen un rato y tomen unos mates, que le prometía cambiar la yerba y el agua de la laguna.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;No hizo nada de todo esto. Perdió la chance. La oportunidad histórica. Su historia se lo demandaría. &lt;st1:personname productid="la Historia" st="on"&gt;La Historia&lt;/st1:personname&gt; no lo absolvería. Rendiría cuentas ante el imparcial tribunal &lt;i style=""&gt;rebolucionario&lt;/i&gt; de las leyes de la historia. Sería tildado de escéptico, cobarde. No podría hablar, en el futuro, de lo sucedido en el pasado. Permanecería, siempre, en los márgenes de los relatos y las narrativas. Su nombre no se encontraría en Google. Se ahogaría en el anonimato y la muerte en silencio y soledad. Padecería, postmortem, un funeral con baja asistencia y recaudación. No habría homenajes en su nombre. Mucho menos boicots a ellos por amigos –alguna que otra mujer de su vida-, lo cual hablaría muy bien tanto de unos como de otros: de sus amigos como de él. Sería un hombre más en un océano de hombres y mujeres. Un número en la estadística, una hoja primaveral en el árbol genealógico familiar. Sería un nombre sin nombre. Un hombre a secas. Había dejado pasar la oportunidad de su vida. Se arrepentiría de ese paso por el resto de su muerte. Era un muerto en vida, con una vida que olía a estiércol.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;&lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;Pero nada fue así. Había dejado pasar, por debajo de sus pies, a una de las poquísimas mujeres de las que se había enamorado, pero había encontrado, por fuera de sus desencuentros y tormentos subjetivos y psicológicos, un motivo para vivir. Ahora, las mañanas, y despertares y levantamientos y caminatas y desayunos y descansos, gozarían de sentido. Precisamente lo que consideraba que adolecía en su vida. Esa bicicleta, como un disco, había sido una señal. Una señal enviada desde el infierno. Desde el subsuelo de la patria sublevada. Desde la suerte y el azar y la contingencia y la indeterminación en las que, también, había dejado de creer, pero en las que, ahora, volvía a confiar. Había vuelto a nacer. Y, esta vez, su madre no podría arrogarse los créditos por tal nacimiento. No se podría mandar la parte con eso del parto y los padeceres. Su vuelta a la vida, triunfal y flamante, comenzaría a efectivizarse a partir del día siguiente, cuando volviera a sentir motivos para despertarse y vivir. Porque dormir es morir, a pesar del inconsciente, el psicoanálisis, el barroco y la máquina de hacer peronchitos. Su madre, peronista de izquierda, volví a su casa, luego de una ardua jornada de docencia e investigación, cuando encontró a su hijo mayor con mejor cara, hasta mirándole a los ojos. Le sorprendió, para empezar, que su hijo no estuviera pegado a la ventana, sentado a una silla que, de tan sentada, gozaba los últimos días de vida. Cuando entró a su casa, hasta se levantó del sillón en el que estaba recostado, le preguntó cómo le había ido en el trabajo, y se ofreció a ayudarla en lo que necesitara. A su madre le pareció extraño, pero le siguió el juego. Por las dudas, fue hasta la cocina para chequear si todavía estaba pegado en la heladera el papel con los teléfonos del médico, el psicoanalista y el psiquiatra. El papel, como la bolsa de basura llena de yerba usada que no fue secada al sol, estaba allí. Se preocupó un poco menos, aunque seguía sorprendida. Había algo que no entendía, una sobra de entendimiento que excedía sus capacidades de comprender. Subió a la habitación de sus hijas menores y les preguntó si algo extraordinario había sucedido en el día. La menor de sus hijas -la del medio había salido- le respondió negativa y monosilábicamente. Esta chica, si no fuera por sus atributos musicales, podría decirse que, por como responde –sí, no, afirmativo, negativo-, va a ser policía. Se acercó a su habitación, donde la empleada doméstica -ya caída la tarde- terminaba su jornada laboral limpiando el lomo de los libros ubicados en la biblioteca del cuarto. Pensó que su hijo, el día anterior, había pronunciado pieza y no habitación, cuarto o dormitorio. Ya en su habitación le preguntó si algo en especial había sucedido alrededor de su hijo. La sirvienta le respondió que no. Que, como siempre, había tardado en levantarse, bajar y desayunar, que después se había quedado en la silla mirando por la ventana, que cuando llegó la menor le tocó algo al piano que prácticamente no escuchó, aunque, le comentó infidencialmente, le parecía que poco a poco se estaba recuperando, porque cada día le miraba más el culo y las tetas. Podría ser que este recuperando el apetito sexual –le dijo su madre-, puede ser. Pero, no sé, está raro: se levantó, me preguntó cómo me había ido, me ofreció ayuda. Rarísimo, concluyó, con la empleada doméstica mirándola como una mejor amiga mira a la amiga que le cuenta sus secretos más íntimos. No sé qué decirte, che –le respondió la mucama-, pero para mí que poco a poco se va poniendo mejor. Dios quiera. Su madre la escuchó rezar, sonrió, y no dijo palabra. Giró su cuerpo ciento ochenta grados, miró a la menor de sus hijas mirar televisión en el cuarto de sus hijas menores, y bajó las escaleras que la llevarían a su hijo. Este la recibió con una sonrisa y una esperanza entre los dientes.&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1970873953680837637-8530134496767789377?l=ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com/feeds/8530134496767789377/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1970873953680837637&amp;postID=8530134496767789377&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1970873953680837637/posts/default/8530134496767789377'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1970873953680837637/posts/default/8530134496767789377'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com/2008/06/el-da-que-dalila-le-ense-msica.html' title='El día que Dalila le enseñó música a Beethoven. Parte VIII. El orto de Adorno.'/><author><name>Qué te importa.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13966481193676647640</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SFweqD3t6-I/AAAAAAAAAFY/8FQM3wezbZo/s72-c/clip_image002.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1970873953680837637.post-4317434666330336677</id><published>2008-06-15T08:08:00.000-07:00</published><updated>2008-06-15T08:14:21.953-07:00</updated><title type='text'>Sobre el amor y el enamoramiento.</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://1.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SFUxhjbfZWI/AAAAAAAAAFQ/ZAW-MZ6MbME/s1600-h/na40fo01.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0pt 10px 10px 0pt; float: left; cursor: pointer;" src="http://1.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SFUxhjbfZWI/AAAAAAAAAFQ/ZAW-MZ6MbME/s320/na40fo01.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5212126596267205986" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt; &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;El asunto es nada original y muy pretencioso. Nada original por lo recurrente, y muy pretencioso por el mismo motivo. Por los muchos que lo transitaron –y, mamita querida, los que hicieron-, y por cómo lo hicieron. Pero resultó que anteayer, en unos de esos momentos laborales en que no hay nada para hacer -pero que luego son señalados como ejemplos de que uno no hace nada en el trabajo-, para intentar matar de un disparo certero al aburrimiento, mi dispuse –sí, me dis-puse, menos de &lt;i style=""&gt;mente&lt;/i&gt; que de cuerpo- a leer esas revistas que, sin ser estrictamente del corazón, le pasan raspando, y dan consejos patronales a ser implementados por los trabajadores en sus puestos laborales, y son frívolas por los cuatro costados, pero si la edición justo coincide con el cuadragésimo aniversario del Mayo Francés no podemos dejar de hacer mención a la gesta de obreros y estudiantes parisinos. Entonces, en una de esas, entre página y página, revista y revista, leí una mención, breve y escueta, a &lt;i style=""&gt;La educación sentimental&lt;/i&gt; de Flaubert, y me acordé de una novela que se está intentando escribir en ese sentido, y volví a pensar en una tema que, el semestre pasado, más desde las ficciones freudianas que las novelas flaubertianas, me había interesado al punto de obsesionarme. &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;Es sabido y conocido que algunos, muchos, podríamos decir -aunque, dentro de la generalidad, pocos-, además de intereses y áreas de incumbencia, también poseemos obsesiones, temas sobre los que no podemos –aún a nuestro pesar- dejar de leer e intentar pensar. El amor y el enamoramiento, en sus diferencias más que en sus parecidos, es una de ellas. Con el agravante de que este asunto, además de su presencia literaria en novelas editadas en una década que, de alguna u otra manera, nos marcó mucho a muchos –los ’70: &lt;i style=""&gt;Los pasos previos&lt;/i&gt; de Urondo, &lt;i style=""&gt;Libro de Manuel&lt;/i&gt; de Cortázar-, posee, también, su inevitable acto de presencia en nuestra vida cotidiana. En nuestras vidas cotidianas. Ya que nuestra vida, como nuestra identidad, no es una sola, sino muchas. No es sólo que uno es otro o muchos, sino, asimismo, que esa otredad o variedad sobre la que se sostiene la identidad del ser se asienta sobre una vida que no es una sino muchas. Entonces, al modo de un juego teórico –que no por teórico fue menos divertido-, ese semestre algunos compañeros y compañeros nos dedicamos a leer los textos freudianos –aunque no sólo de Don Sigmond, sino también de Don Ansart, el gil de Deleuze y Rene &lt;i style=""&gt;no me descartes&lt;/i&gt; Descartes- desde la clave de lectura de sus referencias al amor y el enamoramiento, y sus muchas diferencias y pocas coincidencias. El semestre pasó, llegaron navidades y noches buenas, veranos porteños calurosos, y todos, en algún momento, escribiremos las ponencias que debemos escribir para ese seminario: para &lt;i style=""&gt;producir conocimiento&lt;/i&gt;, para cumplir los cada vez más –eso, &lt;i style=""&gt;objetivamente&lt;/i&gt;, no es así, sí subjetivamente- retrógrados formalismos académicos, para zafar el trabajo y poseer una materia aprobada más. &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;Sin embargo, al modo de una idea recurrente, ese tema no dejó de rondar los viernes o sábados por la noche en soledad, los domingos por la tarde, los viajes en colectivo a la universidad –acompañado, o no, de misteriosas y bellas compañeras rubias y facultativas-. No pocas veces me pregunté –de hecho, ahorita mismo lo vuelvo a hacer-, sí, para hablar del amor, hace falta estar enamorado. Sí, para referirse al enamoramiento, se requería estar engustado: es decir, lo que vendría a ser el paralelo –para lelos- de estar enamorado en el estado del amor. Teniendo en cuenta, claro, que una hipótesis de trabajo personal -que no por personal o trabajosa deja de ser amorosa y afectiva- es que el amor y el enamoramiento no son lo mismo. No es lugar, ni tiempo, de entrar en detalles de esta diferenciación, pero, por el momento, atengámonos, atentamente, a la recurrencia más que permanencia de una idea que se piensa un semestre pero permanece presente en el siguiente. O, mejor, a la pregunta de si para hablar de un estado hace falta estar en él: es decir, pisándolo, gozándolo, padeciéndolo. &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;A diferencia de una idea referencialista de los estados afectivos o las experiencias personales, según la cual, para referirse a determinada afección o vivencia, hay que estar viviéndola o haberla vivido, creo –y sólo creo- que ello no es así. Motivo por el cual, infidencialmente, me gustaría acercarme –lo suficientemente cerca como para poder mirarlo en detalle, pero, también, lo necesariamente lejos como para no quemarme- a algunas intuiciones alrededor del siempre tan solemne y meloso asunto del amor. El que, sin embargo, en pocas oportunidades es observado teórico-filosóficamente, o, en su variante -lejos de ser menos seria (como si, además, la seriedad fuera un mérito)-, literariamente. Y a partir de estas intuiciones y pareceres y obsesiones y lecturas pasatistas y lecturas que no lo fueron ni serán y experiencias personales me pregunto si algún enamorado, en algún momento de su estado de amor o de enamoramiento –los que, como dijimos, lejos están de ser lo mismo- no siente un sentimiento que lo lleva&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;sentir que el mundo se acaba en el ser amado, que no hay nada por fuera de él o ella, y ellos o ellas dos, que, siempre que su enamorado o enamorada esté en frente, el mundo se completa y llena. O, mejor, el mundo no existe, ya no importa, está bien. Un poco eso de &lt;i style=""&gt;el mundo se cae se derrumba y nosotros nos enamoramos&lt;/i&gt;: entre otras referencias, título de una novela de Belgrano Rawson –oiga, don, ¡qué apellidación!-. Una contradicción no poco importante que suele atravesar a los convencidos de la finitud de las cosas es esa sensación que, más temprano que tarde, siempre se siente cuando se comienza o recomienza una relación, sensación según la cual, paradójicamente, ese vínculo pareciera ser para siempre, in-finito, no finito. &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;Esa contradicción o paradoja no sólo no es irrelevante sino que resulta muy importante, porque –por decirlo de alguna manera- es uno más de los ejemplos de los cortocircuitos entre lo que se piensa y lo que se siente: no porque el pensar no implique el sentir, o viceversa, o porque el sentir no se vea condicionado por el pensar, o al revés, sino porque, a veces, sentimos algo distinto o hasta opuesto de lo que, &lt;i style=""&gt;consciente&lt;/i&gt; o &lt;i style=""&gt;ideológicamente&lt;/i&gt; –la elección de las palabras no es antojadiza-, estamos convencidos que deberíamos sentir. Como las incongruencias entre el decir –que es un hacer- y el hacer –que es un decir-, las intermitencias entre lo que se siente y lo que se piensa que se debería sentir, entre lo que se piensa que se piensa y lo que efectivamente se piensa de acuerdo a lo que se siente, señala algo más profundo, primordial: no sólo el carácter inmanentemente contradictorio y paradójico del ser humano, sino, también, la posibilidad de volver sobre las incoherencias o incongruencias y hacerlas propias, aceptarlas, reconocerlas como tales, ya sea para -porque generan verdaderos conflictos subjetivos- avanzar en su resolución, hacia alguna de las muchas posibilidades abiertas, o bien para -en la senda de la posmoderna recomendación &lt;i style=""&gt;zizekiana&lt;/i&gt; de que gocemos nuestros respectivos síntomas- vivir en ellas y con ellas, embarrándonos en su cuerpo, haciendo del equilibrio entre unas y otras un verdadero arte de malabarista.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;Por momentos, al releerlas, las líneas anteriores me resultaron propias de un libro de autoayuda. Espero que así no hayan sido leídas. Aunque, sí yo, en un momento, las leí así, ¿por qué no habrían de ser leídas de ese mismo modo por otros u otras? Esos mismos otros y otras que, reconozcamosló, cuando se enamoran o engustan se circunscriben a ese micromundo que es amor o el enamoramiento, se refugian en el cuerpo del otro o de la otra porque afuera están todos locos y hace mucho frío, se duermen –siguiendo el consejo bipartito de Key Biscaine y el contemporáneamente descolocado e internado Charly García- haciendo cucharita, nos damos cuenta que los convencimientos que tantos nos guían a la hora de tomar decisiones en otros ámbitos de las vidas de poco nos sirven en estos menesteres. Es que, ¿qué podemos contar o escribir sobre el amor o el enamoramiento que, antes, no haya sido escrito por Flaubert, Freud o quien sea? &lt;span style="" lang="EN-US"&gt;Ah, l’amour, l’ amour. All we need isn’t only love. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1970873953680837637-4317434666330336677?l=ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com/feeds/4317434666330336677/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1970873953680837637&amp;postID=4317434666330336677&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1970873953680837637/posts/default/4317434666330336677'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1970873953680837637/posts/default/4317434666330336677'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com/2008/06/sobre-el-amor-y-el-enamoramiento.html' title='Sobre el amor y el enamoramiento.'/><author><name>Qué te importa.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13966481193676647640</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SFUxhjbfZWI/AAAAAAAAAFQ/ZAW-MZ6MbME/s72-c/na40fo01.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1970873953680837637.post-8112017759055256154</id><published>2008-06-13T12:43:00.001-07:00</published><updated>2008-06-13T12:52:10.726-07:00</updated><title type='text'>Antes de la antología escrita de The good bye winners, un puema.</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://2.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SFLPcdkQNeI/AAAAAAAAAFI/xoGlI6awlck/s1600-h/clip_image002.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0pt 10px 10px 0pt; float: left; cursor: pointer;" src="http://2.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SFLPcdkQNeI/AAAAAAAAAFI/xoGlI6awlck/s320/clip_image002.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5211455806701057506" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;   &lt;span style=";font-family:&amp;quot;;font-size:100%;"  lang="ES-AR" &gt;Escrito,&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;i style=""&gt;&lt;span style=";font-family:&amp;quot;;"  lang="ES-AR"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style=";font-family:&amp;quot;;font-size:100%;"  lang="ES-AR" &gt;hace ya más de dos años y medio, por y: &lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;i style=""&gt;&lt;span style=";font-family:&amp;quot;;"  lang="ES-AR"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;A Yamila, por haber motivado estos textos, aunque no sepa de su existencia. Al futuro, por cooperar a que desde cada presente se lea un pasado.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/span&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 108pt;"&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;De pistolas y guerrillas de besos trémulos&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 108pt;"&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;de paquetes que no muestro y regalos tristes&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 108pt;"&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;de paquitos y muchacha que no olvido más&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 108pt;"&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;esta hecha la sala la tarde la noche no.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 108pt;"&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;Te defiende de bandidos de juguete y pan&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 108pt;"&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;que matan la niñez inocente de un viejo&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 108pt;"&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;si sos pobre si sos nuestra sos &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 144pt; text-indent: 36pt;"&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;la hermanita&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 180pt;"&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;del sol &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 108pt;"&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;defendida de los rayos por la pólvora.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 108pt;"&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;Y en frente &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 108pt; text-indent: 36pt;"&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;       &lt;/span&gt;un futuro acompañado un&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 108pt;"&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;futuro en soledad &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 144pt;"&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;        &lt;/span&gt;huyendo del pasado&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 108pt;"&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;despavoridas melenas admiran nocturnas&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 108pt;"&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 108pt;"&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;la hermosura de tu dulce bella dulce belleza.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 108pt;"&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;Campaneos y aljibes y cisternas y vos&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 108pt;"&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;sapiensales sapos sabios que saludan nuestro&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 108pt;"&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;plo plo wah wah we we vieja silencio tímido&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 108pt;"&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;posteriores&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;a pantallas habitadas luego.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 108pt;"&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;Sigue y sigue la ruleta la ensalada&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 108pt;"&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;la tristeza el cine&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 108pt;"&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;                       &lt;/span&gt;sigue y sigue ¿o no?&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 108pt;"&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;¿de qué lado la ilusión toma coraje y&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 108pt;"&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;fenecida reconoce su interruptus de qué?&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 108pt;"&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 108pt;"&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;Te defienden te defiendo de mí de mi de mí&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 108pt;"&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 72pt; text-indent: 36pt;"&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;no te olvides de morirme de matarme yo voy&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 108pt;"&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;a morirme de a pedacitos de tristeza y&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 108pt;"&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;doy mal olor y Rodolfo y paquito ¿y?&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 108pt;"&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 108pt;"&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;Yo lustro el viento de las pampas que en suelas&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 108pt;"&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;zapatea un llanto lindo un ombú ausente un&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 108pt;"&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;a luna una tarde suprimí lo Previo y&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 108pt;"&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;golpearon los hastíos se &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 144pt; text-indent: 36pt;"&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;enredó la vida.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1970873953680837637-8112017759055256154?l=ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com/feeds/8112017759055256154/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1970873953680837637&amp;postID=8112017759055256154&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1970873953680837637/posts/default/8112017759055256154'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1970873953680837637/posts/default/8112017759055256154'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com/2008/06/antes-de-la-antologa-escrita-de-good.html' title='Antes de la antología escrita de The good bye winners, un puema.'/><author><name>Qué te importa.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13966481193676647640</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SFLPcdkQNeI/AAAAAAAAAFI/xoGlI6awlck/s72-c/clip_image002.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1970873953680837637.post-5886454517428474013</id><published>2008-06-08T10:12:00.000-07:00</published><updated>2008-06-08T10:25:06.733-07:00</updated><title type='text'>La educación de las niñas: Posdata. Te morí (Morite).</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://3.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SEwU7XevvUI/AAAAAAAAAFA/6NQ74YRWDO4/s1600-h/na01fo01.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0pt 10px 10px 0pt; float: left; cursor: pointer;" src="http://3.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SEwU7XevvUI/AAAAAAAAAFA/6NQ74YRWDO4/s320/na01fo01.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5209561879108631874" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt; &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;Querida madre:&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style=""&gt;                                   &lt;/span&gt;En realidad, fue todo culpa de Sartre. Para no decirlo religiosamente, la única responsabilidad, exclusiva e indelegable, fue de Jean Paul. En el verano de mis diesiciete a mis dieciocho, cuando dejaba atrás la secundaria y me abría de piernas a la universidad, una tarde en la que había mucho para hacer pero no tenía nada por hacer, se me ocurrió comenzar a hurgar en una de tus bibliotecas, menos a la búsqueda de libros para leer que de títulos con los que luego pudiera burlarme de vos en el almuerzo familiar. Pero, fijate vos qué sorpresa -yo que tan poco adepto soy a ellas y a vos que tanto te gustan-, que, al lado de la tesis de grado hecha libro del filósofo nazi amante de la literatura, encontré aquel libro de Jean Paul, y ya sólo por lo grueso y verde e intocable que parecía, me dieron ganas de tomarlo, leerlo y subrayarlo todo. Ya sé que para vos, como para el abuelo y Sarmiento, los libros no están para ser subrayados sino para ser leídos y glorificados, para volverlos monumentos de papel tan inalcanzables como la mujer de la que uno se puede enamorar sin gozar de suerte en ese enamoramiento. Entonces, mate mediante, lo saqué de la biblioteca, lo violé abriéndolo todo lo que resistía para poder meter mi erecto bolígrafo en su concha de papel, y comencé a leerlo. En eso, cuando el mate ya había dejado de serlo y los cadáveres de cerveza comenzaban a acumularse y a molestar a la botella de vino que ya había copado políticomilitarmente la mesa de madera de tu livingcomedor, leí esa frase que tanto me impactó, que tanto me dejó pensando ese día y tres años después, que tanto odié cuando, en el manicomio, los médicos me inflaban a pastillas y las breves caminatas de recreo por el patio de sus brazos me hacían recordar más a &lt;i style=""&gt;Confesiones de invierno&lt;/i&gt; que a &lt;i style=""&gt;La naranja mecánica&lt;/i&gt;. &lt;i style=""&gt;Los revolucionarios son hombres serios, porque se preocupan y ocupan de asuntos serios&lt;/i&gt;, leí en el libro del pelotudo de Sartre, y, desde ese instante, lo odié con todo mi corazón y mi alma: en el caso de que creyera que tenemos alma y corazón. En verdad, en ese momento, hice todo lo contrario: lo amé, lo idolatré, lo tomé como referente a seguir y autor a citar; lo levanté en un podio de cristal y citas y defensas del que sólo muchos años después lo pude bajar, cuando el jueguito con lo que era y lo que quería ser se me fue de las manos. Se me fue tan lejos que terminé yendo a un psiquiátrico: no sabía quién era, me miraba en el espejo y nada, miraba a mis hermanas -a tus hijas- y nada. Las veía como eslabones de una conspiración cuyo último fin era asesinarme. Te imaginarás, yo, por entonces, no sólo era el hombre más bello y culto del mundo -como pensé en toda la secundaria y vos y tu amiga mucho ayudaron a creer-, sino que también me creía el más inteligente del país. Qué digo del país, del continente, qué digo del continente, de todos los tiempos de la política, la filosofía y el pensamiento. Allí donde había una risa, ahora -Sartre mediante- habría un gesto serio y adusto, donde antes estaba un chiste, mañana -con el beneplácito de Jean Paul- habría una mirada gélida de hielo, una distancia calculada e infranqueable, una castillo de indiferencia y cálculo que ningún amor o amistad podría atacar.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Pero se me fue de las manos. Al comienzo fue divertido: mis compañeros de departamento no dejaban de sorprenderse de cómo alguien podía cambiar tanto en tan poco tiempo, como alguien, de soberbio, verborrágico y chistoso, podía convertirse, en menos de lo que se termina un libro de quinientas páginas, en solidario, escueto y serio. Militarmente serio, demencialmente serio. De lo que se trataba era menos de creerme yo mismo el nuevo personaje que -entre los departamentos y la facultad- iba inventado, que el hecho de que se lo creyeran las personas con las que vivía o compartía cursadas facultativas. Y lo hicieron, mami, lo hicieron. Se tragaron el sapo de comienzo a fin, se creyeron la película, se comieron el verso. Esto demuestra, como vos nunca te encargaste de negarme, muy complaciente y populistamente de tu parte, que soy un gran actor, quizá el mejor actor joven de la ciudad, un actor que, aún sin necesidad de clases de teatro, le hace creer a personas educadas o recibidas que, de la noche a la mañana, puede cambiar como la noche se transmuta en madrugada. Y, mucho más importantemente que todo, querida madre, les hice creer que ese cambio, tan prematuro como radical, podía realizarse sin consecuencias, que no habría vueltas de boomerangs o rostros de Janos que, en contra de mi voluntad, en contra de mi supervivencia físicomental, se volverían sobre mí como recuerdos indeseables u obsesiones fatalistas.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Finalmente fue así. Me cansé de actuar. Me cansé de, todos los minutos de todos los días, ponerme en lugar del otro para, antes de que escuche, vea o lea, intuir como escucharía, vería o leería lo que estaba a punto de decirle, mostrarle o escribirle. Me cansé de poner cara de bueno, cuando, en verdad, en contra de lo que vos y la mejor de tus amigas me dicen y redicen, soy un reverendo hijo de puta. Me cansé de que mi cara dependiera de las caras de los otros, de los que me rodeaban. De que, cuando no había nadie alrededor, pudiera dejar de actuar y volver a ser –tentativamente- yo: alguien que no pone cara de bueno, ingenuo o inocente porque haya alguien alrededor, alguien que no habla pausada y cálidamente porque lo escuchan –al menos en potencia- oídos humanos, alguien que no es todo el tiempo todo lo bueno que la condición humana puede llegar a ser. Sin embargo, a partir de determinado momento, el juego dejó de ser de manos y pasó a ser de fuego y me quemé y casi rompo la parrilla del vecino de planta baja de lo cerca que estuve de testear si podía volar desde el sexto piso de nuestro departamento: a partir de determinado momento, ya no podía volver, era un exiliado de mi antigua subjetividad cuando todavía me sentía un extranjero en la nueva que me estaba inventado, ya no podía diferenciar tan claramente cómo ser en frente de personas y cómo volver a ser cuando estaba sólo y podía andar desnudo por el departamento, hacerme la paja en lugares públicos del mismo cuantas veces quisiera, cogerme a la novia que tuviera o prostituta que pagara en el sitio de la casa que se me viniera en gana, o quedarme sólo, sentado a la mesa del livingcomedor con la mirada perdida, escuchando el Dylan del ’66 con un té de tilo en una taza amarilla en frente, y pensando que ese era un momento poético por excelencia. Que, por serlo, me podía morir tranquilo, porque ya había vivido los quince minutos de momentos poéticos que, por ley de la historia, todos viviremos más tarde o más temprano. Como un muy buen orgasmo –&lt;i style=""&gt;habitus&lt;/i&gt;, sí, sí, sí-, como una verga entrando y saliendo de una concha perteneciente a un cuerpo que obtiene mayor excitación por &lt;i style=""&gt;la piel&lt;/i&gt; con el cuerpo de la verga que por la pija entrando y saliendo de su fuente de cristal, los momentos poéticos de una vida se cuentan con menos de la mitad de los dedos de una mano. Supongo, madre, que no te horrorizarás pequeñoburguesamente –pequebúsmente, como vos decís- porque te cuente esto que te cuento, con este nivel de explicitez y eroticidad, más cuando vos fuiste quien, a mis viejos doce años, me explicaste la técnica mediante la cual uno puede sacar un pegajoso y espeso líquido blanco de una parte del cuerpo que, por aquel entonces, era tan pequeño como los niveles de remordimientos que luego crecerán exponencialmente a medida que entrara al secundario y, después, a la universidad. Presumo que no lo considerarás, mojigatamente, un impertinencia, o, en un feroz arranque de psicoanálisis vulgar, una demostración de mi irrefutable complejo de Edipo, cuando también fuiste vos la que, pocos meses después, nos presentó en sociedad, a mi mejor amigo de entonces y a mí, un dispositivo que nosotros, los hombres, podíamos –y, más importantemente, debíamos- colocarnos en el mismo lugar del cuerpo del que manualmente extraíamos ese líquido blanco no apto para alimentar a los recién nacidos cada vez que tuviéramos un encontrado encuentro sexual con una persona del otro sexo. O, por qué no, del mismo. Si hay algo que jamás pudo decirse de vos es que fueras homofóbica. Ni xenófoba, racista o machista, claro. Por acá también anduvo el asunto: entre tanto estudios de género, tolerancia sexual, relativismo y multiculturalismo, no me encontraba. No sabía quién era pero, más gravemente, tampoco sabía quién había sido, qué había pensado, qué había hecho, qué haría de mí.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Me di cuenta del comienzo del fin una noche de sábado en la que, después de pitar un par de veces un cigarro de marihuana en un recital de una banda de culto del under porteño luego devenida estrellita pop de radios a base de rankings y charts, me di cuenta que no sabía quien era, que el último tema que estaban tocando no terminaba más, que el hecho de no comer por días y fumar cosas, aspirar líneas, inyectarme heroína y leer mucho tampoco iba a resultar gratuito. A la salida del recital, tenía que caminar casi veinte cuadras hasta casa, pero un inesperado problema surgió: no sabía dónde quedaba. Me había olvidado la dirección de mi hogar. Del departamento un ambiente de un sexto piso del que, esa misma noche, una vez que milagrosamente pude llegar hasta allí, estuve a punto de saltar desde la ventana del livingcomedorpieza hacia la parrilla del vecino de planta baja, porque, como efectivamente sucedió, tanto la ventana como el pulmón que se abría y levantaba hacia abajo y arriba de la ventana me invitaban a que lo hiciera, me desafiaban a hacerlo, me tildaban –silenciosamente, en el lenguaje de las ventanas y los pulmones departamentales- de cobarde si no lo hacía. Y, madre, vos lo sabés muy bien, muchas cosas se podían decir de mí –soberbio, pedante, culto, inteligente- pero no cobarde. Homofóbicamente, yo no era ningún maricón como para no aceptar el desafío de la ventana y el pulmón. La persiana, sabia como Schubert o Beethoven, decidió mediar –estadounidensemente- entre unos y otros, bajó su cuerpo hasta el piso de una ventana que no mermaba en sus imprecaciones, y santo remedio: aquí no ha pasado nada. Donde hubo conatos de suicidio, todo lo que hay es un muchacho acostado a una de las dos camas del departamentito, un muchacho que padece de sequedad gargamental y se levanta casa quince minutos a buscar una botellita de agua a la heladera ubicada a menos de cinco metros de su cama, y toma agua de las botellitas, pero se olvida que lo hace: su memoria no se remonta más que a un milésimo de segundo de lo que acaba de hacer. Se da cuenta que antes también había tenido sed y se había levantado a la heladera a buscar una botella de agua, no por las pisadas en el piso, o la cama desordenada, sino por la cantidad de cadáveres de botellitas de agua que, en el lapso de diez horas, se acumularon en la mesa del monoambiente. Mesa también ubicada a menos de cinco metros tanto de la heladera como de la cama.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;&lt;span style=""&gt;    &lt;/span&gt;Así fue, madre, que esa noche intuí que lo que había comenzado como un juego terminaría también como un juego, sólo que de fuegos, azares y contingencias. Vos sabés bien lo que me gusta la indeterminación, más después de mis enfermizos estudios universitarios, esos que tan poco me sirvieron en los años de manicomio y que tan poco, también, me sirven ahora, cuando estoy más encerrado que recostado en una de las habitaciones de tu casa, con vos y tus tres hijas -mis tres hermanas- poniéndome algodones por todos y cada uno de los costados de mi cuerpo deshechos por este experimento, y con papá, yendo y viniendo, entre sus películas en el sur y sus carnavales de martes en Brasil. Me gusta, sí, la indeterminación, pero no con mi cuerpo, no con mi identidad. Llegué, no sólo a no saber quién era, sino, también, a no saber quiénes eran los que me rodeaban. O quién había sido yo en el pasado. Ese pasado, madre, vos también lo sabés, que tanto me gustaba recordar cuando se trataba de las acciones políticomilitares de las organizaciones políticomilitares de los setenta, o de nuestros dos familiares -dos de tus hermanos- desaparecidos por la última dictadura cívicomilitar por su militancia políticobarrial en &lt;st1:personname productid="la JP" st="on"&gt;la JP&lt;/st1:personname&gt; o en Montoneros –a esa altura de la década, la absorción de la primera por los segundos ya era casi total, me aclarás ahora, más de treinta años después-, pero que ahora, postjueguitos identitarios y experimentos subjetivos, no podía recordar: me había declarado, sin declaración alguna, indemne al pasado. En el pasado, también, quedaban tus elogios y los de la mejor de tus amigas para conmigo, las escuchas de Shubert y Beatles, las discusiones familiares, las certezas –familiares pero también barriales- de que a los veinticinco, una vez que hubiera finalizado la carrera, tesis incluida-, iba a ser uno de los intelectuales –jóvenes, claro, siempre joven- más importantes del país. A los veinticinco, madre, como verás, soy un enfermo vuelto trapo de piso, flaco como palo de escoba y loco como el mayor de los cuerdos: un muerto en vida pero sin vida que necesita de la constante atención de su madre y hermanas para no perder el control de su mente e imaginación.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Eso fue lo que me jugó en contra, mamá, la imaginación: imaginé demasiado. Imaginé más de lo que mi cuerpo e inteligencia podían soportar. Si alguna vez, apenas comenzada la facultad, fantaseé que lo mejor para mi vida era irme a Colombia –no a fumar marihuana, o a romperme las fosas nasales de la cocaína que no necesite viajar para poder aspirar- a internarme en la selva y combatir políticomilitarmente del lado de las FARC en contra de los contras o del Estado-Nación colombiano, o sí, en otra oportunidad, imaginé que mis dos tíos –tus dos hermanos- desaparecidos estaban vivos, coleando entre nosotros, vírgenes del prestigio de ser desaparecidos pero manchados con las contradicciones y claudicaciones que imprime sobre nuestros cuerpos el estar vivos, en esa oportunidad, poco tiempo después de mis delirios selváticos y guerrilleros y más o menos contemporáneamente de mis deseos de idolatrar a dos heroes menos pero de poseer dos familiares más, imaginé que a los veinticinco iba a seguir los pasos de tantos, las pisadas que jamás supe leer, el futuro que, convengamos, no me supe construir. Leyendo doce horas por días, tomando cervezas y vinos y cocaínas, y fumando todo lo que se prestara a ser picado, envuelto en un papel fino y pitado, uno podía convertirse en todo un culto ser, o en un avezado consumidor de sustancias y bebidas, pero no en un joven que hacía de su presente la precondición de su futuro soñado, no un post-postadolescente que, como los caramelos que cayeron de la piñata que reventaron en mi último cumpleaños en donde la lista de invitados no superaba los dedos de una de mis manos, juntaba por los pisos y los cielos los capitales sociales que le permitieran tanto la toma por asalto de los barros como la permanencia de sus pies a nivel de nubes y autopistas celestiales. La imaginación, precisamente por intentar llegar al poder, se me fue de la manos y me cagó a cachetazos.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Así fue, madre, como pasó lo que pasó. Vos te perdiste los últimos seis años de mi vida, porque vivíamos lejos y poco comunicados, pero yo me perdí los últimos dos, porque fueron dos años en donde otros seres habitaron mi cuerpo, otros cuerpos moraban en mi subjetividad, y otras personas eran las que me devolvía el espejo cuando me miraba en él. No es la conocida frase rimboudsiana, la que dos por tres vos recordás que siempre cita Dylan, de que uno es otro: de que uno no está acá sino siempre allá, en otro lugar, lejos. No es eso, no. Es que el pelotudo se Sartre llegó demasiado lejos en su influencia sobre mi subjetividad. Si hay quienes dicen -y escriben y hablan- que Debray y compañía deberían dar cuenta por lo escrito en los sesentas en relación con sus neoliberalesneoconservadoras conversiones en los ochentas –vos lo sabés mejor que yo, vos das estos contenidos: en el medio cayó mucha sangre, que muchas veces sí que fue negociada-, yo creo que Sartre y el resto de los pelotudos existencialistas deberían dar explicaciones por frases como estas: &lt;i style=""&gt;El revolucionario es un hombre serio, porque se preocupa y ocupa de asuntos serios&lt;/i&gt;. ¿Cuántos jóvenes alegres, jolgoriosos, lúdicos -pero no por eso irresponsables- habrán querido cambiar su forma de ser, su subjetividad, después de haber leído al bizco francés, y, por eso, se volvieron locos, se volvieron otros, se volvieron estoicamente sobre sí para después no poder desplegarse jamás? ¿Cuántas camas y pastillas de los psiquiátricos –esas que habité y tragué en mis dos años de internación- estarán siendo ocupadas y tragadas por jóvenes como yo, jóvenes que intentaron ser otros y se quedaron a mitad de camino, no siendo lo que ya eran pero tampoco pudiendo ser lo que querían ser? Ya no quiero volver más ahí, mamá, ni al manicomio ni a Sartre. El libro verde y grueso y caro lo quemé, pero no puedo hacer lo mismo con el hospital de locos e insanos y genios en donde estuve dos años. Conviví veinticuatro meses con Napoleón y Maradona, pero yo era Robespierre o Perón. No quiero volver, ni a ese lugar ni a los nolugares mentales que habité por tres años. Me quiero quedar acá, en esta habitación, cerca tuyo y de mis hermanas, por siempre. No quiero salir más a la calle, me da miedo, me siento mirado, nunca llegó a donde quiero llegar y siempre parto de donde nunca debería salir. Ya no quiero. Además, en la calle, están todos locos. Además, en las veredas, hay librerías con el libro verde y grueso y caro. Me quiero quedar con vos, madre.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Te quiere mucho,&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Tu hijo.&lt;/p&gt;  &lt;span style=";font-family:&amp;quot;;font-size:12;"  &gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Pd. Sartre es un pelotudo.&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1970873953680837637-5886454517428474013?l=ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com/feeds/5886454517428474013/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1970873953680837637&amp;postID=5886454517428474013&amp;isPopup=true' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1970873953680837637/posts/default/5886454517428474013'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1970873953680837637/posts/default/5886454517428474013'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com/2008/06/la-educacin-de-las-nias-posdata-te-mor.html' title='La educación de las niñas: Posdata. Te morí (Morite).'/><author><name>Qué te importa.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13966481193676647640</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SEwU7XevvUI/AAAAAAAAAFA/6NQ74YRWDO4/s72-c/na01fo01.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1970873953680837637.post-8741205340670600997</id><published>2008-06-06T09:53:00.000-07:00</published><updated>2008-06-06T09:59:48.396-07:00</updated><title type='text'>Autobiografía de vos: Yo soy otros.</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://3.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SElsti3NY6I/AAAAAAAAAE4/DCGseRck2Uc/s1600-h/clip_image002.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0pt 10px 10px 0pt; float: left; cursor: pointer;" src="http://3.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SElsti3NY6I/AAAAAAAAAE4/DCGseRck2Uc/s320/clip_image002.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5208813973738972066" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt; &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.45pt;"&gt;No es fácil no tener inclinaciones –pendulares, bonapartistas- docentes con un abuelo y una madre que desempeñaron o desempeñan esa función. Abuelo maestro de escuela en el sur -por los pagos de Walsh-, luego director nacional de escuelas hogares, antes de que la última cívico-militar dictadura se llevara puesto un gobierno democrático –no por eso menos represivo, no por eso menos condición de posibilidad del genocidio posterior- y, con él, las escuelas hogares construidas durante el primer peronismo de la mano –femenina, jefamente espiritual- de &lt;st1:personname productid="la Fundaci￳n Eva" st="on"&gt;&lt;st1:personname productid="la Fundaci￳n" st="on"&gt;la Fundación&lt;/st1:personname&gt; Eva&lt;/st1:personname&gt; Perón. Mi abuelo, además de docente, era peronista, de esos que metieron caños y después bombas: lo que se dice un adherente de movimientos bonapartistas y pendulares. Mi madre, en cambio, era y es un cuadro docente interesado por la política más que un cuadro político dedicado a la docencia. Interrumpida estudianta universitaria de jurídicos estudios por el nacimiento de su primer hijo –el aquí escribiente (aunque su pareja, el padre de sus hijos, pudo completar su ingenieril formación de grado, aunque tarde en tiempo más que en forma)-, mi madre comenzó a dedicarse a la docencia a la misma edad en la que mi padre completó sus estudios universitarios: sólo que, teniendo en cuenta que entre uno y otra hay seis años de diferencia, mientras uno completaba su formación de grado, la otra criaba a los dos hijos que la pareja ya había germinado, así como, un lustro después, mientras una iniciaba su carrera docente, el otro no interrumpía su carrera profesional, aunque aquella sí dejaba de estar tanto tiempo con sus hijos en su casa. Sin ánimos de volverme resueltamente psicoanalítico-freudiano, creo que fueron esos seis iniciales años de constante contacto con una madre hija de un padre docente, y esposa de un profesional culto en su materia aunque impaciente didácticamente, los que ejercieron una influencia posterior de la que nunca fui muy consciente, pero que, incluso, comenzó a ejercer su papel ya en los primeros años de la primaria. La forma de hablar, de escuchar, de mantenerme sentado aunque él o la que estuviera en frente no hiciera ningún mérito para ello, cierto respeto reverencial –prolongado incluso hasta recientes momentos de mi formación universitaria: aunque ya no más, ya-no-más- por la figura docente y su espiritual investidura, fueron aspectos que creería que mi madre me enseñó sin enseñármelos. Lecciones que me dio sin proponerse dármelas. Aunque, claro, a toda lección sobreviene –o, considero, debería sobrevenir- su subversión por el nada pasivo estudiante –en caso que lo haga, si no lo hace es un nada activo aprendiz- que recibe aquella lección.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.45pt;"&gt;Sin embargo, huelga una aclaración: por supuesto que esta influencia no fue unipersonal, y al lado, a la derecha o a la izquierda, de mi madre estaban tanto mi padre, o las dos familias –maternal y paternal- que se reparten asistencia de sus esperados nietos en religiosas navidades, optimistas años nuevos o sedientas y gramillescas llegadas de reyes, como, primordialmente, mi abuelo materno. Siempre recuerdo –es un decir, no lo hago siempre, sino muy de vez es cuando, lo cual aún así ya es mucho- cuando, para un trabajo del colegio secundario de la materia de lengua sobre autores argentinos, nos habían propuesto –obligado, en realidad- a elegir un literato o literata y uno de sus libros, para leerlo y escribir un análisis de una semana a otra. Es decir, en menos de siete días. El séptimo día, que debería haber sido de descanso después de seis noches de fatigosa creación, fue de arduo trabajo. En mi casa –en verdad, en casa de mi madre (que ahora sólo es de mi madre, luego de que mis padres siguieran la noventista moda de divorciarse por &lt;i style=""&gt;incompatibilidad de caracteres&lt;/i&gt;: este debería ser todo un tema de investigación para ponencias o tesinas: cómo las generaciones que en los ’70 habían roto -o pretendido romper- con sus padres, no sólo política-ideológicamente sino también en cuanto al modelo de familia que les habían inculcado, menos de veinte años después no pudieron sostener la vida en familia de esas nuevas familias que se habían propuesto construir y, cual una neoliberal fuga de capitales, finalizaron divorciándose, con abogados, para ellos, y psicoanalistas, para nosotros, de por medio)-; decía, en mi ex-casa, actual casa de mi madre, al igual que en el hogar de mi padre, no son los libros literaturescos los que abundan, sino, en todo caso, en el caso de la primera, los de didáctica, pedagogía y filosofía, y, en el caso del segundo, los de matemática y física. Ninguno de ellos me servía para hacer un trabajo sobre literatos argentinos para la materia de lengua de mi colegio secundario. En cambio, la casa de mi abuelo materno, de mis abuelos maternos, de la madre y padre de mi madre, era un lugar ideal para ello. Había una parte de ella que, desde infancia hasta mi adolescencia, jamás frecuenté en demasía, porque, para qué negarlo, no hay nada más aburrido para un niño que una biblioteca. Aún para un niño que lee. Entre un autito italiano de colección, o una pelota de fútbol fecha pedazos, y un libro -aún uno &lt;i style=""&gt;bueno&lt;/i&gt; y lindo- creo que un niño de menos de once años no tendría mayores dificultades para elegir. Yo, al menos, no las tuve. Pero, para este trabajo, ni el autito ni la pelota por las que -por lo general- me había inclinado hasta ese momento me resultaban de utilidad y, en cambio,&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;esos libros buenos y lindos, esa parte poco explorada de la casa, se revelaba como una clave de bóveda que iba a permitirme el acceso no sólo a los autores y libros tras los que andaba, sino, también, al reconocimiento y la felicitación de la profesora de lengua por el literato y el libro elegido, y por el trabajo realizado. Es decir, esa sección desconocida del hogar de mis abuelos maternos era la garantía de esos nueve o diez que tanto me gustaba recibir en primaria o secundaria, sea en lengua o química. Nunca lo había pensado, pero creo que esos &lt;i style=""&gt;muy bien&lt;/i&gt; que mi madre, padre, abuelos o tíos me espetaban cuando volvía a casa -a alguna casa, a la mía o a la de ellos- con una buena nota bajo el brazo –en mi familia, como en determinado tipo de familia, las buenas notas comienzan del ocho para arriba- siguen ejerciendo su imperceptible aunque efectivísimo papel aún hoy, cuando ya terminé de cursar la carrera, comencé a hacer el profesorado, y mi flamante aunque desértica tesina posee sólo tres tiernas y tímidas páginas. &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.45pt;"&gt;Esto era lo que sobraba en esa parte de la casa de mis abuelos maternos: páginas. Allí, en el estudio donde mi abuelo leía y escribía los artículos que un diario local santarroseño le publicaba luego de haberse jubilado de diputado nacional por una sesentista e &lt;i style=""&gt;izquierdista&lt;/i&gt; fuerza del por entonces proscripto peronismo, estaba la biblioteca, y, por lo tanto, las páginas. Que sobraban, chorreaban, se caían de las paredes. La biblioteca ocupaba –todavía ocupa, aunque cada vez menos: esa biblioteca es una suerte de país latinoamericano arrollado del que imperios centrales europeos o americanos (en este caso, una tía, un tío, mi madre y yo) saquean sus recursos, o sea, en esta vulgar metáfora, sus páginas- toda una pared del estudio, justo al lado de la puerta de entrada y en frente del escritorio donde se encontraba –no recuerdo si todavía se encuentra- la máquina de escribir donde mi abuelo escribía sus artículos y epístolas de las muchas que enviaba. Me acuerdo estimativamente lo que pensé y sentí corporalmente cuando entré al estudio en la búsqueda –instrumental y utilitaria, por entonces- del tan ansiado literato nacional para hacer el trabajo de lengua: primero, en esta maraña de libros ni por asomo encuentro lo que estoy buscando, seguro; segundo, en mi vida voy a llegar a leer esta cantidad de páginas. Si hubiera sido creyente podría haber dicho &lt;i style=""&gt;en ninguna de todas mis vidas&lt;/i&gt;, pero, ya por entonces, el ateismo –todavía no marxista- era uno de los tantos recuerdos que me llevaría de mi madre cuando ya no viviera con ella. Como escribió –recordó, en realidad- Pedro Mairal en el diario &lt;i style=""&gt;Crítica&lt;/i&gt; -breve artículo también &lt;i style=""&gt;publicado&lt;/i&gt; en el blog que comparte con otros dos escritores-, sobre una visita que hizo a &lt;st1:personname productid="la Feria" st="on"&gt;la Feria&lt;/st1:personname&gt; del Libro cuando –&lt;i style=""&gt;long time ago&lt;/i&gt;- estaba en la secundaria -dentro de la que esta salida era de las más aburridas, motivo por el cual le preguntó a una de las tres docentes que estaba a cargo de más de cien chicos &lt;i style=""&gt;para qué venimos a este lugar&lt;/i&gt;, lo que le fue respondido &lt;i style=""&gt;para que vean todo lo que van a tener que leer en sus vidas&lt;/i&gt;, a lo cual la reflexión de Marial fue &lt;i style=""&gt;ya no llego&lt;/i&gt;, teniendo apenas once años-, mi sensación, al momento de entrar a ese estudio y echarle un vistazo a la biblioteca, era que no me iba a alcanzar la vida para leer esos libros. Para peor, me propuse indagar tanto cómo habían llegado a acumularse tantos libros en ese único lugar –con el agravante de que lo acumulado eran páginas, no tierra (como en mi habitación), porque la empleada doméstica de mis abuelos se encargaba semanalmente de mantener la biblioteca con una baja graduación de mugre-, como, asimismo, qué había hecho mi abuelo para haber podido leer esa cantidad de libros. Por entonces, joven e ingenuo, no sospeché que mucho de esos libros –seguramente la mayoría- no sólo no habían sido leídos sino, quizá, solamente comprados y ni siquiera hojeados. La respuesta que recibí a esa pregunta fue doble, pero igualmente demoledora. Por un lado, leer mucho. &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.45pt;"&gt;No hay otra, pensé, para tener un estudio tan lindo como ese, y una biblioteca que lo acompañe tan bien, y tantos libros bellos y &lt;i style=""&gt;buenos&lt;/i&gt; en ella, no queda otra que leer. Estoy jodido, reflexioné. Por el otro lado, tu abuelo, me respondió no poco mitificadamente mi abuela, alguna de mis tres tías, mi tío o mi madre, siempre leyó mucho, hizo dos veces el último de los grados de la primaria porque en el pueblo pampeano donde creció no había secundaria y él no quería dejar de estudiar, después finalmente la hizo, más tarde se anotó a la mítica Filosofía y Letras de Paraguay y Uriburu a estudiar Filosofía y Letras pero sus padres -a diferencia de los tuyos, me atacaron- no eran de clase media sino de los sectores populares, motivo por el cual no podían ayudarlo mientras estudiaba universitariamente, así que tuvo que dejar la carrera ya nomás al año de haber empezado, aunque le iba muy bien, tenía muy buenas notas, aún viviendo en una pensión de mala muerte donde con sus compañeros de cuarto, que también eran estudiantes modestos del &lt;i style=""&gt;interior&lt;/i&gt;, todo lo que comían era sopa y más sopa, lo que les provocaba la burla de otra de las humildes habitantes de la pensión que les decía que ella será inculta y todo lo que ellos quisieran pero, al menos, en su puchero había más sólidos que líquidos, algún pedazo de carne entre tanta verdura, y no como ellos que eran muy leídos y &lt;i style=""&gt;todo lo que ustedes quisieran&lt;/i&gt; pero se la pasaban a sopa y galletitas, y estaban más flacos que un palo de escoba. Después, me dijeron, tu abuelo hizo el magisterio, se dedicó a la docencia conjuntamente con la política, y el resto es historia conocida. Y, si no la conocés, si tu madre no tuvo el tino de contártela, buscá el libro que tu abuelo escribió sobre la escuela antigua y su experiencia en ella. Leelo, no seas tan cómodo, y enterate de esto por tu propia cuenta, me respondió mi abuela, tío o tía, seguro que no mi madre. Mi madre jamás me hubiera hablado así, sino mucho más didácticamente. Tampoco mi abuelo, a quien decidí no hacerle la pregunta porque si esta respuesta había sido larga y cansadora e insoportable, de su boca estos tres atributos se hubieran multiplicado exponencialmente. Eso fue algo que siempre me fascinó de los docentes, de los docentes con los que viví en mi infancia y adolescencia -antes de irme a vivir solo-, o de los docentes -primarios, secundarios o universitarios- que formaban y forman parte de mi familia: la capacidad de explayarse, de hacer de una sobremesa una dimensión aún más prolongada que los preparativos pre-comida o que el almuerzo o la cena misma. Supongo que esta tendencia antibauhausiana y probarroca por el exceso, por el &lt;i style=""&gt;más es más&lt;/i&gt; antes que por el &lt;i style=""&gt;menos es más&lt;/i&gt;, esta debilidad y gusto por irse por las ramas y jamás volver –aunque esto no resulte &lt;i style=""&gt;deseable&lt;/i&gt; desde un punto de vista pedagógico- deviene de allí, de la habilidad de hacer de un concepto, justificadamente -eruditamente, si se quiere-, el asunto de conversación o disputa de dos o tres horas.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.45pt;"&gt;&lt;i style=""&gt;A la final&lt;/i&gt;, me fue bien en el trabajo de lengua pedido por la profesora de esa materia de mi colegio secundario. Aunque el literato que elegí no fuera uno argentino, como &lt;i style=""&gt;obligaba&lt;/i&gt; la consigna, sino uno extranjero: para mayores alardes de la memoria, Joseph Conrad, &lt;i style=""&gt;El duelo&lt;/i&gt;. La docente, poco exigente –o, menos peor pensado, poco apegada al disciplinamiento de las consignas-, no sólo tomó el trabajo como si este hubiera cumplido con las pautas que lo originaban, sino, incluso, lo elogió, lo felicitó: muy bien diez, aplauso, medalla y beso. No es tan fácil –sin que esto signifique un elogio para con aquella profesora ya perdida en los vericuetos de mi memoria- encontrar docentes –o docentas- que resulten tan poco ortodoxos con las consignas que, en muchas oportunidades, resultan escritos por sus mismas plumas. No es tan fácil, incluso, en ámbitos universitarios. Esos ámbitos donde, según mi experiencia de grado me sopla al oído por encima de mis hombros, no es tan inusual encontrarse –sea al comienzo o al final de la carrera: carrera con postas y piernas de bronce- con profesores –investigadores y académicos, obvio- con una verba super-ultra-hiper-revolucionaria y prácticas –sin que por esto diga que el decir no es hacer- super-ultra-hiper conservadoras. La vieja contradicción –aparente, fantasmática, o efectivísima, concreta- entre el decir y el hacer, entre decires insurgentes y haceres reaccionarios. No obstante lo cual, estos profesores –y profesoras, claro-, que pueden ser desde muy buenas personas hasta excelentes cuadros políticos o directores de tesis, pueden resultar, por un lado, invitados a mesas –rectangulares, a punto de romperse por el desfinanciamiento estatal de la educación pública en general- para hablar, cual referentes legítimos y legitimados, de eso mismo que uno más arriba criticaba –&lt;i style=""&gt;tomemos &lt;st1:personname productid="la Casa Rosada" st="on"&gt;&lt;st1:personname productid="la Casa" st="on"&gt;la Casa&lt;/st1:personname&gt; Rosada&lt;/st1:personname&gt;, pero usted, alumno desalumbrado, no me interrumpa cuando hablo&lt;/i&gt;-, como, por el otro, personas –seres, sujetos, individuos- considerablemente &lt;i style=""&gt;inconscientes&lt;/i&gt; de los dislates o incongruencias que uno –en este caso, este humilde escribiente- encuentra y desencuentra entre sus dichos –que son hechos- y sus hechos –que son dichos-.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.45pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;   &lt;/span&gt;En cambio, no hay cambios. Quiero decir, mientras que sus prácticas me parecen similares a un rio que fluye y en ese fluir repite irreflexivamente los ciclos circulares de la naturaleza o la pedagogía no reversible, es recién en otros casos donde uno –es decir, yo- se encuentra con profesores que, al menos relativamente, reconocen que así como son ellos los que están al frente del curso, ese lugar, más o menos tranquilamente, podría ser ocupado por otra persona. Porque, creo, un poco de esto se trata todo esto: si los lugares -la influencia familiar, la borgeana intimidación de las bibliotecas, las más poco exigentes que poco disciplinarias profesoras secundarias, los muy insurgentes pero muy disciplinarios docentes universitarios-, resultan repensables, y, por lo tanto, modificables, ¿cómo no lo habrían de serlo las personas? Para más detalles, o menos inexactitudes, las personas que están -¿estaremos?- al frente –nunca al costado: no es cuestión de perder migas de control simbólico en las relaciones de poder arquitectónicas al interior de un aula- de un curso. De un curso que, opino, justo cuando cierta pedagogía considera que ha perdido el curso -que se encuentra no a la deriva pero sí con un rumbo no muy preciso que digamos-, es cuando mejor ha tomado las riendas de su curso y devenir. Pocas cosas más patéticas que un aula en silencio o estudiantes –no alumnos- levantando la mano para hablar. ¿Qué estamos: en 1917, en 1967? Pero, también, pocas escenas más lastimosas que docentes preguntando preguntas –válgame la redundancia- a estudiantes no tanto con respuestas –como un as, o un gran punto de ping pong- bajo la manga, sino, mejor, con estructuras tan básicas –que motivan soluciones tan rápidas- que llevan a que las respuestas que los estudiantes saben y conocen no sean explicitadas no por timidez o pavor al error, sino, en cambio, como consecuencia de la obviedad de la pregunta, y, por lo tanto, la automaticidad de la respuesta. No recuerdo que los profesores que me hicieron pensar –una, dos veces en mi vida- en mi trayectoria educativa lo hayan hecho preguntándome preguntas cuyas respuestas ya sabía. Sino, más bien, todo lo contrario. Todo lo contrario.&lt;span style=""&gt;      &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1970873953680837637-8741205340670600997?l=ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com/feeds/8741205340670600997/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1970873953680837637&amp;postID=8741205340670600997&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1970873953680837637/posts/default/8741205340670600997'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1970873953680837637/posts/default/8741205340670600997'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com/2008/06/autobiografa-de-vos-yo-soy-otros.html' title='Autobiografía de vos: Yo soy otros.'/><author><name>Qué te importa.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13966481193676647640</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SElsti3NY6I/AAAAAAAAAE4/DCGseRck2Uc/s72-c/clip_image002.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1970873953680837637.post-222005525922234201</id><published>2008-05-21T21:51:00.000-07:00</published><updated>2008-05-21T21:55:24.389-07:00</updated><title type='text'>Lunes por la tarde.</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://1.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SDT8et6AE6I/AAAAAAAAAEw/BOQR1BZTzPo/s1600-h/clip_image001.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0pt 10px 10px 0pt; float: left; cursor: pointer;" src="http://1.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SDT8et6AE6I/AAAAAAAAAEw/BOQR1BZTzPo/s320/clip_image001.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5203061074168910754" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt; &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;Era un lunes a las dos y media de la tarde, cuando me dirigía a la facultad. Me esperaban cuatro horas de aburrida cursada, las que me encontraba ansioso por postergar. Pero, así como los sueños sueños son, las obligaciones son obligaciones. Me bañé antes de salir a la calle, me puse la crema postbaño que alisa mis rebeldes cabellos, rocié los costados de mi cuello y la cara de mi muñeca derecha con el último perfume comprado en la económica perfumería de la esquina de mi casa, tomé la mochilla hoy más llena de tierra que de apuntes, y apunté hacia la calle. Allí, caminé cincuenta metros hasta la cita de las avenidas que abrazan mi pequeña y apretada casa, después doscientos metros hasta una calle que, en su abreviatura, puede significar tanto un tipo de carga en un horrible trabajo administrativo, un nombre de un radical presidente acortado, o una de las cinco sedes de una facultad desfinanciada, para caminar, después, treinta metros en dirección norte hasta la parada del colectivo en cuestión. Porque es un colectivo, no bondi, tal como esos porteños por nacimiento o adopción tanto esfuerzo hacen por repetir o acordar. Yo nací en la capital del mundo, en la ciudad donde Dios tiene su santa sede, en la plaza donde Gardel y Piazzola y Guevara y Maradona nacieron o crecieron, y fui dado a luz en la que tal vez sea la clínica más concheta –y, por lo tanto, más cara- del país -o quizá de toda Latinoamérica-, pero, ¿cómo es eso de que uno no puede elegir el lugar donde nació, donde renació, donde volvió a nacer? Me tomé el colectivo y, como de tres lunes a esta parte, en la misma parada de siempre, pleno corazón de Barrio Norte, subió esa hermosa compañera de facultad: rubia, pelo lacio, anteojos y un físico discreto pero llamativo que me obligó a apartar mis gafas del libro que públicamente siempre simulo leer -aunque realmente nunca no lo haga- para mirarla solamente a ella. Y ella dándose cuenta que yo la miro, y yo dándome cuenta que ella se da cuenta que yo la miro, y así hasta la parada que nos separa pero acerca.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;Sin embargo, esta vez, en este viaje, no fue tanto su belleza, su pertenencia seguramente provinciana -¿quién espera, a las dos y media de la tarde, un colectivo para cursar una materia de la orientación de Comunicación ubaística como si fuera la obligación más importante del mundo?-, la que me llamó la atención, la que expulsó los ojos del mismo libro –prestado- que siempre simulo leer. En frente mío -yo iba sentado y ellos parados-, dos muchachos conversaban. No parecían, ciertamente, estudiantes comunicacionales viajando en el transporte público -¿cómo luce un estudiante comunicacional?, ¿el transporte público sigue siendo público?-, pero aparecían y aparecieron en mi vida de viaje con una conversación que no pude evitar escuchar. Sobre todo porque realice todos los esfuerzos habidos y por haber para hacerlo. Él, mediana estatura, lacio, sin vidrios, &lt;i style=""&gt;correctamente&lt;/i&gt; vestido, le comentaba a su amigo, bajo, enrulado, anteojoudo, desarreglado, que, en complicidad con sus hermanas, se había dedicado en las últimas semanas a bajar todos los capítulos de la masiva serie &lt;i style=""&gt;Friends&lt;/i&gt;, y que, por esos días, ya se encontraba en el avistaje final de los últimos capítulos. No conforme con tamaña confesión, la que revelaba sus nada cultos consumos simbólicos, el más mediano de los dos, el lacio y desvidriado, continuó con su relato. Con el cuento personal y referencial que le estaba contando a su amigo.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;Aunque, en realidad, no solamente a él. A esa altura, lo que al comienzo había sido mi fallido disimulo de fingir leer el libro prestado, cuando todo lo que me interesaba era escuchar lo que conversaban, se había convertido en un explícito abandono de las actuaciones y del libro, dejando a las primeras en la primer clase de teatro que nunca tomé, y al segundo o bien en la falda de mis piernas o bien en mi mochilla ya entonces más llena de tierra que de préstamos. Fingiendo mirar, atentamente, las expresiones de los pasajeros inmóviles del bondi, o simulando observar, melancólicamente, las calles y veredas que el colectivo iba dejando atrás, me atuve a escuchar, chusmamente, lo que uno de los muchachos le contaba a su amigo. &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;Le contaba que, viendo los últimos cuatro capítulos de la última temporada -la décima- de la masiva serie norteamericana Friends, un viernes por la noche, después de haber vuelto del trabajo, en la computadora, a un volumen lo suficientemente bajo como para no despertar a sus hermanas que dormían en la habitación de al lado, primero, había roto en llanto, se había &lt;i style=""&gt;rompido&lt;/i&gt; los ojos de llorar no sabiendo muy bien porqué, pero acordándose de novelas sobre la materia y autores reprimidos. Pero, segundo, que se había convencido de algo que le había costado aceptar, se había autoconvencido –con la ayuda de Jenifers Anistons y gags previsibles pero jocosos- de lo que llevaba casi un año y medio negando. Se había dado cuenta, sin necesidad de que las cuentas tiren los dados por él, que ella no era él, pero que él tampoco era ella, y que lo que veía en la pantalla, y le robaba risas, enternecimientos y lágrimas, era algo que, al menos con ella, en quien estaba pensando mientras miraba esas tres horas de serie, iba a verlo sólo en la televisión, en la pantalla de su computadora, un viernes por la noche, recién llegado del trabajo, cansado pero triste, libre pero sólo, engustado pero equivocado. Se dio cuenta de eso porque aceptó que él y ella, ella y él, no eran Ross and Rachel, Rachel and Ross, como, de dos años a esta parte, y sobre todo esa noche, esas tres horas de televisión computarizada en silencio para simular ser un hermano considerado, le gustaba pensar. Como había leído en un cuento sobre Ghunters, bellezas científicas, escritores y paleontólogos con miembros considerablemente desproporcionados, él no era para ella lo que ella era para él, ella no era para él lo que él era para ella, y la cadena de montaje de malentendidos que incendiaban la intersubjetividad, o construían puentes con proyecciones antagónicas, se extendía sin solución de stopes. &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;Se dio cuenta de eso, secó las lágrimas que los cuatro capítulos le habían brotado y fue cortar al espejo de su baño, terminó de ver el último de los capítulos, y se acostó -con las mejillas todavía un poco mojadas- pensando, trágica pero dionisiacamente, en eso, en que nunca jamás iba a pasar algo entre ellos, en que, cual una ley de la historia, estaba escrito en el destino que, en lo que a él atenía, iba a ser el único destino del que iba a tener noticia. Ya no se hablaban, ya no se veían, ya no se querían. Aunque, en verdad, ella nunca lo había querido, él solo había sido el que la había querido a ella. &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;Pero dejate de tanto llanto che, siempre tan llorón vos, siempre tan trágico. A ver cuando te vas haciendo hombre, cuando te vas sobreponiendo a tanta mocosidad femenina, a tanto mariconeo sensibiloide, le dijo su amigo, para pánico de todo el bondi, incluso del colectivero, que seguía la conversación desde que él había contado que había llorado, después de haber parado el colectivo en Estado de Israel y Angel Gallardo y Avenida Corrientes. Una cruzada de tres calles, pensó él, mientras todo el colectivo, damas y caballeros, señoritas y niños, lo veía levantar la vista para darse cuenta que lo que creía estar contando a su amigo era escuchado por mí, desde que comenzó la conversación, y por todo el colectivo, desde hacía diez paradas. Una cruzada de tres esquinas, repitió para sus interiores, nada amedrentado por el aluvión de miradas &lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;y la ansiedad que despertaba en las doñas rosas necesitadas de una antesala colectivera para sus telenovelas centroamericanas de la siesta. Este punto reúne tres calles, es una esquina de cinco manzanas, un despropósito de la planificación urbana, pensó, dulce por la ocurrencia. ¿Cuál es la diferencia entre un amor no correspondido y una esquina con cinco esquinas?, siguió. Pero, ya entonces, los cuatro ojos que daban razón a su relato, los míos y los de mi bella y rubia y anteojuda compañera, se habían ido para no volver. Unos, para retomar el simulacro de leer &lt;i style=""&gt;Libro de Manuel&lt;/i&gt;: los míos. Los otros, los de ella, para volver a leer &lt;u&gt;Ómnibus&lt;/u&gt;. Todo, mientras Cortázar volvía a su asiento, encendía el colectivo, y continuaba el recorrido. El controlador horario de la empresa lo esperaba a las catorce y cincuenta minutos en Ángel Gallardo y Ramos.&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1970873953680837637-222005525922234201?l=ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com/feeds/222005525922234201/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1970873953680837637&amp;postID=222005525922234201&amp;isPopup=true' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1970873953680837637/posts/default/222005525922234201'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1970873953680837637/posts/default/222005525922234201'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com/2008/05/lunes-por-la-tarde.html' title='Lunes por la tarde.'/><author><name>Qué te importa.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13966481193676647640</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SDT8et6AE6I/AAAAAAAAAEw/BOQR1BZTzPo/s72-c/clip_image001.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1970873953680837637.post-5721281146356751780</id><published>2008-05-11T08:55:00.000-07:00</published><updated>2008-05-11T09:06:02.778-07:00</updated><title type='text'>Vicio de grafómano, volcar todo a la escritura: sobre obediencias y deberes.</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://4.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SCcZRxrnx8I/AAAAAAAAAEo/QVxlLKbSUDw/s1600-h/clip_image001.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0pt 10px 10px 0pt; float: left; cursor: pointer;" src="http://4.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SCcZRxrnx8I/AAAAAAAAAEo/QVxlLKbSUDw/s320/clip_image001.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5199152088007296962" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt; &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;        Sucede que trabajo en un laburo administrativo, y que quien está a mi cargo es un interino iletrado –lo que los miserabilistas y racistas (sin que sean lo mismo) llamarían &lt;i style=""&gt;un negro de mierda&lt;/i&gt;-, y que la persona en cuestión recibe órdenes de sus superiores que, irreflexivamente, apensativamente, repite y reproduce. Así fue que en el día de ayer, jueves nueve de abril de dos mil ocho, me enteré que el día anterior –en el que estuve ausente por enfermedades e inmortalidades- le había dicho a mis compañeros de trabajo que a partir del día de mañana –ayer- algo iba a cambiar a partir de determinada hora hasta determinada hora en nuestra rutina laboral. Este cambio contó con el descontento de los seis oídos qué escucharon la novedad, pero, ¿qué va, qué le importa a las empresas capitalistas, y a los acríticos empleados con trabajadores a cargo de ellas, lo que a estos les guste o disguste? Entonces, cuando ayer arribé a mi trabajo, me enteré de la noticia, y a mí, al igual que a los seis oídos, tampoco me hizo mucha gracia. Con la pequeña diferencia, y está muy mal –moralistamente hablando- que sea yo el que lo piense y, sobre todo, escriba, que yo, al final de su iletrada disertación –que no fue tal, sino un profusión de amenazas, intimidaciones y descalificaciones: siempre laborales, claro- le hice saber, públicamente, mi inconformidad con la medida, y le solicité, puntualmente, que por favor se reviera la decisión. &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;No él, claro, quien tiene tanto poder –no de fuego sino- de decisión como yo de seducción, sino, por supuesto, sus superiores que le dijeron que nos diga lo que después vino a decirnos. Mientras escribía esto último recordé, automática aunque imprecisamente -como un flash fuera de foco-, otro texto –no recuerdo cuál- en el que escribí esto mismo. O, menos peor dicho, una situación parecida: alguien, irreflexivo y apensativo, repetitivo y acrítico, dijo exactamente lo que le dijeron que diga, repitió aquello mismo que había escuchado. Eliminando la idea de traducción, la idea de que entre lo escuchado, visto o leído y nuestro comentario de él siempre media nuestra subjetividad, nuestra historia y nuestro presente, es decir, nosotros, esta persona dijo exactamente lo que le habían dicho, repitió palabra por palabra lo que le habían espetado. Sacando de la escena al sujeto productor de la obra, al sujeto que media en toda reproducción, esta persona consiguió hacerse acreedora de unos de los títulos menos prestigiosos que un ser hablante puede ganar en el mundillo social de la comunicación: ser solamente un medio, un &lt;i style=""&gt;médium&lt;/i&gt;, un canal por el que pasan mensajes –ni siquiera ríos o enamorados-, un puente que repite y repite más que unir o separar, un túnel por el que, así como pasó ese mensaje que nuestros superiores jerárquicos nos hicieran llegar a través de su boca movida como un títere por un maestro titiritero, podría pasar cualquier mensaje. Desde el más intrascendente hasta el más lamentable. &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;Lo de lamentablemente no es tan antojadizo y viene a cuenta de lo siguiente: cuando mi planteo, su respuesta fue que eso fue lo que le habían dicho y que eso era lo que nos decía, lo que&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;nos transmitía, y que la decisión ya estaba tomada. Como si, fatalistamente, las decisiones se tomarán de una vez y para siempre y no se pudiera volver sobre ellas, como si las decisiones tomadas, como la idea de destino, fuera algo que nos atormentara y de lo que no pudiéramos salir, salirnos, evitar: como si las decisiones, irreflexivamente, fueran un objeto sobre el que no se puede volver críticamente para chequear su hicimos mal o bien, si acertamos o nos equivocamos, si dimos en la tecla o en el clavo o meamos afuera del tarro y cagamos la fruta. &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;Las decisiones tomadas como un destino pero, también, las órdenes recibidas como una sentencia. Cuando le planteé la inquietud, y recibí su contestación idiota –en el sentido que no atisbaba diferencias- y marmota –por lo dormida y quieta-, su respuesta con la que justificó lo dicho fue que eso fue lo que le habían dicho y él lo repetía, que eso había sido lo que sus superiores –y por lo tanto también los nuestros- habían decidido y que, por lo tanto, ya era una decisión tomada. Como si las decisiones de las personas que, jerárquicamente -sólo jerárquicamente-, están por encima nuestro en el organigrama vertical de una empresa no fueran revisables, discutibles, reformulables. Pero cuando dijo eso yo pensé en otra cosa, otro flash –igual de automático o impreciso que el anterior, sólo que quizá más desproporcionado- me cruzó la cabeza: obediencia debida, pensé. No el ochentista tema de la ochentosa banda Instrucción Cívica, liderada por Kevin Johansen, sino una de las dos patéticas leyes dictadas por el gobierno alfonsinista con posterioridad al igualmente alfonsinista juicio a las juntas genocidas de la última dictadura cívico-militar –por supuesto, jamás llamada de ese modo por el gobierno radical-. Esa ley, junto con la de punto final, no sólo desconocieron muchos de los parciales logros en materia de derechos humanos, verdad y justicia alcanzados con el juicio a las juntas del ’85, sino que, por un lado, establecían un límite temporal a la presentación de denuncias contra el accionar represivo de la dictadura –ley de punto final-, y, por el otro, post-levantamientos carapintadas liderados por los ahora democráticos Rico y Seineldin, les aseguraba impunidad legal a los cuadros medios y bajos de las fuerzas armadas, los que, entusiastamente invitados por sus superiores –los cuadros altos de las tres armas-, habían sido incluidos en las tareas sucias de persecución, tortura, asesinato, desaparición, violación y robo de bebes y propiedades perpetradas por la dictadura. Es muy sabido que los cuadros altos de las fuerzas armadas, conocedores que la historia no se agotaba con el fin de su golpe de estado y que los tiempos políticos y judiciales podían cambiar –como efectivamente sucedió, tibiamente, pero efectivamente sucedió-, se aseguraron que hasta el último conscripto que hizo la colimba en los siete años dictatoriales haya estado involucrado, de alguna manera, directa o indirectamente, en las tareas sucias que fueron la norma y no el exceso de esos siete años. Siete años en los que la sociedad argentina -lo que los peronistas gustan llamar &lt;i style=""&gt;el pueblo&lt;/i&gt;-, aconsejaba no meterse, porque, justo, estaban pasando un partido de Argentina del mundial. Seguros de eso, de que hasta el soldado más raso tenía, de alguna manera, sus manos manchadas con sangre, se quedaron tranquilos y se fueron a sus casas, o bien con condenas perpetuas rápidamente indultadas, o bien con condenas irrisorias comparadas con el daño infringido. Los cuadros medios y bajos, no contentos con esta situación, con que fueran ellos, los subordinados, los que sólo aceptaban órdenes, los que estaban siendo condenados, se sublevaron en contra de la democracia, y fue justo el gobierno que decía representarla, el alfonsinista, el que –ahora- los dejó tranquilos a ellos, mediante la sanción de las leyes, por un lado, de obediencia debida, y, por el otro, de punto final. La ley de obediencia debida significa que los subordinados que cometieron crímenes durante la dictadura sólo cumplieron órdenes. Sólo hacían lo que les dijeron que tenían que hacer. La obediencia, en los ámbitos castrenses, como en las huestes empresariales, no sólo resulta necesaria sino imprescindible: es lo que funda la autoridad. Porque sin obediencia no hay autoridad. Sin obediencia no hay superiores ni inferiores ni subordinados. No hay órdenes ni aceptaciones o reproducciones de ellas. Es la obediencia, y la irreflexividad y la ausencia de pensamiento sobre lo que escuchamos y nos dicen que hagamos, la que habilita no sólo la autoridad, sino también, mucho más terriblemente, las acciones más atroces que el ser humano pudo perpetrar. Por supuesto que escuchar una indicación de un superior jerárquico y repetirla muy lejos está de torturar, violar y desaparecer, pero, ¿y si esa persona, en lugar de estar en una empresa administrativa, estuviera en una empresa vestida de verde y con especificidades bélicas? Si esa persona, el día de mañana, dejá de ser un administrativo a cargo de cuatro trabajadores y se suma a las fuerzas represivas, ¿va a modificar su proceder? ¿Va a comenzar a manejarse de otra manera? ¿Repentinamente? ¿Por qué sí? ¿Así porque sí?&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1970873953680837637-5721281146356751780?l=ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com/feeds/5721281146356751780/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1970873953680837637&amp;postID=5721281146356751780&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1970873953680837637/posts/default/5721281146356751780'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1970873953680837637/posts/default/5721281146356751780'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com/2008/05/vicio-de-grafmano-volcar-todo-la.html' title='Vicio de grafómano, volcar todo a la escritura: sobre obediencias y deberes.'/><author><name>Qué te importa.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13966481193676647640</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SCcZRxrnx8I/AAAAAAAAAEo/QVxlLKbSUDw/s72-c/clip_image001.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1970873953680837637.post-9030106770431247861</id><published>2008-05-07T06:48:00.000-07:00</published><updated>2008-05-07T06:52:15.132-07:00</updated><title type='text'>Fenomenología de los cinco dedos de la mano.</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://1.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SCGzyC6B9NI/AAAAAAAAAEg/ebW4l1BPl64/s1600-h/clip_image001.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0pt 10px 10px 0pt; float: left; cursor: pointer;" src="http://1.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SCGzyC6B9NI/AAAAAAAAAEg/ebW4l1BPl64/s320/clip_image001.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5197633117317362898" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt; &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;            Todo comenzó cuando, a la salida de una fatigosa jornada laboral de martes, la disciplinaria máquina cibernética que debía dar cuenta que mi horario de entrada había sido a las dieciocho horas y el de salida a las veinticuatro se negó a esto último. Mientras mis compañeras y compañeros de trabajo llegaban y se iban del lugar de computacional registro de presencia y puntualidad -ellas y ellos interrumpiéndome por un momento en mis vanos intentos de que la máquina reconozca la identidad parcial de mis huellas dactilares-, yo estaba ahí, al pie de la máquina, sin ningún cañón a mano que me acercara la utopía luddista –por los anarquistas, no por Ítalo Lúder, el ludo o el ludicismo- de hacerla pedazos, en lugar de luchar por su apropiación, Marx mediante.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Ahí estaba yo: Probando, tres, doce, treinta veces, poner el dedo en donde debe ponerse, testeando posiciones e intensidades de asentamiento, mirando extrañando mi mano mientras me preguntaba si seis horas de alienantes y maquínicas tareas administrativas habían logrado, incluso, borrar parcialmente mis huellas dactilares. Otra de las alternativas, avizorada por algunos de mis compañeros de trabajo, ciertamente los más indeseables, era que me hubieran echado, borrado mis datos y huellas dactilares de la memoria –irreflexiva, repetitiva- de la máquina, lo que explicaría que, mientras que todas y todos llegaban, apretaban el botón de salida, ponían el dedo, escuchaban la voz española que les confirmaba que el mecanismo de control había salido un kilo y dos pancitos y se iban, yo haya estado al lado de la máquina por más de diez minutos, escuchando cómo, una y otra vez, la masculina voz española a partir de la cual nos enteramos de los pareces maquínicos me repetía que, por favor, lo intenté de nuevo. Como un &lt;i style=""&gt;seguí participando&lt;/i&gt; espetado por una promoción de chicles o dulces, sólo que dicho por una máquina, en un lugar de trabajo, y con acento -¿qué es el acento?, ¿si hay acento cuál es el &lt;i style=""&gt;grado cero&lt;/i&gt; del acento?, ¿si todo es acento no sería que nada es acento?- español y voz masculina. Muy masculina. Machistamente masculina.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Para salir del paso y responder los pésimos chistes de los mis más indeseables compañeros de trabajo, quienes insistían con que me habían echado –como si la vida fuera así de bella, con perdón de Benigni y Kusturica- y que por eso la máquina –que ni siquiera tiene que ver con una máquina que permite remisiones poéticas, como la de &lt;i style=""&gt;Spacce oddity&lt;/i&gt; (1968) de Kubrick- no reconocía mis huellas dactilares, se me ocurrió un chiste, no poco influido por el filósofo francés que así no se reconocía pero también por los políticos decimonónicos biologicistas y revolucionarios, según el cual el motivo del desconocimiento maquínico de mis dactilares huellas era que mi dedo índice, no menos que el resto de los nueve dedos de mis manos, era un dedo rebelde. Un dedo que se resistía a los disciplinamientos post-fordistas y computacionales de este siglo veintiuno que sólo excepcionalmente intenta construir un socialismo de ese siglo pero que, en su inmensa mayoría, continúa en sus devenires capitalistas, ya se más cercanos a las versiones criollas de los escandinavos estados de bienestar, o a las versiones también criollas de los tratcherianos-reaganianos estados de malestar neo-conservadores. &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Me gustó la idea de tener un dedo díscolo, un dedo que se oponía, principesca y quijotescamente –el dedo con el que había y hay que marcar es el índice, el mismo que los vanguardistas levantan cuando declaman, o con el que apuntan cuando denuncian-, a los disciplinarios mecanismos de control y acumulación de información personal. Sin embargo, de haberme quedado ahí, en la lúdica –ahora sí de ludicismo, no de Ítalo Lúder, ludo o luddistas- pero no por eso menos conformista constatación de que mi dedo no había podido ser registrado por la máquina, lo que había disparado todo tipo de chistes malos –de mis dos indeseables compañeros de trabajo- y humoradas, me hubiera perdido de algo, hubiera llegado demasiado rápido a ese estado óptimo que, social y culturalmente, solemos simbolizar con el dedo gordo levantado y el resto de la mano cerrada. Es decir, esa combinación de levantamientos, cierres y aperturas de dedos que, muy influidos por la cultura norteamericana –Mattelart y Dorfman siempre resultan considerables contemporáneos-, acostumbramos a entender como Ok. O sea, como okey, está bien, bueno, etc. Sin embargo, no hubiera estado ok, okey, bien ni etc. habernos detenido allí, en que un dedo se resistía a su cifrado cibernético. O, menos lúdicamente, en que, esa noche, la máquina no había podido registrar los dedos índices de mis manos derecha e izquierda que garantizaban que me retiraba en tiempo y forma de un puesto de trabajo tan bien remunerado. No hubiera estado ok porque hubiera sido conformista, acolchonado, pequeñoburgués, fofo. Es decir, todo lo que es el dedo gordo de nuestras manos. El dedo gordo, de los cinco dedos maníticos, es el dedo pequebús, conformista, acrítico, por antonomasia. No sólo es el que levantamos cuando queremos simbolizar, manualmente, que todo está bien, que no hay problema, o que nos olvidamos del problema. Es, también, el dedo más separado de sus compañeros cuando levantamos la palma de la mano en dirección a lo que nos dirigimos para reclamar detenimiento, suspensión, corte. Si apuntamos con nuestra mano derecha lo que queremos detener, a lo que queremos impedirle el paso o la continuidad –por ejemplo, por algo decir, determinado sistema político-económico-social-, el dedo gordo es el que más lejos se encuentra de sus restantes cuatro compañeros, el que más apartado está de sus cuatro –como las tortugas ninja, o la hinchada de River- compañeros de protesta. El dedo gordo es un dedo separatista, divisionista, aislante. Vanguardista, podría llegar a decirse, si no fuera porque ese mote, seguramente, le cabe menos peor al dedo índice que a cualquier otro de la mano. Pero, sin duda, el dedo gordo es un dedo burgués, reaccionario, conservador, contrarrevolucionario. &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;El dedo índice, en cambio, apunta, y, como algo apunta, hacia algo se mueve. A pesar de su vanguardismo-nada-horizontalista, no es un dedo quietista y que se adapta –o, en sus versiones de autoayuda, que se mentaliza- a todo, como el dedo gordo. Sin embargo, donde la cosa se pone interesante, donde la mano se vuelve atractiva, no es en la sección de los dedos más cercana al torso sino, en cambio, en la de los dedos más alejados de él. La mano, derecha o izquierda, poco importa, se aparta del conformismo pequeñoburgués del dedo gordo, y del vanguardismo ilustrado-iluminista del índice, con el dedo inmediatamente vecino a este último. Este es el dedo de la rebeldía, el dedo con el que hacemos &lt;i style=""&gt;fuck you&lt;/i&gt; –otra construcción, otro símbolo no poco influido por la pene-etrante cultura norteamericana-, el dedo con el que le deseamos a alguien que se joda. El dedo con el que mandamos a un hijo de puta a cagar. Mejor, claro, si ese hijo de puta es un burgués reaccionario, conservador y contrarrevolucionario, desde ya. Pero ese, por decirlo así, es el dedo de la dignidad, porque es el dedo de la rebeldía. Esto se esta pareciendo demasiado a una carta del Sup. Comandante Marcos, sólo que mucho peor escrita, y no es la intención. Ese dedo, el que prosigue -de izquierda a derecha desde el torso del cuerpo hacia las extremidades- al índice, es el dedo de la reivindicación, de la afirmación, de la defensa –no del consumidor, toda una categoría capitalista, y, con ella, todos los organismos, oficiales o civiles, que se dedican a su defensa: con Barthes, ¿qué es un usuario?- de la subjetividad, de la puesta en guardia de la propia subjetividad. Alienada por trabajos diarios, maquínicos e irreflexivos. Trabajos que tienen como método de control –y, por lo tanto, de amenaza- máquinas -con voces masculinamente gruesas de españoles- que vigilan los minutos de entrada y salida de los trabajadores. Trabajadores que, por ahí, cuando uno de sus diez dedos se digna a hacerlo, mandan a la mierda esos métodos de vigilancia mediante dedos que, sin proponérselo, no se dejan escanear por máquinas de registración. Como cantaba Luca Prodan, fuck you. &lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1970873953680837637-9030106770431247861?l=ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com/feeds/9030106770431247861/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1970873953680837637&amp;postID=9030106770431247861&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1970873953680837637/posts/default/9030106770431247861'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1970873953680837637/posts/default/9030106770431247861'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com/2008/05/fenomenologa-de-los-cinco-dedos-de-la.html' title='Fenomenología de los cinco dedos de la mano.'/><author><name>Qué te importa.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13966481193676647640</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SCGzyC6B9NI/AAAAAAAAAEg/ebW4l1BPl64/s72-c/clip_image001.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1970873953680837637.post-8980313267739447861</id><published>2008-05-06T09:37:00.001-07:00</published><updated>2008-05-06T09:41:13.638-07:00</updated><title type='text'>Joyce, Kafka y Scarlett Johansson.</title><content type='html'>&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://3.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SCCJ95IVXjI/AAAAAAAAAEY/Y388-4ipVxQ/s1600-h/ciudad3.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0pt 10px 10px 0pt; float: left; cursor: pointer;" src="http://3.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SCCJ95IVXjI/AAAAAAAAAEY/Y388-4ipVxQ/s320/ciudad3.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5197305666386353714" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;span style="font-size: 12pt; font-family: &amp;quot;Times New Roman&amp;quot;;"&gt;Joyce (…) es demasiado, cómo decirle?, demasiado &lt;i style=""&gt;trabajosamente virtuoso&lt;/i&gt;. Un malabarista, dijo. Alguien que hace juegos de palabras cuando otros hacen juegos de manos. Kafka (…) es el equilibrista que camina en el aire, sin red, y arriesga la vida tratando de mantener el equilibrio, moviendo un pie, y después muy lentamente el otro pie, sobre el alambre tenso de su lenguaje. Joyce era un hombre diestro, no cabe duda; Kafka (…) no era diestro, era torpe y se convirtió en un experto de su propia torpeza. Joyce lleva un estandarte que dice: Soy aquel que supera todos los obstáculos, mientras que Kafka escribe en un block y guarda y guarda en un bolsillo de su chaqueta abotonada esta inscripción: Soy aquel a quien todos los obstáculos superan. Kafka ha dicho, dice Tardewski: Enfrento &lt;i style=""&gt;la imposibilidad de no escribir&lt;/i&gt;, la de escribir en alemán, la de escribir en otro idioma, a la cual se podría agregar caso una cuarta imposibilidad: la de escribir. Esta cuarta imposibilidad era, para él, la suprema tentación (…) Pero (…) supo mejor que nadie que los escritores verdaderamente grandes son aquellos que enfrentan siempre la imposibilidad casi absoluta de escribir (Piglia, R., Respiración artificial, Sudamericana, Bs. As., 1988. Las cursivas son mías, así como también cuatro de los cinco paréntesis: la buena escritura y el ritmo, ajenos).&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;span style=";font-family:&amp;quot;;font-size:12;"  &gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1970873953680837637-8980313267739447861?l=ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com/feeds/8980313267739447861/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1970873953680837637&amp;postID=8980313267739447861&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1970873953680837637/posts/default/8980313267739447861'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1970873953680837637/posts/default/8980313267739447861'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com/2008/05/joyce-kafka-y-scarlett-johansson.html' title='Joyce, Kafka y Scarlett Johansson.'/><author><name>Qué te importa.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13966481193676647640</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SCCJ95IVXjI/AAAAAAAAAEY/Y388-4ipVxQ/s72-c/ciudad3.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1970873953680837637.post-5310988226963670154</id><published>2008-05-04T12:43:00.000-07:00</published><updated>2008-05-04T12:45:35.495-07:00</updated><title type='text'>El día que Dalila le enseñó música a Beethoven. Parte VI: Pastillas y muertes.</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://1.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SB4SS5IVXiI/AAAAAAAAAEQ/ovtK2jO1Bhs/s1600-h/destacado-nomade-bikini.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0pt 10px 10px 0pt; float: left; cursor: pointer;" src="http://1.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SB4SS5IVXiI/AAAAAAAAAEQ/ovtK2jO1Bhs/s320/destacado-nomade-bikini.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5196611135814852130" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt; &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;La locura no le sentaba mal. Lo que a fines de su post-adolescencia le provocaba miedo, en los albores de su prematura adultez le provocaba placer. Había aprendido a sacarle el jugo a la locura, a la insana mental, a la patología psicológica. Le gustaba verse al espejo y no reconocerse, creerse omnipotente, estar convencido de que no sólo podía ser otro sino también de que podía ser todos los otros que quisiera. Soy un excelente actor, solía pensar, cuando su post-adolescencia con escuchas de Dylan y Calamaro se licuaba como los restos de razón en su persona, y su proletarización -no sólo estético-política sino también musical-verbal- comenzaba a tomar cuerpo en su cuerpo. Flaco, desgarbado, casi anoréxico. Soy un gran actor pero también un gran embustero, podría resultar un inigualable líder de masas, un nuevo Perón sin Perón, un nuevo Perón al estilo del que quería ser Massera, sólo que culto y sensible, sólo que populistamente amante de la pintura abstracta y Schubert, pensaba, mientras el primero de los médicos que llamaron con su hermana mayor lo examinaba sin desnudarlo, prácticamente como en un final obligatorio universitario. Lo pensaba y no se asustaba de pensarlo, de nombrar a Massera –y a Perón- hablando de lo que podía ser, de pensar lo que pensaba. Una muestra más que no estoy bien, se decía, porque sí hubo algo que siempre tuvo muy claro fue que no estaba bien.&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;Era un enfermo y un enfermero en el mismo cuerpo, un colectivo que pasa con ideas de suicidio y deseos de internación, pero que vuelve con racionalizaciones forzadas y llamadas a la calma. Así como a sus post-adolescentes veinte años se dio cuenta que no se gustaba, en meses posteriores se convenció de sus peligrosas cercanías con la locura. Estoy por volverme loco, solía repetirse en silencio, mientras miraba a su hermana mayor estudiar y escuchaba los ecos de Schubert que el pequeño equipo de música –criticado por una compañera de facultad porque no era de marca, compañera de facultad a la que se podría haber cogido de arriba abajo, a la que le hubiera podido romper el culo cuántas veces hubiera querido, pero no tenía ganas, estaba cansado y deprimido- anacrónico hacía rebotar por las cuatro paredes del monoambiente. Estrictamente hablando. A ella, de algún modo, también la estoy engañando, pensó alguna vez en relación con su hermana. Ella piensa que estoy bien, que sigo con mi vida corriente de cursadas y lecturas, pero, en realidad, estoy muy mal, soy un peligro para ella, ella no debería tenerme cerca, yo debería alejarme de ella, por su bien, por mi bien, por no terminar en la cárcel o en el manicomio. En la cárcel me violarían y en el manicomio me harían explotar de pastillas, no quiero una cosa ni la otra, quiero estar mejor, dejar a ser otro y volver a ser el que era, ese mismo que no me gustaba y por el que cambie de personalidad. Aunque no de cuerpo. El seguía siendo el mismo raquítico de siempre, el mismo flacucho al que su hermana le decía que coma. Y no sólo galletitas con paté y mate. Ella no puede decirme qué hacer, ella no debería decirme qué es lo que tengo que hacer, yo la estoy engañando, ergo, soy más inteligente que ella, ergo, en todo caso, yo la dirijo a ella, no ella a mí. Él, al igual que a su por entonces mejor amigo luego peor enemigo, círculos y vecinos, la estaba engañando. Si a los primeros, con el paso de los meses, les pudo hacer creer que ya no era más aquel adolescente soberbio y arrogante, con un sentido del humor obsesivo e insoportable, y que ahora era un joven que podía reconocer errores propios y desdoblarse lo suficiente como para llegar a escuchar al otro, a su hermana le mentía actuando que estaba bien, que todos los días que lo descubría a las nueve de la mañana a los pies de la cama sentado sobre ella y con las dos manos sobre su cara todo lo que estaba haciendo no era más que desmorrarse, después de una larga noche de descanso, luego de un fatigoso día de lecturas. Que cuando, sentados a la mesa casi exclusivamente de estudio que ocupaba prácticamente el sesenta por siento del monoambiente, lo descubría con la mirada perdida, con la pérdida en la mirada, todo lo que hacía era pensar, filosofar, no especular de qué modo podría quitarse una vida que a esa altura era más una muerte en vida que una vida por la que vale la pena morir. Pensó en pastillas, pero le pareció inapropiado confundir consumos de sus tiempos de ocio con elementos salvadores que finalmente le darían la clave para la auto-administración de su vida. Y, por lo tanto, de su muerte. Por ese entonces, agonizando su post-adolescencia y naciendo por entre los huesos contraídos de un vientre su gelatinosa adultez, sus lecturas sobre organizaciones político-militares setentistas y sobre conducciones esquizofrénicas que llamaban a soportar la tortura pero repartían en los portamonedas que usaban los colectiveros para administrar las monedas pastillas de cianuro a ser tomadas por los combatientes antes de caer en manos de las fuerzas represivas, tampoco ayudaban mucho. La pastilla de cianuro, pensaba, goza de dos ventajas: es rápida y silenciosa. Sin embargo, como todo lo rápido y silencioso, también plantea sus inconvenientes: ¿dónde lo haría?, ¿dónde se quitaría la vida? ¿En su casa, en su casa de estudiante pequeñoburgues universitario sostenido por sus padres sólo para estudiar y, además, para hacerlo solo, lejos de su influencia, tranquilo? En caso que decidiera tomarse la pastilla de cianuro acostado a una de las dos camas del monoambiente, después de haber esperado que su hermana se hubiera marchado para ahorrarle el lamentable espectáculo de un hermano suicidándose en frente de sus ojos, ¿no la condenaría igual al doloroso espectáculo de, al volver a entrar al departamento, ver inicialmente acostado y dormido a su hermano, pero posteriormente a un hermano que no se levanta ni se despierta por horas, un hermano que está comenzando a ponerse frió, al que le habla y no responde, que lo toca y tampoco, al que lo da vuelta para ver si le pasa algo y nada, un hermano que está con los ojos abiertos o la lengua afuera, un hermano que tuvo el decoro de esperar que se vaya para suicidarse pero que igual le dejó su cuerpo muerto ahí, en su cama, un cuerpo inerte que comenzaba a ponerse frío y que no respondía ni siquiera las –a esa altura- cachetadas que su hermana le daba en la cara, los golpes con lo que intentaba tanto resucitarlo como castigarlo porque le hubiera dejado ese regalo ahí, porque sus últimas palabras hayan sido un silencio sepulcral que la obligaba a tomar la palabra, llamar a la familia, tal vez a un médico y, finalmente, a la funeraria? ¿Había forma de ahorrarle ese trabajo, de quitarle el peso de tamañas tareas administrativas mortuarias, provocadas sólo porque él había decido comenzar a administrar su vida y su muerte?&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;No descartaba otras alternativas. Acostarse, en la misma cama de antes, hasta dormirse plácidamente, con&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;las llaves de gas abiertas, era una posibilidad. Esta alternativa le gustaba porque le permitía el vallejiano –sin duda adolescentemente inferior- juego de palabras de que iba a suicidarse con una fuga de Bach. Pocas cosas más poéticas que dejar de vivir por Bach o alguno de sus análisis por Deleuze. Aunque no fuera su libro sobre artes plásticas. Otras variantes, la soga, el carcelario ahorco mediante sabanas anudadas, o arrojarse debajo de un tren o del subte no lo persuadían. Seguía eligiendo soluciones finales más domésticas y sedentarias -que evitaran el nomadismo y la exposición pública de o bien ir a comprar la soga o bien arrojarse al vació de las vías del sube o del tren-, como las pastillas de cianuro o venenos varios. El método del la soga le parecía trillado, lo había visto muchas veces en películas o leído en novelas. Además, no estaba seguro que el techo de su monoambiente de sexto piso fuera lo suficientemente fuerte como para soportarlo colgado. Tampoco estaba seguro de que hubiera un lugar en el que pudiera anudar la soga con la que se iba a estrangular. Tirarse a las vías del sube o del tren le parecía patético y triste, y ni siquiera de esa tristeza lúdica o melancolía alegre que admiraba de algunos poetas. Arrojarse a las vías del tren le resultaba doblemente desesperado que hacerlo a las vías del subte: el tren lo iba a embestir bestialmente, no había forma de que el conductor pudiera frenarlo, aún en menor medida que la potencia de freno del chofer del subte. Además, tanto la opción del tren como del subte anulaban uno de los principales factores que sobredeterminaban la idea del suicidio: que él, postmortem, luciera tan bello y joven, tan castaño claro y enrulado, como segundos antes de quitarse la vida. No era justo privar a sus familiares y amigos de observar su belleza física por última vez, aunque las chances de tomar contacto con su brillantez intelectual se hubieran ido para ya no volver. Era injusto privarlos de aquel último deseo, porque tanto efecto había surtido la educación sentimental de su madre y la mejor de sus amigas que él, antes de suicidarse, en lugar de pedir un último deseo, pensó en el último de los deseos de los que, a partir de ahí, lo verían muero. Y su último deseó, especuló, seguro de lo que pensaba, era que lo vieran por última vez antes de que el pozo ciego de tierra, madera y flores se lo tragase para hacer de su carne y huesos la ceniza que abonaría la tierra madre de futuros árboles. Ya que no había podido morir heroicamente, ya que no había podido construir la heroica vida que le garantizara una muerte épica y trágica, al menos quería emular a alguno de sus referentes en eso de morir joven y lindo. Y en eso de ser lindo, aún más que en lo de ser joven, pocos había que podían seguirle el ritmo. Había pensado en esperar hasta los treinta y tres años para tomar tan drástica decisión, de modo que la hermandad -aunque más no fuera de edad, necrológicas y bellezas- con los dos hombres y la mujer en cuyo espejos algunas veces se miraba, y cuyos ojos no pocas veces veía asomar por encima de sus hombros, hubiera sido más o menos total. Pero su vida era lo suficientemente miserable, e insana y enferma, como para esperar doce años más. Su post-adolescencia había terminado pocos meses atrás, y en pocos meses terminaría su vida.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;Se inclinó por la pastilla de cianuro. Sería ella la que le aseguraría el acceso a la muerte tranquilizadora de la odisea y el tedio en el que se había convertido su vida en los últimos tres años. No sabía cómo conseguirla pero eso era lo de menos: si lo pudieron hacer conducciones político-militares treinta años atrás, yo también tengo que encontrar la forma -no con mucho esfuerzo- de hacerme de esas pastillas que van a ser la salvación de esta vida que ni siquiera abunda en pecados. A esta compañera de facultad, la que me criticó el equipo de música porque era pequeño y sin marca, ni siquiera me la cogí, ni siquiera le rompí el culo o le acabé en la boca, ni siquiera me le tire encima para dársela por el orto cuando provocativamete se acostó boca abajo en mi cama del departamento mientras los dos simulábamos que estudiábamos: ella simulando que no me histeriqueaba, con su culo parado en mi casa y sus manos -a lo largo de la mesa- rozando eróticamente los apuntes o cuadernos desde los que yo leía lo que estudiábamos; yo simulando que no tenía la pija parada, de sólo pensar en mí entrando en el culo de ella, o que en verdad me importaba lo que leíamos para un cercano final obligatorio. Ni siquiera eso, y, con ella, otras más, muchas más. Mi vida ni siquiera constaba de este tipo de acciones que hubiera sido condenadas como pecados por el religioso en cuestión al segundo de habérselas contado. Mi vida era calma, apacible, tranquila. Pequeñoburguesa, previsible, repetitiva. Quizá ahí estaban los motivos del conato de suicidio. No en la posmoderna proletarización estético-musical, en el logro de reinventarme y convertirme en otro o en los engaños a los que sometí –y, por medio de los cuales, me burlé y subestimé- a mi hermana, amigos y futuros peores enemigos. Tal vez ahí, en lo sabido, lo cotidiano, lo que –como la naturaleza- nunca muere porque nunca termina de nacer, nunca comienza porque jamás termina de morir, en lo circular y retornante, estaba uno de los principales motivos del sobredeterminado suicidio. Ese premeditado suicidio del que su hermana no tenía idea, aunque vivía con él y pasaban juntos ocho de las veinticuatro horas que tenían por entonces los días, y que su madre tampoco intuía, aunque continuaba hablándole de Schubert, Beethoven y Calamaro cada vez que lo llamaba –una vez por semana- por teléfono, y aunque continuaba enviándole biografías de Dylan para que las leyera y luego se las contara. Aunque ella ya las había leído, más rápido pero peor que él. Ese mismo suicidio del que las enfermeras, por indicación de los doctores, le dijeron a su madre, padre, hermanas y amigos que fue un milagro salvarlo, porque el cuadro psicológico de su hijo, hermano y amigo es muy delicado, tan delicado -agregaron las cuarentonas enfermeras que lejos estaban de responder al estereotipo de la enfermera sexy por la que tantas pajas se había hecho en su adolescencia- como se nota que él es. ¿Es así?, le preguntaron al grupo, pero esperando la respuesta de su madre, a la que habían enfocado con la mirada, cegándola por la luz de sus ojos. De todas maneras, hubiera sido ella, o su padre, quienes hubieran respondido por esa especie de sobreentendidos que tienen lugar en los grupos -en razón de relaciones de poder o vínculos sanguíneos entre los integrantes- gracias a los cuales algunos saben el momento exacto en que deben hablar, mientras otros callan, así como otros reconocen el instante preciso en que deben cerrar la boca, mientras otros toman la palabra. Su madre respondió sí, mi hijo es muy delicado, muy sensible, les agradecería mucho si tuvieran en suma consideración este aspecto, respuesta que fue atendidamente seguida por las enfermeras y confirmada con la cabeza, con un movimiento minimalista pero universalmente comprensible. Al menos, que los cinco mil pesos que gastamos mensualmente en este manicomio sirvan para algo, le susurró al oído de su madre su padre, susurró que estuvo muy lejos de serlo: hasta las enfermeras lo escucharon. Su madre, como Perón con los jóvenes inicialmente heterodoxos y formadamente especiales pero más tarde estúpidos e imberbes, tomó con la mano derecha el brazo homónimo de su exesposo para alejarlo unos metros del grupo y las enfermeras, llevándolo a caminar unos pasos por el vertiginoso parque aristocrático del lugar. Primero, no es un manicomio, sino un centro de rehabilitación psiquiátrica, comenzó, didáctica. Segundo –continuó, pedagógica-, el dinero es lo de menos, son cinco mil, podrían ser diez mil, ni a vos ni a mí nos hace falta, así que no seas miserable. Tercero y último, por favor, ¿podrías cuidarte un poco más de tu boca y no decir las barbaridades que acabás de decir en frente del grupo y las enfermeras? El grupo eran su padre y madre, sus tres hermanas, y tres amigos, los únicos tres amigos que tenía. Él era un muchacho de pocos amigos, que eran no buenos. Las enfermeras llamaron a su madre con un gesto de manos que ni ella ni su padre divisó, para luego, ansiosas, hacerlo con un &lt;i style=""&gt;señora&lt;/i&gt; y &lt;i style=""&gt;señor&lt;/i&gt; proseguido de su apellido, el apellido de su padre, no de su madre, es decir, el apellido de solera de su progenitora. Continuaron lo interrumpido: su hijo, les decíamos, y esto es algo que los doctores nos dijeron que les dijéramos, se salvó de llegar al límite del suicidio por muy poco, y su cuadro psiquiátrico es acorde a este límite al que él casi llega. Sin embargo, ha habido pequeños avances: ya no duerme dieciséis horas al día, sólo doce, ya no se queda sentado por horas al pie de la cama cuando lo obligamos a levantarse, ya no se mira extrañadamente al espejo cuando lo llevamos al baño parta que se lave la cara y se lave los dientes, y, por último, las pocas veces que habla, ya no repite siempre las mismas oraciones que repetía cuando llegó. Mi hijo -interrumpió su madre-, antes de que entrara en este cuadro crítico, estaba por rendir un final obligatorio de la facultad. El es estudiante –aclaró-, seguramente un poco incómoda por escuchar esas descripciones sobre el estado de su hijo y, sobre todo, porque otros -su exesposo, los pocos amigos de su hijos, hasta sus hermanas, o sea, sus hijas- también lo escucharan. Bueno –retomó una de las dos enfermeras, la que hasta entonces se había encargando de hablar con la familia-, posiblemente lo que su hijo repetía pero ya no repite más sea algo relacionado con esa materia. Aunque, seguramente, no sólo con eso. Pero, como les decíamos, ya está mucho mejor, y a partir de la próxima van a poder comenzar a visitarlo, aunque sólo dos veces a la semana, por un breve lapso de dos horas. Si todo va bien, y si su proceso de recuperación no se interrumpe por ninguna anomalía, en seis meses se lo van a poder estar llevando a su casa. Donde, eso sí, va a tener que someterlo a extremos cuidados y ninguna alteración. Los doctores, que no acostumbran a hablar con los familiares de los enfermos por profesionalismo, nos dejaron bien en claro que lo mejor, en el ideal de los casos, sería que se tomara unas vacaciones de sus estudios universitarios por un tiempo prolongado, porque, de acuerdo con los médicos, la relación entre su patología y la facultad resulta más que evidente. Es más, también nos dijeron que les dijéramos que, de ser posible, en el caso de que ustedes lo pudieran garantizar y él soportar, lo óptimo sería que abandone definitivamente sus estudios universitarios. Incluso, que nunca más en su vida vuelva a tocar un libro o un apunte. No sólo porque, nos aclararon los doctores, en él la asociación entre lectura y locura está más que fresca, sino también porque su estado es sumamente delicado. Pero no sólo momentáneamente muy delicado, sino eternamente muy delicado. Disculpen que se los digamos así pero queremos ser claras: él nunca va a volver a ser quién fue. Él cambio para siempre. Y es responsabilidad de ustedes ayudarlo a que todos los días esté un poquitito mejor de lo muy mal que llegó a estar.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Su madre no rompió en llanto. Escuchó atentamente lo que las enfermeras le explicaron al grupo por treinta minutos y, a partir del segundo posterior, comenzó a dibujar exis en el almanaque de su función maternal colgado de una de las paredes de su habitación. A la semana estaba visitando a su desvencijado hijo, quien la miraba como una extraña, y a los seis meses llevándoselo -con la ayuda de su exesposo-a su casa, luego de agradecerles -muy educa pero distantemente- a las enfermeras el trabajo que habían hecho con su hijo en los últimos ocho meses. Cuando llegaron, él estaba cansado y ella triste, su padre desorientado, la menor de sus hermanas al piano ofreciéndose tocarle Schubert o Beethoven, la del medio sentada en la mesa del living-comedor escuchando Dylan y Calamaro por mp4, y la mayor mirando a sus padres, esperando que estos le indicarán cuando y como debía ayudar a cuidar a ese trapo de piso encerrado en el cuerpo de un hombre que era su hermano. La mejor amiga de su madre estaba por llegar, así como sus narraciones a su madre de cómo había llegado a ese lugar, cómo había sobrepasado el límite de la salud que ella tanto le había inculcado, como se había autodestruido y cómo atentado contra su propia personalidad. Cómo, a fin de cuentas, había pasado de ser un joven hermoso, culto y alegre, a convertirse en un anciano raquítico, encerrado en su propio discurso y serio. Sartreanamente serio. &lt;span style=""&gt;   &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1970873953680837637-5310988226963670154?l=ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com/feeds/5310988226963670154/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1970873953680837637&amp;postID=5310988226963670154&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1970873953680837637/posts/default/5310988226963670154'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1970873953680837637/posts/default/5310988226963670154'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com/2008/05/el-da-que-dalila-le-ense-msica_04.html' title='El día que Dalila le enseñó música a Beethoven. Parte VI: Pastillas y muertes.'/><author><name>Qué te importa.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13966481193676647640</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SB4SS5IVXiI/AAAAAAAAAEQ/ovtK2jO1Bhs/s72-c/destacado-nomade-bikini.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1970873953680837637.post-3500366693913680058</id><published>2008-05-02T22:38:00.000-07:00</published><updated>2008-05-02T22:43:20.001-07:00</updated><title type='text'>¡Hace falta mucha más literatura!</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://4.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SBv7PZIVXhI/AAAAAAAAAEI/KGOj4kqaSQQ/s1600-h/na40di01.gif"&gt;&lt;img style="margin: 0pt 10px 10px 0pt; float: left; cursor: pointer;" src="http://4.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SBv7PZIVXhI/AAAAAAAAAEI/KGOj4kqaSQQ/s320/na40di01.gif" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5196022836964449810" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;La lectura de un par de palabras de un viejo compañero de clínica de poesía –novel, claro- me dispararon algunas reflexiones. Que no sé si serán disparos -fuegos artificiales que irrumpan el monoteísmo de la noche-, que no sé si serán, siquiera, reflexiones. Parece mentira -o no-, pero casi siempre -de algún modo- Sartre viene, nos visita y se sienta a nuestra mesa. Yo sí compartiría mesa con Jean Paul: es decir, sí me sentaría a su mesa. Traigo a colación lo de Sartre porque creo que una de sus viejas y clásicas preguntas continua gozando de contemporaneidad actualmente, a pesar del obvio paso –y traspaso- de contextos. Sartre se preguntaba -entre otras muchas pregunta que se y nos hacía- ¿para qué escribir? Es decir, ¿por qué escribimos? Los que escriben, ¿para qué escriben? Dejando de lado, en esta oportunidad, el para quién o quiénes se escribe. Así como un habitué de &lt;st1:personname productid="la Facultad" st="on"&gt;la Facultad&lt;/st1:personname&gt; de Filosofía y Letras de &lt;st1:personname productid="la UBA" st="on"&gt;la UBA&lt;/st1:personname&gt; - seguramente mucho más leído en Letras que el mismo Sartre-, Aníbal Ford, se preguntaba -hace un tiempo- para qué &lt;i style=""&gt;la gente&lt;/i&gt; mirá televisión, qué busca cuando lo hace, para qué enciende el monitor y pasa –promedialmente- cuatro horas de cada uno de sus días en frente de la pantalla, uno –es decir, muchos: porque una es muchas- podría preguntarse para qué escriben los que escriben. Como consecuencia de una derivación bourdeana –del College de France profesor de &lt;i style=""&gt;El sentido práctico&lt;/i&gt;- que últimamente me ha atacado en relación con los más diversos temas, desde ciertas tensiones del campo de la memoria post-dictatorial en &lt;st1:personname productid="la Argentina" st="on"&gt;la  Argentina&lt;/st1:personname&gt; hasta la categoría de joven cuando se habla de las promesas futuras –como toda promesa: ¿hay promesas pasadas, promesas en pretérito?- de la literatura argentina, me preguntaría para qué escriben los que escriben, hablando, puntualmente, de los jóvenes que lo hacen. Entendiendo por joven, a su vez, la amplia y laxa etapa que iría del comienzo de los estudios secundarios a la finalización de los universitarios, en el caso de que el joven o la jovena en cuestión haya pasado por esas etapas del sistema educativo argentino. Considero que una persona que porta un tres al lado de un cero no puede ser considerada joven: personalmente, tengo un par de años menos que esa combinación y, combinando tiempo y espacio, tampoco creo que resulte precisamente joven. No, al menos, para determinadas actividades. Como, por ejemplo, escribir. Que fue, no está de más recordarlo, el asunto que nos convocó aquí –en el caso de que alguien más que mi persona esté convocada en este lugar- en primera instancia.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;&lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;&lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;&lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;&lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;&lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;Por este lado asoma la cuestión, dejando a febo de lado. La pregunta, sartreana por excelencia o por antojo, de para qué se escribe, de por qué se escribe y no, en todo caso, se hace otra cosa, preguntada en momentos de eróticos calentamientos socio-políticos y militares, resulta de dificultosa respuesta. Prácticamente imposible, de tantas posibles respuestas que se podrían dar. Sin embargo, como resulta obvio -aunque no pocas veces lo obvio resulta solapado, y, por lo tanto, no obvio, lo cual genera la molestia de tener que volver a explicitar lo obvio, como nos recuerdan los anti-edipianos Deleuze y Guattari (para seguir con las citas delezeanas)- una cosa es escribir y otra cosa es leer. Una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa, solía repetir el pésimamente construido personaje de Panigassi en la costumbrista comedia Gasoleros, emitida por Canal trece hace más de cinco años, personaje que, a pesar de haber sido tristemente recortado, resultó, incluso, peor interpretado por Juan Leyrado. Sin embargo, la frase –no el personaje, ni la serie, ni el canal, ni el multimedio- tenía razón: es decir, como solía repetir un viejo amigo hoy desconocido, tenía verdad. Esa verdad que, para Kafka, era sólo una pero, lamentablemente, sólo asible para nosotros en una sola de sus caras. Uno de los seis lados de la casa de Merleau-Ponty, para traer a colación que el recuerdo de Sartre no fue tan antojadizo. Y esa frase hacía verdad porque una cosa es escribir y otra cosa es leer –aunque se pueda escribir leyendo o leer escribiendo- así como, también, una cosa es escribir y otra cosa es que nos lean. Quiero decir, sinceramente, ¿alguien de los miles o millones de blogeros o no blogeros-anti-blogeros que postean –nótese que escribo postear y no publicar: son dos cosas diferentes- diara, semanal o anualmente sus posteos –no publicaciones- en sus respectivos blogs piensa, sincericidiamente, que tiene lectores? Es decir, como todo estudiante o estudianta del segundo cuatrimestre del CBC de Letras o Comunicación sabe, un auditorio o público para el que no sólo escribe sino, también, para el que adapta su discurso. O, en su variante, en el caso de que las relaciones de poder autor-narrador versos lectores-auditorio se inclinen a favor del primero, al que su auditorio se adapta, sin que el narrador necesite amoldarse primordialmente al camaleónico gusto cambiante de las fieras que, potencialmente, podrían leerlo. Yo, por ejemplo, no tengo lectores. Tengo, si es que resulta válida esta palabra –si es que resulta válida cualquier palabra-, amigos y amigas y un padre y una madre y alguna que otra novia que, en sus momentos libres, que en este capitalismo post-industrial paradójicamente resultan ser cada vez menos, entran acá, a esto que se ha dado en llamar un blog, y leen las boludeces que un idiota escribe. Aunque fueran brillanteses que la futura promesa de la literatura argentina adelante en su página personal -aseveración que resultaría absurda, desopilante y mentirosa de afirmar-, no dejarían de ser las boludeces que un idiota escribe en sus tiempos libres, aunque en esos momentos haga del universo de libertad de la literatura la empresa por intentar escapar –por arriba, como una fuga de Bach, o como la fuga del penal de Trelew de guerrilleros y guerrilleras de Montoneros, FAR y ERP- de la cárcel del lenguaje, de los cerrojos de la lengua. Pero eso no significa que uno tenga lectores. A mí se me caería la cara de vergüenza –y eso que, simbólicamente, no sé imaginariamente, me considero considerablemente desvergonzado- si hablara de &lt;i style=""&gt;mis lectores&lt;/i&gt;. Mucho más si lo hiciera en público: tal vez, podría hacerlo mientras me estuviera bañando, en frente del espejo del baño o en la mesa de estudio del living- comedor con un apunte de la facultad debajo. Quizá. Pero jamás en público. Jamás hablaría ni postearía –no publicaría- nada que incluyera las palabras &lt;i style=""&gt;mis lectores&lt;/i&gt;. Esto es una promesa –a futuro, como toda promesa-, pero también una condena: como reza el dicho, soy esclavo de mis palabras. Lanzo una botella al mar con un mensaje que no con-tiene las palabras &lt;i style=""&gt;mis lectores&lt;/i&gt;. Porque así como, de acuerdo con Piglia, hay que saltear la lectura, hay que reconocerse en la condición de lector saltarín, part-time e histérico, también, hipotetizo y defiendo, hay que dessolemnizar la escritura, hay que arrancarle a pijazos, conchazos y tetazos el lastre de pompa y grandilocuencia que -como cola de vestido de un novia proto-esposa plantada al pie del conservador altar- arrastra lastimosamente desde hace miles de años. Es conocidísimo el método borgeano de escribir algo, guardarlo en un cajón por una semana y recién el octavo día, post-séptimo día de descanso post-tamaña creación, abrir el cajón, leer –como si fuera otro, como si fuera de otro- lo escrito, y, recién allí, emprender la corrección. Urondo, en su década de radicalización política, militancia guerrillera y anteposición de estas prácticas en sus poemas y en su novela, se burlaba de los que perdían el tiempo corrigiendo, dándole vueltas a una palabra cuando, se creía, otro logro más importante estaba a la vuelta de la esquina. Hoy, esto está tan lejos de nosotros como las lecturas asiduas de Sartre en sus debates con Merleau-Ponty. Sin embargo, como sucede a veces, algo de todo queda. A veces sucede que una muchacha –o muchacho- no puede olvidar a un muchacho –o muchacha- aunque este –esta- ya no forme más parte de su vida. Esas vidas según las cuales, escribió Arlt, uno debe escribir. Se debe escribir como se vive, publicó Arlt. Y eso incluye, considero, la falta de lectores, la sobra de ganas, y -en el caso de vivir así- la dessoleminización del acto de la escritura, su cotidianización. Aunque lo que se escriba sea barroco o difícil de leer, incluso, para ojos de universitarios más o menos leídos. Para ojos y anteojos y lentes de contacto, claro.&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1970873953680837637-3500366693913680058?l=ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com/feeds/3500366693913680058/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1970873953680837637&amp;postID=3500366693913680058&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1970873953680837637/posts/default/3500366693913680058'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1970873953680837637/posts/default/3500366693913680058'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com/2008/05/hace-falta-mucha-ms-literatura.html' title='¡Hace falta mucha más literatura!'/><author><name>Qué te importa.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13966481193676647640</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SBv7PZIVXhI/AAAAAAAAAEI/KGOj4kqaSQQ/s72-c/na40di01.gif' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1970873953680837637.post-5855592908410014379</id><published>2008-05-01T10:28:00.000-07:00</published><updated>2008-05-01T10:31:04.395-07:00</updated><title type='text'>El día que Dalila le enseñó música a Beethoven. Parte V: Yo no debería ser yo.</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://4.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SBn-S5IVXgI/AAAAAAAAAEA/3bY4Zj97Gs4/s1600-h/folder.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0pt 10px 10px 0pt; float: left; cursor: pointer;" src="http://4.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SBn-S5IVXgI/AAAAAAAAAEA/3bY4Zj97Gs4/s320/folder.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5195463245675453954" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt; &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;A él no le gustaba él. A sus veinte años, en los territorios limítrofes entre los momentos finales de su post-adolescencia y los comienzos vírgenes de su temeraria adultez, llegó a la conclusión de que no se gustaba. Esto era un sismo en su vida. Siempre había sido al revés. Siempre, de la mano de gustos de madres, padres, tíos, tías, abuelas, abuelos, colegio primarios y secundarios humanistas y muchachas estacionadas en una auto detenido en frente del kiosco vecino de la casa de sus padres-no-divorciados, sus gustos para consigo mismos habían sido óptimos. Él era, para él, lindo, inteligente y culto. Sea con su cabello castaño claro en su versión lacia o enrulada. Ahora, a dos años de haber comenzado sus estudios universitarios, esto había cambiado. Quizá influenciado por las cervezas que, como buen alcohólico social, bebía los fines de semana, o por las sustancias –marihuana, hachís, salud- que, a sus tardíos dieciocho años, había comenzado a fumar –aunque a su mejor amigo de entonces, después uno de sus peores enemigos, le había dicho todo lo contrario-, él no gustaba de sí mismo. Si yo no gusto de mí mismo, pensaba en silencio, ¿cómo voy a pretender que una muchacha lo haga? Así era como explicaba su progresivamente insoportable soledad. Ese debe ser el motivo por el que nunca más supe nada de ella -con sus tetas y su boca petera-, ni de ella -con sus rubios y su culo parado-, ni de ella -con su pelo castaño oscuro lacio y su orto que tantas noches (y tardes colegiales y pajas a escondidas) había soñado partir-. &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;Él había dejado de gustar de sí mismo y sólo quedaba una cosa por hacer: ser otro. Había vivido veinte años equivocado. Casi el cien por ciento de su vida. Todo lo que había estado bien hasta entonces, ahora, de buenas a primeras, de la noche a la mañana, estaba mal. Todo lo que lo había distinguido hasta entonces, su cabello castaño claro lacio-enrulado, sus multidisciplinarias habilidades deportivas –sus compañeros de colegio lo envidiaban porque era bueno en todo: fútbol, básquet, tenis, paddle, ping pong, besos y sexo-, su inteligencia pedante e insoportable y su humor ininterrumpido –una tarde de colegio una compañera le preguntó si él siempre era así; ¿así cómo?, repreguntó él; así, como sos, de tan buen humor, siempre haciendo chistes, respondió ella; sí, contestó ingenuamente él, con una estúpida sonrisa en la boca y uno de sus tres amigos del grupo a su espalda, riendo a carcajadas, y presto a comentarle en breve, a explicarle después, que eso que había parecido una pregunta inocente de una compañera con excelentes notas pero pocos dedos en la frente, en verdad, había sido una de las críticas más despiadadas que había recibido en su vida. Para colmo en público. Y te lo digo sin conocer la inmensa mayoría de críticas que debés haber recibido en tu vida, le aclaró. Pero lo que te acaba de preguntar, siguió, fue un palazo del que vos ni siquiera te diste cuenta. ¿Dónde está toda tu inteligencia ahora, eh? ¿De qué te sirven tantos pozos ciegos de erudición sobre libros, música y pintura?, le preguntó su amigo, jocoso, mientras él lo miraba atento y en silencio, pero con esa expresión facial-corporal de distancia siempre a segundos de convertirse en desprecio, esa expresión corporizaba como materialización del complejo de superioridad con que se movía por él mundo, y que tantas críticas, disgustos, conatos de golpiza, corridas (no seménicas) y rupturas de relaciones con perdidas de amigos y amigas le había generado-; su humor ininterrumpido lo distinguía, tanto como la insoportable soberbia de su inteligencia, y aquel resultaba igual de imbancable que esta; sin embargo, no lo distinguía tanto como su seguridad -siempre pasible de mutar en pedantería-, su confianza en sí mismo –a instantes de volverse auto-afirmación-, su convencimiento de que él era el mejor de todos y de todos los tiempos. Todo esto, todo lo que le había generado prestigio -su cabello castaño claro y su buen aroma, sus destrezas deportivas, su humor e inteligencia y su convencimiento de ser inmortal- ahora estaba mal. A sus veinte años, estas características resultaban motivo de vergüenza –y auto-reproches, arrepentimientos y culpa: sobre todo mucha culpa-, más que de orgullo. Había vivido veinte años equivocado. Esta reflexión, esa frase, le gustaba y lo atemorizaba al mismo tiempo. Por un lado, lo hacía acordar a Fontanarrosa y al título de uno de sus libros, un literato que nunca había leído porque las burlas que su familia le hubiera propinado en caso de descubrirlo -sentado a uno de los sillones del living- leyendo ese escritor en lugar del teatro completo de Sheakspeare eran relativamente proporcionales al desprestigio universitario de leer a ese literato y no a Joyce, Proust o Adorno. Aunque su condición de estudiante universitario no se remontara a más de dos años en el tiempo. Sin embargo, había aprendido bien y rápido algunas claves del mundo universitario que, en los cinco años sucesivos al mes en que se desayunó que su subjetividad le provocaba las mismas arcadas que una chocolatada con alfajores, le depararían prestigio y reconocimiento: si de sobaquear se trataba, había que hacerlo con Bourdieu y no con un pseudolibro de una aglomeración de negros sobre las hinchadas, había que hacerlo con Joyce, Proust, Lezama Lima o Perlongher y no con Fontanarrosa, Capote o, incluso, Walsh o Arlt. Por otro lado, esa frase, que había vivido equivocado veinte años –cuando él tenía veinte años-, tenía la solemnidad y la grandilocuencia que tanto lo encantaban, aunque repitiera a troche y moche que su sentido del humor y sus lecturas cortazarianas y molinarianas tenían como objetivo, justamente, desembarazarse de la seriedad y la pomposidad provinciana que su década y media de vida en Capital Federal le había deparado. La solemnidad y la grandilocuencia de las frases potentes y contundentes eran encantadores de serpientes de su por entonces en crisis subjetividad. No sabía quién era. Se miraba al espejo, y nada. Intentaba recordar, y nada. Se miraba en la cara de sus hermanos, amigos y novias, y todo lo que veía era su cara en los ojos de los otros, pero nada más. Su dessubjetivación y búsqueda de una nueva persona, máscara, cara, había llegado demasiado lejos. Se le había ido de las manos. Era un pésimo aprendiz de brujo, el nuevo creador temerario del monstruo, un líder populista y octogenario al que jóvenes imberbes y estúpidos se le escapan por los costados –por la izquierda, nada por aquí, nada por allá- de su comandancia pendular y bonapartista.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;&lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;&lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;Todo había comenzado con una rebeldía adolescente. Aunque ya se encontraba más en los instantes de eyaculación de su post-adolescencia que en los tiempos juguetonamente sexuales previos a la penetración de su adolescencia a secas. Todo había empezado con un inocente desplante estético. Ingenuo, pequebús y sin importancia. Un año de universidad no había sido envano, y su anacrónica idealización&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;de los jóvenes hippies igualmente pequeño-burgueses de los sesenta había tomado carrera para saltar. Casi como él estuvo a punto de saltar de un monoambiente de un sexto piso de Almagro cuando ya no sabía quién era: no reconocía a sus hermanas, pensaba que los materiales históricos que leía habían sido escritos exclusivamente para su degustación y sospechaba que la mayor de aquellas formaba parte de una conspiración cuyo objetivo era asesinarlo. Secuestrarlo, torturarlo, liquidarlo y tirarlo al rio. Pero entonces, pileta, gaseosas y galletitas de por medio, nada era tan tremendo y suicida. Le comunicó a quien por entonces era su mejor amigo, más tarde uno de sus más infieles enemigos, que dejaría de vestirse como se vestía. Motivo por el cual, renunciaría a sus remeritas, pantaloncitos y zapatillitas de marca. Influenciado por la historia, contada por una Madre de Plaza de Mayo, de una muchacha, su hija -también de extracción clasemediera pequeñoburguesa-, que, en los tiempos de su militancia barrial setentista, decidió &lt;i style=""&gt;socializar&lt;/i&gt; su ropero y quedarse sólo con las dos o tres mudas de ropa imprescindibles para vestirse en la semana, él se deshizo de sus remeras de marca –incluso de la que llevaba puesta o estaba en una de las reposeras mientras tomaba sol cuando muchos de sus compañeros de colegio estaban trabajando- y las puso a disposición de los allí presentes. Su mejor amigo, después su peor enemigo, y los amigos de su mejor amigo. Todas las remeras de marca, colorinches e impecables, pasaron a formar parte del patrimonio estético de su mejor amigo de entonces, un muchacho de clase media-alta al que se le caía la ropa del ropero de la cantidad de prendas que tenía, y cuyos padres, un primor de personas los dos, sobre todo su madre, tenían que alquilar una cochera en el centro de la ciudad porque en el garage del chalet sólo entraban dos autos, teniendo que dormir el tercero afuera, y con el nivel de inseguridad y bolivianos que por entonces asolaba la ciudad eso era impensable. Por lo cual, a ponerse mensualmente pero que el tercero de los carros duerma adentro y seguro. &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;Mucho más influenciado resultó por un libro que leyó por entonces, a sus tiernos diecinueve años, por recomendación de su madre. En un interludio entre Shubert y Beethoven, su madre, quien se avergonzaba ante sus amigas y conocidas de los consumos simbólicos de su hijo de Calamaro y Dylan –de los otros no tenía ni idea: piedras de marihuana, hojas de cocaína y pantallas de LSD-, le acercó un libro, feminista y testimonial, de la militancia femenina armada de los setenta, una vez que lo escuchó hablar, radical y por lo tanto diletantemente, de Castro, Mao y Santucho. Un año más tarde daría vuelta como una media al interlocutor que se le sentara enfrente, pero por entonces todavía existía quien podía ganarle una discusión. Su madre le dio el libro, le dijo: vos deberías leerlo. Y el lo hizo: se lo devoró en tres días. Envalentonado, además, con que era un libro prestado, motivo por el cual no podía resumirlo. Lo cual aceleró aún más su ya eyaculadoramente precoz velocidad de lectura. Salió del libro indemne y seguro, lo que en su estructura de sentimiento de entonces era un estado constante e ininterrumpido: no había algo que pudiera atravesar su confianza en sí mismo. No había potencias de fuego que pudieran mermar su ego. Además, tres días en la vida de cualquiera no son lo suficientemente determinantes como para que a partir de allí la vida tome un nuevo rumbo, un nuevo sendero. Luminoso, le contestó a su madre, seco y pedante, cuando esta le preguntó que le había parecido el libro. Él no era así, cortante, sino todo lo contrario, verborrágico. Él sí era así, soberbio, pero a partir de entonces dejaría de serlo, pasaría a ganarse el segundo nombre de Modesto. Desde ese libro, una cosa y la otra cambiarían para siempre, hasta siempre, hasta la locura: lo que era verborragia, como un camaleón, se transmutaría en brevedad, sequedad, consición. Lo que era vanidad se convertiría en humildad, modestia, sencillez. Y por algún lado había que empezar: él decidió empezar por su vestuario. Pero lo que inicialmente parecía ser una rabieta post-adolescente sólo centrada en lo estético -y por lo tanto irrefutablemente pos-moderna-, con el paso de los meses se fue complejizando, se fue volviendo estético-política, después político-ideológica, más tarde político-militar, para desembocar en un rio sin desembocadura bajo la forma de uno de esos lugares en donde los colegios, los hospitales, los cuarteles y las dependencias estatales se parecen tanto como dos gotas de agua de un mar empetrolado y con marines en la orilla.&lt;span style=""&gt;    &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;Lenín se equivocó, fue lo primero que dijo cuando, cinco años después, salió del psiquiátrico al que cayó por jugar a ese experimento consigo mismo. Una clase social no es una subjetividad, le explicó a su madre, quien a su izquierda lo sostenía del brazo para que no se cayera, y lo miraba condescendiente y doloridamente, con la expresión de una madre que observa a su hijo salir momentáneamente de la locura para entrar, también momentáneamente, al discurso de la razón. No lo es –siguió-, pero, por un lado, economicistas y reduccionistas aseveran que por la mera pertenencia a una clase debería construirse determinada subjetividad, hipotéticamente coincidente con los que serían los objetivos de esa clase, y, por el otro, hay clases, con sus hipotéticos o efectivos intereses, que nos hacen mudarnos de subjetividad, cambiarla, tirar la cadena con el niño adentro de la anterior y salir a la búsqueda de una nueva. Eso fue lo que me pasó a mí, mamá, le dijo, débil pero convencido. Ella lo miraba como entendiendo, como sabiendo a qué se refería, pero conteniendo la rompiente del llanto porque no quería que la viera llorar. Sin embargo, qué pena que le daba verlo así como lo veía. Flaco, blanco, débil y repitiendo lo mismo que decía un año antes de entrar al manicomio. Todavía con las secuelas de los libros que había leído cinco o seis años antes. Es así, mamá –siguió, con la indiferencia de quien no repara en las expresiones de los circundantes para continuar o callarse, con el automatismo de quien está encerrado en un discurso a cassette y cinta del que sólo ocasionalmente entran y salen personajes bajo la forma de madres o padres-. Es así, viejo, le dijo a su padre, intentando incluirlo en la explicación, esas explicaciones que desde adolescentemente inferior le encantaba dar y que tanto le hubiera gustado impartir en primaria, secundaria, terciario o, fundamentalmente, la universidad. Es así, sí, dijo después de un suspiro, y se convenció de lo que estaba diciendo, pero diciéndoselo a sí mismo, dialogando consigo mismo, asintiendo y haciendo muecas de acuerdo a lo que pensaba, para lastima de sus padres. Es así, che, yo salí a la búsqueda de una subjetividad nueva, sólo que no la encontré, escupió, y su madre rompió en llanto, se llevó las manos a la cara, dejó de sostenerlo del lado izquierdo, él se bamboleó sobre ese lado, su padre lo tironeó del otro, le hizo daño a su flaquísimo brazo derecho e insultó a su madre, como en los viejos tiempos, cuando veían noticieros juntos en el living de su casa de padres-aún-no-divorciados.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;Él podría haber comenzado de vuelta. Desempolvar, no la pija que hacía un año que no metía ni sacaba de ningún lado por motivo de su encierro, sino su discurso feminista, los pantanos y charcos de libros y apuntes que había leído sobre el tema, sobre mucho temas. Lo intentó, pero no podía, estaba débil, muy débil. Ni siquiera podía mirar a los ojos, mantenerle la mirada a su adversario discursivo, soportar los segundos en silencio que vuelven insoportable la vida después de decir algo contundente, con una seguridad escalofriante. Papá, no seas, trató, pero su padre le echó una mirada de hielo y él desistió automáticamente de hacerlo. Quizá, esa misma mirada, cinco años atrás, mejor, siete años atrás, hubiera sido la mirada de un cachorro, de un ignorante, o de un diletante que se nota que habla de lo que habla sólo por hablar. Tal vez, incluso más, hubiera sido hasta un aliciente no sólo para empezar a hablar, para tomar la palabra, sino, también, para no dejarla más, para hacer de la palabra una pelota a la que habilidosa y egoístamente jamás se pasa a un compañero. Él sabía de eso. De tomar la palabra, hablar mucho, no dar pases y hacer enojar a su padre. Pero ahí no podía. Estaba débil como una hoja de cancel, como las notas musicales sobre un pentagrama mojado, y su padre ya no tocaba más el piano. Cuando volvió a su casa, alarmada toda la familia que el mayor de los hermanos había entrado en la locura y no se sabía cuando iba a salir de ella, su hermana menor, la persona más inteligente de toda la familia, se ofreció a tocarle algo de Schubert o Beethoven en el piano del hogar, la casa de su madre. ¿Por qué no Mozart o Bartok?, le preguntó –cálido- él, pregunta que años atrás hubiera sido desafiante o hasta descalificadora. Bueno, está bien, si eso es lo que querés, le respondió su hermana menor, pero segundos después su madre y padre estuvieron de acuerdo –finalmente- en que lo mejor sería que él subiera a la habitación a descansar un rato, que el viaje había sido muy largo. Además, tenía que tomar la medicación y recostarse. Saludó con la mano levantada a la menor de sus hermanas, sentada al taburete del piano, con la vista a la del medio, parada al lado de una de las columnas de la casa, incrédula del lastimoso estado en que encontraba a su hermano mayor. Ese mismo hermano que la hacía reír, le ganaba al voley y le explicaba todo y de todo. A su hermana mayor no la saludó, porque venía detrás de él, atrás de sus padres, uno a cada uno de sus lados, controlando que no se cayera ni por izquierda ni por derecha ni por atrás de la escalera que sus tísicas piernas apenas si podían subir. Era un viejo de ochenta años, ni siquiera líder de formaciones especiales. Él que tanto se había querido parecer estéticamente a hippies sesentistas, parecía como si hubiera tenido la edad que tenía ahora al comienzo de esa década, y, por lo tanto, actualmente, casi cincuenta años más. Estaba hecho pelota, y se le notaba. Era un anciano en el cuerpo de un joven, y no figuradamente hablando: no por sus gustos musicales, preferencias estéticas o preocupaciones político-teóricas, sino, más bien, porque la joven subjetividad perdida, suicidada, no lograda de transformar por una nueva subjetividad combativa, &lt;i style=""&gt;revolucionaria&lt;/i&gt;, había dado como resultado una nueva subjetividad vieja, casi inerte, sólo lo estrictamente necesario por encima del grado cero subjetivo que lo llevaría a la muerte corporal. Era un viejo en el cuerpo de un joven. Y pensar que todo había empezado por una remera, un libro y Lenin, siempre Lenin.&lt;span style=""&gt;    &lt;/span&gt;&lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1970873953680837637-5855592908410014379?l=ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com/feeds/5855592908410014379/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1970873953680837637&amp;postID=5855592908410014379&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1970873953680837637/posts/default/5855592908410014379'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1970873953680837637/posts/default/5855592908410014379'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ahoracualquieridiotatieneunblog.blogspot.com/2008/05/el-da-que-dalila-le-ense-msica.html' title='El día que Dalila le enseñó música a Beethoven. Parte V: Yo no debería ser yo.'/><author><name>Qué te importa.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13966481193676647640</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SBn-S5IVXgI/AAAAAAAAAEA/3bY4Zj97Gs4/s72-c/folder.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1970873953680837637.post-2489372263649458582</id><published>2008-04-27T09:53:00.000-07:00</published><updated>2008-04-27T09:54:45.980-07:00</updated><title type='text'>El día que Dalila le enseñó música a Beethoven. Parte IV: Por cada uno de nosotros.</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://4.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SBSvxJIVXfI/AAAAAAAAAD4/dQUD-vhJuKs/s1600-h/clip_image001.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0pt 10px 10px 0pt; float: left; cursor: pointer;" src="http://4.bp.blogspot.com/_1yQjl2XIhDo/SBSvxJIVXfI/AAAAAAAAAD4/dQUD-vhJuKs/s320/clip_image001.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5193969529064349170" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt; &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;Su familia era furibundamente antiperonista. Más que borgeanamente gorila, montoneramente antiperonista. A él, una vez que sus estudios universitarios lo alcanzaron, que el cuarto de siglo de vida ya no parecía tan lejano, y que el último periplo de su luego añorada adolescencia -la post-adolescencia- era dejado atrás con lustros y taquitos, le gustaba pensar que el conceptualizado &lt;i style=""&gt;peronismo sin Perón&lt;/i&gt; de los sesentas que historiadores y no tanto atribuían a sectores burocráticos-no-combativos del sindicalismo peronista –Vandor: cuyo apellido rimaba con Perón, ese hombre estaba destinado a grandes cosas, bromeaba- había tenido su reedición en los setentas –la historia no se repite, pero que las hay, las hay- con, simplificando -se defendía-, las organizaciones político-militares que pergeñaban una concepción instrumental-utilitaria del peronismo, en donde su base y apoyo social era lo que se debía rescatar, y su líder burgués y octogenario lo que debía lanzarse a las cloacas de &lt;st1:personname productid="la Historia" st="on"&gt;la Historia&lt;/st1:personname&gt; –con hache mayúscula, seguía bromeando, para enervación de los serios y ascéticos-, tirando la cadena con el niño y el gitano adentro. Lo pensaba, lo decía, pero no enfrente de su familia, ya que, autoafirmativamente, alegaba que ella no iba a entender siquiera un diez por ciento de sus pensamientos e incómodas ocurrencias. Y eso que eran todos profesionales, constructores de puentes, sembradores de campos, redactores de escritos y analistas políticos con título y todo. No lo iban a poder entender porque, en verdad, no todos eran tan montoneramente antiperonistas como podía parecer. Como un River-Boca, Moreno-Saavedra, Rosas-unitarios, Roca-Mitre, Roca y Mitre-radicales y anarquistas, radicales-conservadores, radicales-anarquistas y socialistas y comunistas, socialistas y comunistas y conservadores y radicales-peronistas, y, a partir del 17 de octubre hasta el 1 de mayo del ’74, peronismo-resto del mundo político argentino, su familia se dividía en dos bandos claramente demarcados: uno peronista –abuelo mitológicamente combatiente de la resistencia peronista, ponedor de caños, velas, cuernos y miguelitos; tía y tío mitificadamente integrantes setentistas de &lt;st1:personname productid="la JP" st="on"&gt;la JP&lt;/st1:personname&gt;, a esa altura, Montoneros-, y otro antiperonista –abuelo pampeano en los 40’s por Buenos Aires escuchando grandes orquestas de tango y padeciendo, un lustro después, el agua sucia de las fuentes de las plazas por los pies negros que en ellos se habían bañado; tío ingeniero que, irracionalmente, le dijo alguna vez que todos los guerrilleros de los setenta eran unos loquitos de mierda, incluyendo al que ahora está en el poder, dejándole bien clarito que sí hubiera nacido veinte años antes, habiendo dado a luz, entonces, a sus hijas en los sesentas, en caso de que alguno de esos guerrilleros de mierda hubiera secuestrado a alguna de ellas, él se hubiera cagado en los derechos humanos y todas esas boludeces de las que se habla ahora, y, directamente, hubiera buscado hasta encontrar a los responsables del secuestro y le hubiera pegado un tiro en la frente a cada uno, porque, agregó, en este país los derechos humanos sólo defienden a los delincuentes, no a la gente, remató citando, nada autoritariamente, a otro ingeniero luego devenido (la mentira tiene patas cortas, decía su abuela paterna, mentira, le respondía él) simple egresado de escuela secundaria-. Su familia, como el país en el ’46 -o en abril del 2008-, se dividía en peronistas y antiperonistas. Pero, como casi todo cuando el ojo se aparta de lo macro y se concentra en los detalles, cuando se propone escudriñar el arbol y no el bosque, la cuestión no era tan binaria y dicotómica, tan maniquea y blanco o negro, sino repleta de matices, claroscuros, grises y contradicciones. Hija del supuesto combatiente resistentemente peronista diciéndole a él, en los últimos meses de la última de las estaciones de su post-adolescencia, que se cagaba en Perón, que, ya desde el ’43, había sido un viejo facho, que en los ’70, cuando ella cursaba los primeros años de sus estudios secundarios, había mandado al muere a los mismos que le habían dado vida, que lo habían revitalizado y resucitado políticamente. ¿Sí?, ¿te parece?, entonces, ¿no reivindicás ni a Perón vos?, le preguntó –inge
